Desde entonces, el amor y la tristeza comparten días buenos y malos. Sobre todo cuando se separan y deben sostenerse en recuerdos, en imágenes fragmentadas que la imaginación embellece para hacerlas soportables.
Y cada vez que salen de casa, la soledad —siempre cerca, siempre alerta— les recuerda en silencio que todo puede romperse, que todo puede doler más… y que, aun así, vale la pena.
Porque ambos aprendieron algo que no sabían al principio:
Que se puede amar estando triste.
Y que también se puede estar triste, incluso, cuando se ama.
No es extraño, entonces, que el amor y la tristeza caminen siempre de la mano… Con la imprevisible soledad siguiéndolos de cerca, como una sombra que nunca desaparece.