Lux Aeterna – Internado de Élite
Primavera – 8:47 AM
El carruaje negro se detuvo frente a la puerta levadiza. Dos gárgolas de piedra, tan reales que parecían respirar, giraron sus cabezas para observar al nuevo visitante. El conductor, un hombre pálido de ojos rojos, ni siquiera se molestó en mirar atrás.
—Baja.
La voz era fría, cortante. Como un cuchillo.
Lex Lim asintió con una sonrisa temblorosa. Bajó del carruaje con su única maleta —una bolsa de tela desgastada que contenía tres camisas, dos pantalones y un par de zapatos rotos— y miró el castillo. Era inmenso. Oscuro. Las torres se alzaban como dedos esqueléticos arañando el cielo gris. En su mano, sudaba la carta de aceptación. Beca completa para estudiantes de escasos recursos.
—Qué bonito —pensó, mientras su rostro mantenía una expresión de asombro inocente—. Parece el castillo de una película de terror. Me encanta.
Pero su mente, esa que nadie veía, ya estaba archivando información. Y también sentía algo extraño, como un eco lejano en su cabeza. —¿Por qué me suena este lugar? No es posible. Nunca he estado aquí. Pero... lo siento familiar. Como si ya hubiera caminado por estos pasillos. Como si ya hubiera visto estas torres. Sacudió la cabeza. —Tonto. Son imaginaciones. Soy un becado de barrio. Esto es nuevo para mí.
—¿Vas a quedarte ahí parado como un idiota o vas a entrar? —espetó el conductor.
Lex Lim se encogió, bajó la cabeza y murmuró:
—L-lo siento, señor. Voy, voy.
Caminó hacia la puerta. Las gárgolas se movieron, crujiendo como piedra contra piedra, y la puerta se abrió lentamente. Dentro, el vestíbulo era aún más imponente: escaleras de mármol negro, candelabros de hierro forjado con velas que ardían sin llama, y un silencio pesado que solo se rompía con el eco de sus pasos.
Una mujer lo esperaba.
—Bienvenido al internado Lux Aeterna —dijo ella, con una voz que no admitía réplica—. Soy Lady Morgana, la directora de esta institución.
Lex Lim la miró y, por un instante, su mente se detuvo. Era alta, de una estatura que imponía sin necesidad de palabras. Su cabello plateado caía como una cascada de mercurio sobre sus hombros, recogido en un moño perfecto que dejaba ver su cuello largo y pálido. Sus ojos eran del mismo color plateado, fríos como la luna en invierno. Su rostro era una obra de arte esculpida en mármol: pómulos altos, labios delgados y perfectos, una nariz recta que parecía tallada por un dios. Vestía una túnica dorada que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, marcando sus caderas anchas y la curva firme de sus senos, que se tensaban contra la tela dorada. La túnica caía ajustada hasta la mitad de sus muslos, dejando entrever el contorno de sus piernas largas y esbeltas, y la redondez de sus caderas se marcaba con cada mínimo movimiento. No sonreía.
—Joder —pensó Lex Lim, mientras su cara mantenía una expresión de miedo—. Esta mujer es imponente. Y sexy. Esas caderas, esas piernas... pero esos ojos... esos ojos fríos... me dan ganas de ahorcarla. ¿Por qué? No sé. Pero me excita y me enfada a la vez.
—Así que eres el nuevo becado —dijo Morgana—. Humano. De familia pobre. De escasos recursos. Y con una carta que, honestamente, no sé por qué te la dieron.
Lex Lim tragó saliva. Hizo una pequeña reverencia, tan exagerada que parecía que iba a caerse.
—S-sí, señora. Mi nombre es Lex Lim. Muchas gracias por la oportunidad, de verdad, es un honor, yo—
—Cállate.
Él se calló al instante. Bajo su rostro asustado, su mente se reía.
—"Cállate." Qué directa. Anotado, Morgana. Zorra. Te voy a exprimir hasta que olvides tu nombre. ¿Por qué pienso eso? No sé. Pero me gusta.
Morgana lo miró con desprecio.
—Eres humano. Eso te convierte en ganado aquí, aunque tengas una beca. No hables con los estudiantes. No los mires a los ojos. No los toques. Si lo haces, te arrancaré la lengua y la usaré como adorno. ¿Entendido?
—Sí, señora —dijo Lex Lim, con voz temblorosa y ojos vidriosos.
—"Arrancarte la lengua." Ja. Vieja zorra. Te voy a hacer gemir como una perra, y cuando termines, te voy a dejar en el suelo. ¿De dónde salen estos pensamientos? No importa. Me encantan.
Morgana sacó un collar plateado. Era simple, sin adornos. Frío.
—Póntelo. Esto te marca como humano. Como propiedad. Si intentas huir, explotará. ¿Entendido?
Lex Lim tomó el collar con manos temblorosas y se lo puso. El metal se ajustó a su cuello como una mano invisible.
—Ahora escúchame bien —dijo Morgana, señalando con un dedo enguantado hacia el fondo del vestíbulo—. Primero irás a tu residencia. Toma el pasillo central, sube las escaleras hasta el tercer piso, y busca la habitación 205. Allí dejarás tus cosas y te familiarizarás con tu ala. Después, sin demora, te dirigirás al ala este, al salón 307. El profesor Severus te espera. No llegues tarde. Si te pierdes, será tu problema.
Se fue sin mirar atrás.
Lex Lim se quedó solo en el vestíbulo. Durante tres segundos mantuvo su cara de tonto. Luego, cuando el eco de los pasos de Morgana se desvaneció, su expresión cambió. Una sonrisa lenta, torcida, se extendió por su rostro.
—"Propiedad." Ja. Te voy a poner una correa y te haré caminar como perra. ¿Por qué pienso esto? No lo sé. Pero me hace sentir bien. Como si fuera... justo.
Se rió bajito. Luego, para asegurarse de que nadie lo veía, hizo un gesto raro: puso los ojos en blanco, sacó la lengua y movió la cabeza como un muñeco de resorte. Después, como si nada, recuperó su postura de tonto, agarró su bolsa de tela y caminó hacia el pasillo central.
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El internado, se dio cuenta, era un laberinto de dimensiones absurdas. Los pasillos se bifurcaban en galerías interminables, con techos abovedados donde pinturas de criaturas antiguas observaban cada movimiento. Ventanales góticos dejaban entrar una luz grisácea que se filtraba entre vidrieras de colores, proyectando sombras danzantes sobre las alfombras rojas. De vez en cuando, una estatua de mármol blanco —un ángel con alas rotas, un lobo erguido sobre dos patas, una doncella sin rostro— parecía seguirle con la mirada. El silencio era profundo, apenas roto por el eco de sus propios pasos y el crujido lejano de alguna puerta cerrándose. Olía a cera, a viejo papel, y a un perfume dulzón que no lograba identificar.