Terminé de rasgar la hoja. Punto final. Había terminado, al fin. Cerré la estilográfica y contemplé mi obra. Qué bien se sentía finiquitar un trabajo el cual me había sacado tantas canas. Al cerrar los ojos aún advertía la sucesión de números y letras impregnadas en mi retina.
—¡Ay mis ojos! —dije mientras me desperezaba. Mis huesos atrofiados se estiraban y gritaban por lo alto.
—¡Dios, Monroy! Te estás desarmando. Un poco más y tengo que traer a un albañil para ayudar —sonreí. La contadora tendía a ser algo exagerada pero no la culpaba. A veces parecía toda una orquesta al estirarme.
Coloqué mis utensilios de papelería a un lado; tenía un desorden. Había pilas de papeles a los lados del escritorio, otros más desperdigados por la mesa. Dudaba qué hacer con tanto papel. Siempre me sorprendía al final de la jornada: un escritorio impecable, sin ningún atisbo de blanco a la vista. Ayudaba bastante tener cajones, he de aceptarlo. Pero bueno, uno debe de usar las herramientas a su disposición.
—¿Terminó lo que le encargué, Monroy? —me preguntó la contadora sin despegar ojo de su propia montaña de papeles y sus libros de cuentas. Reuní un manojo de hojas blancas en mi mano, me puse de pie y se los presenté sin decir nada. Tengo que admitir que inflé un poco el pecho, hasta esperaba un halago. Nunca llegó. La contadora aún absorta en su labor señaló una montaña de papeles en su escritorio. Me desinflé como globo mal atado. Bueno, fue error mío por esperar algo. Ella no era de las que felicitaban, y estaba en su derecho. Tenía mucho trabajo, y acudían a ella como si fuera la misma dueña de la panadería. Hasta por un centavo perdido les parecía pretexto suficiente para molestarla.
Regresé a mi asiento derrotado. De mi chaleco saqué mi reloj al tirar de su cadena. Al presionar el botón superior se reveló. Con toda su belleza resplandeciendo, casi podía oír su canto de sirena al verla. Mi querida Ana, dueña de mi cuerpo y sueldo. Me deleitaba con su sonrisa blanca, su cabello con algunos rizos, cejas finas levantadas con cierta picardía, el justo labial para resaltar esa feminidad nata de su cara, sin llegar a ser excesivo. Simplemente hermosa. Mis ojos chispeaban y una sonrisa de oreja a oreja se me alzaba. Ya faltaba poco, menos de diez minutos para salir de aquella jaula. Verla, tenerla en mis brazos; habían pasado tres días desde la última vez que nos habíamos visto, una eternidad. Suspiré acariciando la foto. Luego cerré el reloj.
—Ver la hora no hará que vaya más deprisa, Monroy. Mejor ponte a trabajar.
—Lo sé, lo sé. Pero no puede juzgarme por intentarlo, contadora. Oh qué. ¿Nunca ha estado tan enamorada que le desea al tiempo ir más deprisa? —la contadora al fin levantó la vista de sus papeles. No me vio, sino que se quedó mirando un punto del cuarto. Sus ojos denotaban que ya no estaba en nuestro mundo sino en el de los recuerdos. Paseaba entre escenas de un pasado más feliz. Un atisbo de sonrisa pareció asomarse en las comisuras de su boca. No duró. Regresó a esa mirada adusta, como si jugara una partida de póker interminable. —Sí —me respondió regresando a sus papeles como un escudo—. Aun así, debes de ponerte a trabajar. No quieres que él te vea perder el tiempo.
«¿Él? ¿De quién hablaba?» me dije levantando una ceja. No hizo falta preguntar a lo que se refería. Unos toquidos en el alfeizar de la puerta mataron toda pregunta. Al voltear entendí de lo que hablaba mi superior. Delante, se encontraba un viejo tan grande como para ser acreedor a una pensión. Vestía de traje negro impecable, aunque gastado. Me pareció que ese traje debía de tener más años de los que yo ostentaba. El hombre sonreía, pero nada en esa expresión me provocó felicidad. —Pase, señor Panettiere, está en su casa.
El hombre amplió su sonrisa, o más bien su mueca. Se adelantó un poco al umbral de la puerta, pero casi parecía seguir afuera de la habitación. —Por favor, contadora. Llevamos diez años conociéndonos. Llámeme, Giuseppe.
La contadora no respondió, el rasgar de su pluma fue el único sonido que rompía la calma. El señor Panettiere permaneció impávido mirando a la contadora como si esa acción fuera algo placentero. Tal vez no debí de mirarlo, porque terminó reparando en mí. —¿Y tú muchacho? —me quedé helado. Como si me hubieran atrapado infraganti, solo esperando a levantar las manos para ser esposado por los gendarmes—. ¿Tienes nombre?
—Ah, sí. Juan de Monroy Mendoza. Señor —musité atropellando mi lengua. Nunca supe la razón, pero me puse en pie. Lo había visto alguna vez ya. De lejos claro. Nunca me había saludado. Yo por mi parte no estaba interesado en hacerlo.
—¿Monroy dices? ¿Tienes algo que ver con los condes de Monroy de España? —abrí la boca para responder, pero el anciano me interrumpió—. Dígame joven. ¿Usted qué tareas hace normalmente?
—Sí. ¡Soy el responsable de cuentas por pagar! —le respondí de inmediato. Todo quedo callado. Me paré más recto, contuve la respiración. ¿Desde cuándo me apretaba tanto el corbatín? El anciano no me quitaba la vista de encima. Me dio un leve repelús. Hasta la pluma de la contadora guardó silencio, toda la atención volcada en mí. Con un suspiro, el señor Panettiere miró hacia el techo. Mi abuela, en paz descanse, con un gesto similar siempre solicitaba intervención divina para mantener la compostura. —¿Qué más muchacho? ¿Qué más?
—Sí. Pues, yo. Reviso las facturas y notas de los proveedores. Inspecciono los insumos recibidos. Además, ayudo con los pagos directos a proveedores, depósitos en banco y los de nómina.