El anecdotario del escribano

Parte 2

Juan de Monroy Mendoza. Así terminé de estampar mi nombre en la hoja. Me imaginaba autografiando, no colocando mi sentencia por escrito. Firmar las órdenes de producción se había vuelto pan de cada día desde hacía ya seis meses. Era monótono, como una tarea interminable.

Eché un vistazo al reloj de pared. Era útil, aún más al no tener uno. Así, al menos, estaba al corriente del tiempo restante para salir de aquella prisión. El tic-tac me calmaba. Mi único alivio. Reparé en la ventana delante mí. Lúgubre, eso pensé al verla. ¿Había una vista panorámica de una nave industrial de tamaños colosales? No. Solo se veía una estructura de metal. Pernos y vigas frías. Atisbos de luz se introducían, renuentes a ser tapadas. Sí, hubiera podido ser peor; al menos entraba luz.

Mi montaña de papeles me reclamó de nuevo. Se acumulaban cada vez más. El abandono de mi compañera provocó una carga excesiva sobre mí. Con la amenaza latente de ser sepultado en pedidos y órdenes de producción, me hacía preguntarme: ¿A quién rayos se le ocurre tener dos personas para administrar una maldita empresa? He de aceptarlo, la empresa no pasaba de treinta empleados. Resultaban en un número de operaciones insignificantes. Aunque, una cosa era operar con pocos recursos y otra llevar al extremo el “reducir costos”.

La dueña no me apoyaba en nada. No me refiero al trabajo per se, sino, a otros menesteres más de carácter humano, por así decirlo. Un toquido de puerta me sacó de toda reclamación imaginaria. La nueva chica, flaca y bajita, estaba en el umbral de la puerta. Aún tenía un pie en la escalera. Parecía negarse a entrar de lleno en la habitación.

—¿Sabes dónde están las hojas de tiempo extra?

—¡Vaya! Tan temprano ya hay alguien dispuesto a vender su alma por un par de monedas extra —mi chascarrillo, aunque cruel, había sido bueno. La mirada impávida de la chica, por otro lado, me hizo desistir de intentar contar otro—. Sí, en los sobres amarillos. Están en los estantes encima de tu escritorio.

—Ya busqué. ¿Me puedes ayudar? —contraje una mueca. Prefería evitar la fatiga, pero no podía dejarla allí colgada. Yo tampoco encontraba nada en mi primer día. La pobre… ¿Cómo era que se llamaba? Bueno, eso pronto no importaría.

Tapé mi estilográfica dejándola en la mesa. Me levanté y de inmediato los cuartos traseros reclamaron mi atención. ¡Por los clavos de Cristo! Esa silla de madera me estaba matando, debía de hacer algo al respecto. A mi paso hacía la salida observé la puerta del despacho de la dueña; ni un ruido. ¿Realmente hacía algo allá dentro? La veía trabajar únicamente cuando me llamaba por ayuda en la redacción de un escrito o , y esto literalmente, pasarle algo caído en el suelo.

Bajé precedido por la chica nueva, su vestido color pastel ondeaba con cada peldaño bajado. En la parte de abajo un trabajador estaba en la puerta esperando, su mandil estaba sucio de pulpa café. Debía de pertenecer a los moledores. Continué al estante referido con anterioridad y comencé mi propio cateo. No tardé mucho en encontrar al susodicho. Manchado, con arrugas, pero; estaba aceptable para cumplir su labor.

—¿Se puede saber qué haces perdiendo el tiempo? —aun sin voltear, ya sabía quién era la urraca cantora que me llamaba.

—Licenciada, dígame. ¿Se le ofrecía algo? —le contesté mientras giraba. Sostuve el folder delante de mí a manera de escudo. El trabajador de antes había puesto pies en polvorosa.

—¡Tengo media hora llamándote! —«Estoy seguro, no han pasado ni dos minutos desde que me levanté» pensé mientras respiraba—. ¿Por qué nunca estás en tu lugar? Si te llamo, debes venir de inmediato; no estar perdiendo el tiempo.

Yo iba a contestar mis razones, pero ella las acalló bajando del todo las escaleras. Me quitó el folder de las manos, y sin examen previo lo arrugó con odio aventándolo a la basura. —No debes de estar aquí, vete a tu lugar. Yo hablaré con la nueva.

No hizo falta una segunda advertencia. Subí la escalera de dos en dos, colocando la mayor distancia posible. La subsecuente escena no la logré captarla por completo. A pesar del poco espacio entre mi escritorio y la erupción del volcán, solo pude percibir gritos; además de una puerta siendo azotada. Luego, cientos de aplausos subieron la escalera.

—¡A ver tú! —«un inicio pésimo»— ¿No tienes razón para estar allá abajo? ¿Hay algo más importante que yo te llame? Esa es tu única prioridad.

—La chica pidió auxilio. Solo quise apoyarla en su primer día.

—Y último —sentenció con un bufido—. Ya estarás contento. Una persona perdió el trabajo por tu culpa. Tú no podías hablar con ella, no debías decirle nada. A ti te capacitaron mal. María ni te explicó bien, mejor se largó. Si ya tengo a alguien que hace las cosas mal, no quiero a otro más.

«A la próxima persona tienes prohibido hablarle. Yo voy a ser quien la capacite. Tú no tienes ningún asunto con ella. Limítate a hacer tu trabajo. Oh serás el siguiente». Acto seguido, se encerró de un portazo.

Suspiré. Otro día más en el trabajo. ¿A dónde había dejado mi periódico con la sección de «Aviso Oportuno»?



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En el texto hay: humor, injusticia, oficina jefe y empleado

Editado: 07.02.2026

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