El anecdotario del escribano

Cuento 3

Me senté de nuevo. ¿Cuántas veces había ido al baño? Ya ni una sola gota me salía. Picarme los ojos no era una opción; estaba harto. Saqué el reloj de mi bolsillo. Las manecillas indicaban que eran cuarto para las cuatro. Dos horas. Sí, eso era ya una falta de respeto. Suspiré. Los papeles, enfrente de mí, perfectamente ordenados en una torre me produjeron cierta rabia. ¿Era necesario en serio? Al fin y al cabo, ya se había pagado todo aquello.

La panadería estaba semi silenciosa. El único sonido provenía de las personas encargadas del pedido pendiente de entrega. Y, claro, ella. Cogí de nuevo las disertaciones de Epicteto; el libro, de segunda mano, estaba desmoronado de la portada. Tanto el tiempo como el moho no le habían dado tregua. Leer era una de mis actividades favoritas. En otras circunstancias aquella situación hubiera sido un milagro caído desde el mismo cielo. Leer mientras esperaba y que te pagaran: ¡qué gloria! Lo malo es que no me estaban pagando. Mi estómago rugía como acarreados en mitin político. ¿Acaso debía de ya irme? Bueno, la opción estaba. Pero… ¿Y las repercusiones?

—Al diablo con las repercusiones. Tengo hambre —rugí tirando el libro en la mesa. Respiraba con fuerza; era lo único que podía introducir en mi cuerpo a falta de alimento.

Miré a los lados. La mesa de la contadora estaba vacía, todo en perfecto orden. Siempre me preguntaba adónde iba los fines de semana. La respuesta más lógica era que no trabajaba esos días, pero ya había recibido mensajes de ella los sábados, por lo cual dudaba ante la respuesta más obvia. «Bueno, al final ella es mi jefa directa, no la pinche señora, por lo cual no estoy desobedeciendo órdenes directas de un superior. ¿No?»

Y con ese argumento en mente, al fin me decidí. Siendo ya cuarto para las cuatro, dos horas de espera podían considerarse tiempo suficiente. Mi paciencia tenía un límite. Me puse de pie y guardé mi libro maltrecho. Algún día lo repararía; mi padre ya me había enseñado el cómo hacerlo, solo era cuestión de realizarlo.

Con mis efectos personales al hombro me puse en marcha. Silbé un poco al salir de la oficina y apagar la luz. La bombilla dejó una estela brillante muy pequeña antes de apagarse por completo. La luz eléctrica. Aquel invento revolucionario que aún no entendía, pero que me fascinaba. Quería leer acerca de su funcionamiento. ¿Cómo sin necesidad de quemar algo se producía la luz? «Fascinante», me dije cerrando la puerta de la oficina.

Continué mi marcha con otro silbido, pero más tenue. El silencio de la zona de producción calaba. Ni un alma se veía a la redonda por aquel pasillo largo y lleno de puertas. El único ruido era el de voces lejanas y cajas siendo colocadas en algún sitio. La penumbra del lugar era iluminada por una ocasional ventana de los cuartos que pasaba. Dentro, había mesas llenas de recipientes apilados y una que otras cajas con frascos. Me preguntaba cómo la chef llevaba la administración de todo ello, aunque no me interesaba del todo. Simplemente trataba de distraer la mente.

Los sonidos de antes se incrementaban conforme me acercaba a la zona de carga. Las voces eran más comprensibles y se lograba entender cómo repasaban ingredientes o comestibles listos para ser enviados. Las cajas retumbaban tanto que me sobresaltaban. Pero sí había algo que se incrementaba conforme se acercaba uno a ese lugar, era el olor. Nació tenue y apenas perceptible por encima del aroma de las harinas e ingredientes de la zona de producción. Ahora, en cambio, golpeaba la nariz como si tuviera una masa de veinte kilos. Tapé mi nariz en un intento de mitigarlo, aun así, lo percibía.

Cuando llegué al umbral de la puerta que daba a la zona de carga, me detuve a escuchar. Oía a la condenada señora mientras dictaba los artículos sin detenerse ni un momento. Su voz, sin sentimiento alguno, daba la idea de que recitase una oración o sermón a la fuerza. Al lado mío y junto a la puerta de la zona de carga estaba una oficina. La puerta rezaba el título de "JEFA ADJUNTA", todo en mayúsculas, como si hiciera falta resaltarlo. La puerta estaba abierta de par en par. Aquello me horrorizó. Todo el olor debía de ya estar impregnado hasta en los muebles. Me dieron ciertas náuseas. Aunque los semejantes no se aborrecen entre sí. ¿No?

Por fin entré en aquel sitio fétido. Marcus, el encargado de almacén y al parecer sirviente personal de la señora, me miró casi con una mueca. Se notaba su hartazgo; él también ya deseaba irse de ahí. La señora no reparó en mí, continuaba viendo un papel lleno de texto y dictando su letanía a su lacayo. Lo decía con tal desgana y arrastraba las palabras que dudaba que lo disfrutase como muchas otras veces había afirmado. Pero bueno, para llegar a las seis de la mañana a trabajar cuando la jornada iniciaba a las ocho decía mucho.

—Ya me voy, señora— le dije al fin. Traté de mostrarme sereno y profesional, pero no estaba seguro de si lo logré.

Sin despegar ojo del papel, me contestó. —Todavía no he dicho que te puedas ir.

No me miraba; su tono y mirada lacónica hacía el papel me lo decía todo. Su postura era rígida; sus labios se habían tensado y parecía ya no estar leyendo el papel solo mirándolo.

—Llevo dos horas esperando. ¿Cuánto más tiempo quiere que esté aquí?

—Esa no es una contestación— me dijo por fin bajando el papel.

Yo suspiré. Ya tenía experiencia discutiendo con gente loca, de esos a los cuales no les importaban sus trabajadores. —Con permiso, señora.



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En el texto hay: humor, injusticia, oficina jefe y empleado

Editado: 22.04.2026

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