El anecdotario del escribano

Cuento 4

El anecdotario del escribano

Las ráfagas de viento me golpearon en la cara, refrescando mis sienes. Sudaba. Como no hacerlo, en pleno verano, más aún con los rodillos calientes que se ocupaban en la fábrica. Delante de mí se extendía un sol maravilloso. Brillante. Como si gracias a él afuera se convirtiera en otro mundo. Visualicé a un hombre trajeado que me esperaba justo enfrente de la puerta. «Rayos. Me estorba la vista» pensé. No era su culpa. Aun así, mi vista estaba obstruida. Nunca pensé en lo satisfactorio que sería ver el sol. Algo tan cotidiano en mis tiempos en el instituto. Maldecirlo por su calor, era pan de cada día. Ahora en cambio lo admiraba con cierta nostalgia. Me evocaba a tiempos más felices. Ahora lo normal eran velas y un poco de luz de las ventanas. La “no oscuridad” me gustaba llamarla. Si antes en el instituto me sentía prisionero por no salir hasta mediodía, ahora anhelaba esa cautividad. ¿Cómo podía vivir la gente así? Y aún me faltaban cuarenta años más de estar encerrado, la jubilación era algo lejano.

—Disculpe joven —me dijo el hombre con una voz tiritante—. ¿Esta es la empresa de “Cartones, hojas, bolsas y Asociados”?

«¿De verdad tiene frío?» el hombre temblaba a pesar de las gotas que brillaban en su frente. Yo le asentí al sentir sus ojos escudriñarme de más. —¡Perfecto! He venido de la fiscalía para notificar una demanda laboral. Sí es tan amable de tomar esto. Y necesito que me firme de recibido el documento, aquí y aquí si es tan amable.

Saqué mi estilográfica de mi bolsillo. Le dediqué un rápido estudio al documento. No deseaba venderle mi alma al diablo sin antes enterarme bien. Aquel manojo de tres páginas era el típico documento: Por el presente medio yo “línea”, el día “línea”, a la hora “línea”. Certifico que al demandado le ha sido entregado en la fecha de tal del mes tal, etc. Sí, era oficial, el olor puro de la burocracia me llegaba mientras firmaba.

—Joven —me dijo castañeando los dientes—. Le faltó poner la hora.

—Oh sí, disculpe. Me permite su hora; yo no dispongo de un reloj —el hombre me la dictó. Y terminado el proceso, sin mayor pompa, se fue. Lo vi alejarse, temblaba como si nevara.

Muy a mi pesar cerré el portón. No podía estar eternamente ahí. Me encaminé a ver a la dueña. Su puerta estaba abierta, pero nada de ella daba indicios de dar la bienvenida. Me detuve en el umbral, aun sin poder ver el interior. Llamé golpeando tres veces. Un tenue “pase” fue la única respuesta.

Permanecí de pie enfrente de la señora por un par de minutos. Ella leía unas hojas lentamente sin prisa. —¿Quién era? —La pregunta me sobresaltó; no la esperaba.

—Un señor de la fiscalía. Le trajo esto. Es una demanda por lo que me dijo —acto seguido dejé el legajo en la mesa.

—Ay no, no, no —al fin me miró la señora—. Otra más no. Ya es la tercera. Esos malagradecidos. ¿Te parece justo, Juan? Dime, en serio. ¿Te parece justo? Les doy seguro social, les pago a tiempo, los tengo empleados con contrato. ¿No es suficiente para ellos? Es muy injusto.

Hice un esfuerzo colosal por no reír. A veces era muy chistosa sin proponérselo. No le respondí, era mejor alejar las manos del fuego. La mujer tomó la primera hoja de la montaña. Lo leyó (aunque no creo que toda) y acto seguido arrugó el papel con furia. Como si no fuese suficiente para acabar con el maligno papel, en otro arrebato le arrancó algunos pedazos. Suspiró como si le faltase el aire. Por último, lanzó los restos de su hazaña al bote de basura. El silencio se apoderó de la oficina. Yo deseaba huir, rezaba internamente porque no fuesen los empleados los siguientes en la lista.

—Qué injusto. Debería tardar en pagar a ver si con eso aprenden. Yo que trato de ser la mejor persona. ¡Qué injusto!

Seguí parado ahí sin decir nada. Apretando los dientes, se quedó mirando la ventana delante suya. Parecía sopesar la opción de hacerlo. Al cabo de una eternidad al fin reparó en mí. —Ya vete, y cierra.

Al cerrar su puerta al fin solté el aire. Solo hasta ese momento me percaté que lo contenía. «Ya solo otros cuarenta años de esto. ¡Perfecto!» me dije regresando a mi asiento.



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En el texto hay: humor, injusticia, oficina jefe y empleado

Editado: 04.09.2026

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