Una visita trágica.
Los primeros cuatro meses de embarazo fueron una extensión natural de la felicidad que ya vivían.
Mariana brillaba.
No solo por el reconocimiento que había aumentado en la moda italiana, sino tambien por esa luz distinta que tienen las mujeres cuando saben que están creando vida.
Esteban se volvió más atento de lo que ya era. Cancelaba reuniones si ella tenía cita médica. La acompañaba a cada ecografía. Dormía con la mano apoyada en su vientre, como si así pudiera sentir el latido diminuto que crecía dentro de ella.
Sophia hablaba con el bebé todas las noches.
-Buo, Buonanotte fratellino... o sorellina -susurraba, apoyando su mejilla contra el vientre de su madre.
La casa estaba llena de planes.
Una habitación nueva.
Colores neutros.
Risas anticipadas.
Cuando Gala y Alexander viajaron a Italia para visitarlos, decidieron salir a cenar a un pequeño restaurant elegante de Milán.
La noche era cálida.
-Tenemos algo que contarles -dijo Esteban, entrelazando su mano con la de Mariana.
Gala frunció el ceño, sospechando.
-No me digas que...
Mariana sonrió, emocionada.
-Vamos a ser padres.
Gala gritó. Literalmente gritó.
Alexander soltó una carcajada y levantó su copa.
-Lo sabía. Lo supe desde que te vi entrar más radiante que nunca.
Hubo abrazos. Lágrimas. Promesas de ser padrinos.
Fue una noche de celebración.
Una de esas que parecian sellar la idea de que la felicidad, por fin, se ha instalado para quedarse.
_________
Una semana después.
Sábado.
Esteban recibió una llamada urgente de una obra que necesitaba supervisión inmediata. Se despidió de Mariana con un beso largo y una advertencia suave:
-Descansa. Nada de subir escaleras innecesarias.
Ella rodó los ojos con ternura.
-No soy de cristal.
Sophia estaba jugando en la sala cuando el timbre sonó.
Mariana no esperaba a nadie.
Al abrir la puerta, se quedó inmóvil.
-Patricia.
Su hermana sonrió con aparente serenidad.
-Han pasado cincos años, Mariana. Creo que ya es momento de que dejemos el pasado atrás.
La sorpresa fue tan grande que Mariana no supo reaccionar de inmediato.
-¿Qué haces aquí?
-Estoy de vacaciones con Franco. Pensé que... ya somos adultas. Tal vez podamos intentar tener una mejor relación.
Había algo en su tono que parecía sincero.
O al menos lo suficiente.
Mariana, con el corazón más blando de lo habitual por el embarazo, decidió creerle.
La invitó a pasar.
Conversaron en la terraza. Hablaron del trabajo, de viajes, de la vida. Patricia mencionó a Franco con naturalidad.
Mientras compartían un postre, unas náuseas repentinas obligaron a Mariana a cubrirse la boca.
-¿Estás bien? -preguntó Patricia, observándola con atención.
Mariana sonrió suavemente.
-Sí... solo náuseas.
Patricia la miró fijamente.
-¿Náuseas?
Hubo un segundo de silencio.
Mariana apoyó una mano en su vientre, casi instintivamente.
-Estoy embarazada.
Algo cambió en el rostro de Patricia.
Fue sutil.
Un endurecimiento en la mandíbula. Una sombra en los ojos.
Pero su sonrisa permaneció.
-Qué... maravilla. Felicidades.
Por dentro, la comparación ardía.
Cinco años.
Y Mariana tenía éxito, estabilidad, una hija... y ahora otro hijo en camino.
Todo lo que Patricia creyó que lograría, que sería suyo.
-¿Puedo conocer la villa? -preguntó con ligereza-. Nunca la he recorrido.
Mariana aceptó.
El recorrido fue cordial. Mostró la habitación de Sophia. El estudio de Esteban. El futuro cuarto del bebé.
Cuando terminaron, Patricia dijo que debía irse.
Comenzaron a bajar la escalera principal.
El silencio entre ambas era extraño.
Entonces Patricia habló.
-Es irónico.
Mariana la miró.
-¿Qué cosa?
-Qué tengas todo lo que una vez Esteban imaginó conmigo.
Mariana se detuvo en el inicio de las escaleras.
-No sé de qué hablas.
Patricia se giró lentamente.
Y la máscara cayó.
-No dejaré que seas feliz con el hombre que me amó primero. No dejaré que tengas lo que yo no.
Mariana apenas tuvo tiempo de procesar las palabras.
El empujón fue rápido.
Brusco.
El mundo se convirtió en movimiento.
Escalones.
Golpes.
Un grito ahogado.
Y luego oscuridad.
_________
Patricia respiraba agitadamente en lo alto de las escaleras.
Miró hacia abajo.
Mariana yacia inmóvil.
Una mancha roja comenzaba a extenderse.
Sophia apareció en el pasillo.
-¿Mamma?
Sus pequeños pasos resonaron en el mármol.
Patricia, presa del pánico, bajo corriendo las escaleras, tomó su bolso y salió apresuradamente de la villa.
La puerta se cerró.
Minutos después, el sonido de un auto entrando en la propiedad.
Esteban.
Entró hablando por teléfono, pero las palabras murieron en su garganta.
Sophia estaba arrodillada junto a su madre.
-Mamma! Svegliati! -Lloraba en italiano, sacudiendola suavemente.
Esteban vio la sangre.
Y el mundo se detuvo.
El teléfono cayó al suelo.
-Mariana...
Corrió hacia ella, cayendo de rodillas.
La tomó entre sus brazos.
-No. No. No.
Sus manos temblaban mientras intentaba detener la sangre.
-Sophia, principessa, atrás -dijo con voz quebrada.
La niña lloraba desconsolada.
-Papá... mamma non si sveglia...
Esteban presionó su frente contra la de Mariana.
-Quédate conmigo. Por favor.
Por ella.
Por el bebé.
Por todo lo que habían construido.
Y por primera vez en años, el miedo volvió.
No como duda.
Sino como terror absoluto de perderlo todo.
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Editado: 26.02.2026