El AÑo Que Te AmÉ

La negación

Susan fue al último café porque necesitaba una confirmación.
No esperanza. Confirmación.

No iba a pedirle que se quedara. No iba a exigir explicaciones eternas ni a suplicar amor. Fue porque no sabía vivir con el vacío de no entender. Necesitaba mirarlo una vez más, escuchar de su boca algo —lo que fuera— que acomodara el caos que llevaba semanas creciendo en silencio. Algo que le devolviera el piso. Algo que le dijera que no había imaginado todo.

Llegó antes. Eligió una mesa discreta, cerca de la ventana. Pidió café aunque no tenía ganas. Lo revolvió sin azúcar, sin probarlo. Cuando él apareció, lo reconoció de inmediato… y al mismo tiempo no. Caminaba igual, vestía igual, pero había en su cuerpo una rigidez nueva, una distancia anticipada, como si ya estuviera preparado para defenderse de una conversación que no había empezado.

Se saludaron con cortesía. Sin abrazo. Sin esa cercanía que antes parecía inevitable. Se sentaron frente a frente como dos personas que alguna vez compartieron algo que ahora solo una de ellas estaba dispuesta a recordar.

Él no tardó en hablar.

—Tenemos que dejar esto claro —dijo casi de inmediato, sin rodeos.

Susan levantó la vista.

—¿Qué cosa?

—Que tú y yo no éramos nada.

La frase cayó como un golpe seco. No hubo preámbulo. No hubo cuidado. No hubo transición. Susan lo miró sin parpadear, esperando que siguiera, convencida de que debía haber algo más. No lo hubo.

—Nunca tuvimos una relación —continuó—. Nunca fuimos pareja. No sé por qué insistes en verlo así.

Ahí empezó la demolición.

Susan intentó hablar. Nombrar el tiempo compartido. El viaje. Las noches. Las decisiones tomadas juntos. Él la interrumpió con fastidio, como si todo eso fuera una exageración molesta.

—No puedes decir que andábamos —dijo—. ¿Sabes lo que implicaría eso?

—¿Qué implicaría? —preguntó ella, todavía serena.

—Que yo fuera infiel.

Lo dijo como si esa palabra fuera más grave que todo lo demás. Como si no nombrarla hubiera sido suficiente para que no existiera.

Susan sintió cómo algo se desplazaba dentro de ella, como si el eje se torciera apenas.

Susan respiró hondo. Había algo que le quemaba desde hacía rato.

—¿Por qué ya no me dices morena? —preguntó al fin—. Antes lo hacías todo el tiempo. Tú me pediste que nunca dejáramos de llamarnos así.

Él apretó la mandíbula. Bajó la mirada un segundo, como si esa palabra lo hubiera alcanzado donde no quería.

—Es que ya no puedo —dijo—. ¿Qué crees que pensaría mi esposa si me escucha llamarte así?

Ahí Susan entendió que no estaba hablando del apodo.
Estaba hablando de borrar.

—¿Entonces todo eso sí existía? —preguntó, con una calma que no sentía—. Solo que ahora te conviene que no tenga nombre.

Él no respondió de inmediato. Se limitó a encogerse de hombros, incómodo, defensivo.

Susan sintió cómo algo se le acomodaba con violencia en el pecho.

La frase no fue una explicación. Fue una excusa tardía.
Susan sintió el golpe con claridad: ese nombre que había nacido como pacto íntimo, como marca compartida, ahora era usado como prueba de que nunca debió existir.

Había algo profundamente violento en eso. No en el tono, sino en el significado. Negar el nombre era negar la historia. Negar la historia era negarla a ella.

—Veinte años no se tiran a la basura, así como así —continuó él—. Cuando los niños se vayan, pues ya seremos ella y yo.

Susan lo miró como si estuviera frente a un desconocido.

—¿No decías que no la amabas? —preguntó, sin levantar la voz.

—Eso no importa —respondió—. Es mi vida.

Y ahí lo entendió.

No era que negara el amor.
Negaba su existencia.

Negaba que ella hubiera ocupado un lugar real. Negaba que lo vivido tuviera nombre, peso, consecuencias. Negaba todo lo que, de aceptarlo, lo obligaría a mirarse como alguien capaz de dañar.

Susan respiró hondo. No iba a permitir que la historia se torciera del todo.

—Yo estuve ahí —dijo—. No como fantasía. Como presencia. Como apoyo. Cuando había proyectos y cuando ya no los había. Cuando el dinero se acabó, yo seguí. Aposté por ti incluso cuando no había nada que ganar.

Él la miró con frialdad.

Susan lo miró fijamente. Ya no estaba temblando. Estaba cansada.

—Dímelo de frente —dijo—. ¿Todo esto fue por interés?

Él frunció el ceño, molesto.

—¿Interés en qué?

—En los proyectos. En el trabajo. En el dinero —respondió ella—. Porque es lo único que hoy parece tener sentido para ti.

Él negó con la cabeza, impaciente.

—Estás exagerando.

Susan sintió el golpe seco de esas palabras.

—No —dijo—. No exagero. Yo estuve ahí cuando ya no había proyectos. Cuando el dinero se acabó. Cuando no había nada que ganar. Y, aun así me quedé.



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En el texto hay: mentiras, romance, amor

Editado: 19.01.2026

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