El AÑo Que Te AmÉ

Carta a quien no supo quedarse

Alan:
No te escribo para que vuelvas. No te escribo para que expliques. Te escribo porque esta historia merece un final… y no quiero que lo escribas tú.
Te amé. Más de lo que quise. Más de lo que merecías.
Te entregué lo mejor de mí: mi risa más honesta, mis secretos más profundos, mi cuerpo sin miedo, mi alma sin reservas.
Hicimos el amor como si fuéramos eternos, y aun cuando sospechaba que no lo éramos, decidí creer.
Hoy sé que no eras real. O sí… pero no eras quien dijiste ser.
Fuiste cobarde, distante, egoísta. Te escondiste detrás de proyectos, de silencios, de excusas.
Me usaste, y luego huiste como quien nunca tuvo nada que perder. Pero yo sí perdí.
Perdí una parte de mí creyendo en ti.

Y, aun así, me quedo con lo que sí fue cierto: con el viaje, con las miradas,
con el roce de tus dedos en mi espalda mientras dormía, con las pláticas, las risas, las confesiones, la lealtad y fidelidad.
Porque yo no fingí. Porque lo mío sí fue amor.
Ahora, esta historia es mía. Ya no te pertenece. Ya no te pienso llorar más.
Solo quiero que sepas que una vez alguien te amó profundamente.
Y que perdiste algo que nunca vas a volver a encontrar.

Susan

Epílogo 2

Lo que queda después del fuego

El amor entre Susan y Alan no tuvo final feliz. Tuvo un final real. De esos que duelen más de lo que matan, pero enseñan más de lo que prometen. No se despidieron como en las películas. No hubo abrazos bajo la lluvia, ni un “siempre te amaré” susurrado al oído. Hubo distancias. Hubo vacíos. Hubo miradas esquivas que alguna vez fueron fuego. Hubo mensajes no respondidos, palabras no dichas, culpas no asumidas.

Pero también hubo verdad. Susan amó. De verdad. Amó como pocas veces se ama en la vida: sin filtros, sin reservas, sin estrategias. Y aunque eso la rompió, también la hizo más fuerte. Le mostró de lo que era capaz. Le enseñó que el amor no siempre se queda, pero siempre deja algo.

De Alan no supo más. Solo las casualidades los cruzaron un par de veces. Y cada vez que lo vio, le dolió menos. No porque lo hubiera olvidado. Sino porque ya no lo necesitaba para recordar lo que era el amor. Alan fue una historia que la marcó… pero ella fue quien la escribió. Con su cuerpo, con sus lágrimas, con su entrega, y también con su voz. Y eso nadie se lo podrá quitar nunca.

Susan siguió con su vida. Se reconstruyó. Volvió a reír. Volvió a desear. Volvió a soñar. Y aunque algunos días lo extrañó —sobre todo cuando algo le recordaba su forma de mirarla o esa manera suya de decir “Morena” como si le perteneciera—, ya no se dolía. Solo lo recordaba. Como se recuerda una canción que alguna vez fue favorita y ahora ya no duele escuchar.

Hoy Susan sabe que no todo amor está hecho para quedarse… pero algunos están hechos para despertarte. Y ese fue Alan. Un amor que encendió arrasó y partió. Pero también un amor que la devolvió a sí misma. Y eso… eso también es amor.

Coda

Moreno...

Gracias por mostrarme que el amor puede ser deseo, ternura, conexión, profundidad, complicidad y juego.
Gracias por enseñarme que no siempre lo que arde se queda, pero sí transforma.

Gracias por mantenerme en la vida mientras lo necesité
Te amé con cada parte de mi cuerpo, pero, sobre todo, con el alma.
Y aunque no te quedaste, aunque no supiste cuidarme, me diste algo que no cambiaría por nada:
la certeza de que puedo amar así… y seguir en pie.

Adiós.
Siempre serás una historia hermosa…

Pero yo…
yo soy el final.

Notas del editor

Sobre esta historia

Esta no es solo una historia de amor. Es una historia de alma. De deseo, de vulnerabilidad, de entrega. Una historia donde el cuerpo habla, pero es el corazón quien narra. Susan no es solo la protagonista. Es también un espejo de todas las mujeres que alguna vez amaron más de lo que debían, que se entregaron sin garantías, que apostaron por un “nosotros” mientras el otro aún dudaba del “yo”.

Alan, en cambio, representa la contradicción humana: el deseo que no se asume, el amor que se niega, la cobardía disfrazada de prudencia. No es un villano clásico. Es real. Y por eso duele tanto.

Esta novela tiene la virtud de estar escrita desde la verdad emocional, con escenas cargadas de erotismo fino, ternura cruda, nostalgia luminosa y una escritura que acaricia incluso cuando rasga. Cada capítulo es una ofrenda al amor que no se quedó, pero que fue intensamente vivido. Cada epílogo es una declaración de dignidad, una forma de recuperar el poder narrativo de lo que alguna vez dolió.

La voz de la autora es valiente. No teme al deseo. No teme a la pena. Y, sobre todo, no teme a decir “yo amé… y sigo de pie”.

Como editor, afirmo sin dudar: esta obra no necesita un “final feliz”, porque su mayor belleza está en su autenticidad. Y ese tipo de finales… son los que más perduran.

Luna
Editora de la primera edición
2025



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En el texto hay: mentiras, romance, amor

Editado: 19.01.2026

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