El anuncio de matrimonio

Capítulo 1

Cada poro de mi piel grita que me dé la media vuelta y salga de ahí cuanto antes, pero mis pies se rehúsan a obedecer a mi sentido común. Sigo al empleado del mesón por un pasillo oscuro, carente de ventilación y en urgencia de alfombrado nuevo, hasta que llegamos a una puerta al fondo. Las posibilidades de que el anuncio sea una broma o una trampa son altas, pero tengo que intentarlo. Es mi única salida. Si existe la más remota posibilidad de que la oferta de matrimonio sea real, tengo que saberlo. Una situación desesperada, amerita acciones igual de desesperadas.

—Por aquí, señora —dice el empleado señalando la puerta.

—Señorita —lo corrijo.

El hombre me mira de arriba abajo como pensando “¿A tu edad?”, pero tiene la delicadeza de no expresarlo en voz alta.

Sí, sé que a mi edad la mayoría de las mujeres ya están casadas y con varios hijos, pero ellas probablemente no pasaron los últimos 17 años de su vida atrapadas en una servidumbre que más asemejó una prisión.

De estar yo casada, no estaría ahora aquí poniéndome en riesgo en un mesón de mala muerte albergando la remota esperanza de conseguir un marido.

—Por aquí, por favor, señorita —se corrige, abriendo la puerta, la palabra solterona gritando en sus ojos.

Le agradezco con una inclinación de cabeza y entro sin saber qué me espera al otro lado. A razón de cómo late mi corazón, puede ser un oso o una guarida de ladrones, pero, al dar el primer paso, compruebo que mis temores son infundados.

Adentro de la oficina sólo hay un hombre sentado detrás de un escritorio de madera, tan viejo como todo lo demás dentro de este mesón… Me refiero al escritorio, no al hombre. Él debe rondar los 40 años, solo algunos más que yo, así que por nada del mundo lo consideraría viejo; aun si eso me ganara otra miradita del mesonero.

El hombre se pone de pie al verme. Va vestido pulcramente a la usanza de los caballeros.

Suspiro aliviada, entonces la oferta es real. Debe serlo.

—Buenas tardes, ¿es usted Sonia Lois?

—Sí, buenas tardes, ¿y usted es…?

El hombre me indica que tome asiento con un gesto de la mano que apunta hacia la silla delante del escritorio. No me da su nombre. Primera señal de alarma. Bueno, probablemente no es la primera. La primera es que esté buscando esposa por medio de un anuncio en la gaceta del reino; la segunda, que me haya citado en este mesón de mala muerte en una oficina oscura. Que no dé su nombre entra en tercer lugar o cuarto lugar, ya haré la cuenta cuando salga.

—Así que usted no tiene familia, señorita Lois —dice alzando del escritorio la carta que envié en respuesta al anuncio—. Creció en un orfanato.

Trago saliva. Por alguna razón, me siento renuente a confirmarle que no existe nadie en el mundo que se ocupe de mí, como si el corazón me estuviera advirtiendo que no debo ponerme en una posición excesivamente vulnerable frente a este desconocido, pero es inútil negarlo. Esa es la realidad.

—Así es, mi familia pereció durante una invasión Pors. Casi no tengo recuerdos de ellos. Yo era muy pequeña cuando ocurrió —confieso alisando la falda de mi vestido gris, uno de los pocos que poseo.

El hombre alza las cejas, como si mi orfandad fuera una buena noticia.

—Y dice que, hasta hace dos meses, estaba laborando como dama de compañía. ¿Qué le hizo dejar ese empleo?

—La señora Landin, la anciana que cuidaba, falleció. Su único hijo no tenía uso para mí en casa y me pidió marcharme —le cuento, resumiendo en unas cuantas palabras interminables horas de incertidumbre y llanto.

17 años de servicio, día y noche, aislada de todo, sin apenas salir al exterior y, de la noche a la mañana, soy echada del único hogar que conozco; todo por haber tenido los escrúpulos suficientes para rechazar los avances de Oscar Landin. Decir que fue un trago amargo es quedarse corto.

—Ya veo y antes de vivir con la señora Landin, vivía usted en el orfanato.

—Precisamente. Fue la señora Morris, la encargada del orfanato, quien me consiguió el empleo cuando llegué a la edad para marcharme. Ser la dama de compañía de la señora Landin es lo único que he hecho en la vida; sin ella, pues… —dejo que las palabras se apaguen en mis labios, no encontrando sentido en expresar lo desesperada que me encuentro.

Sin un centavo a mi nombre, ni amigos, ni parentela; es cuestión de días para que quede destituida. Hasta ahora, he solventado los gastos de la posada en la que me estoy quedando gracias a que he vendido los pocos obsequios que me hizo en vida la señora Landin, pero ese dinero está por agotarse. Una vez que se acabe, no habrá otra opción más que salir a la calle a mendigar.

—He procurado buscar empleo —añado, como si me diera vergüenza estar aquí respondiendo a la oferta de matrimonio de un anuncio, dispuesta a entregarle mi vida a un hombre extraño—, pero el hijo de la señora Landin no me dio referencias y, sin ellas, ha sido una tarea imposible.

El hombre echa la espalda hacia atrás, pegándola contra el respaldo de su silla. Sus ojos se llenan de suspicacia.

—¿Hay algún motivo por el que el señor Landin no haya querido darle referencias? —inquiere desconfiado.




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