Quisiera levantarme del asiento. Estoy tan ansiosa que me vendría bien caminar, aunque fuera dando pasos de un extremo al otro del salón de los Kaplan. Sin embargo, no lo hago. Me quedo quieta en el mullido sillón, bajo la atenta mirada de mis dos inusuales benefactores.
Benefactores, ¿es esa la palabra correcta? Supongo que sí, los Kaplan me están ayudando a evadir la indigencia, poniendo a mí disposición todo lo que está a su alcance para que el doctor Moss me tome como su mujer. Pero me es difícil verlos como uno vería a un benefactor cualquiera, en especial a Damián, a quien encuentro tan inquietante. Hay algo en él que no termina de convencerme…
Basta, Sonia, me reprendo. Tengo que dejar de mirar mal a estos dos extraños que me están ayudando a cambiar mi vida.
Suelto las manos cuando me doy cuenta de que las estoy estrujando sobre mi regazo. No quiero arrugar la falda del precioso vestido que Joana me prestó para la cena. Tengo que verme impecable cuando el doctor llegue.
Alguien llama a la puerta principal. De inmediato, se escuchan los pasos del mayordomo de los Kaplan apresurándose para atender.
Damián se pone de pie de un brinco.
—Ese es Walter, iré a recibirlo —dice saliendo del salón a zancadas.
Lleno mis pulmones de aire, llegó el momento. Estoy por conocer al hombre al que planeo o, más bien, estoy complotando hacer mi marido.
En estricta teoría, esta no es la primera vez que veré al doctor Moss. Hace varios años, el doctor fue al orfanato a atender a una niña enferma. Yo era muy joven, sólo guardo el vago recuerdo de una figura alta, vestida de negro, precipitándose escaleras arriba detrás de la señora Morris.
Ese breve y difuso recuerdo me hace consciente de un hecho que ni yo ni los Kaplan hemos tocado: el doctor Moss es bastante mayor que yo o incluso que los mismos Kaplan. Mi recuerdo tiene alrededor de 25 años y el doctor era ya un hombre adulto, un médico respetado en el reino; yo, una niña. La diferencia de edades entre nosotros es considerable, pero no planeo ponerme quisquillosa con los números. Poco me importa que por la puerta cruce un anciano en bastón; si ello significa seguridad y un techo, me daré por complacida.
Estoy buscando protección, no romance; ese lo dejaré para las páginas de los libros. Siempre puedo volver a leer La rosa enamorada cuando necesite una dosis de suspiros.
—Recuerda, actúa con naturalidad —susurra Joana cuando escuchamos pasos acercándose al salón.
Instantes después, Damián entra seguido de otro hombre. Para mi enorme sorpresa, no se trata de un anciano, ni siquiera lo catalogaría como viejo. Es mayor que yo, eso se ve, pero su aspecto está lejos de ser lo que yo consideraría un hombre en el ocaso de su vida. Su cabello negro espeso apenas presenta algunas canas y su rostro se encuentra libre de arrugas.
Walter Moss es alto, de espalda ancha y ojos oscuros. Nadie podría decir que es un hombre especialmente apuesto; sus rasgos son duros y masculinos, no muy concordantes con lo que uno llamaría bello, pero va pulcramente vestido y bien peinado, como le corresponde a un caballero de sociedad. En términos generales, el doctor Moss puede no ser apuesto, pero tampoco es difícil de mirar.
—Buenas noches. Lamento la demora, tuve un paciente de último momento —se justifica el doctor en una voz armoniosa, ni muy alta ni muy baja.
Habla en dirección a Joana, la anfitriona de la cena, pero de inmediato sus ojos viajan hacia mí y hace una inclinación de cabeza.
—Walter, te presento a una amiga de mi esposa, ella es la señorita Sonia Lois —dice Damián.
Me levanto del asiento al tiempo que el doctor Moss se acerca y, tal como hacen las damas de sociedad, le ofrezco mi mano para que la bese.
Él la toma entre la suya, la calidez de su palma provoca un cosquilleo inusitado que me recorre el resto del brazo. Es una sensación extraña, pero placentera; probablemente desencadenada por mi propio nerviosismo.
—Encantado de conocerla, señorita Lois —saluda Moss educadamente.
Mi mano queda pequeña dentro de la suya, la miro entre sus dedos, blanca e indefensa, envuelta en su calidez y pienso en lo agradable que sería encontrarme toda yo así. Envuelta en la seguridad del doctor, protegida de un mundo que tan mal me ha tratado.
—El gusto es mío, señ… doctor Moss —me corrijo.
—Espero que no le moleste que haya añadido a Sonia a nuestra cena, pero coincidimos esta tarde en la fuente Carmina y no pude resistir la tentación de invitarla —se justifica Joana como si todo fuera una enorme coincidencia.
—¿Por qué habría de molestarme tan encantadora adición? —replica el doctor y, aunque sé que sólo lo dice por educación, no puedo evitar el sonrojo en mis mejillas.
—¿Qué les parece si pasamos al comedor? —propone Damián.
Los tres accedemos. Joana se toma del brazo de su marido para que la escolte los escasos metros que separan el salón donde estamos del comedor. El doctor Moss me ofrece su brazo, no significa nada, es solo un acto de mera educación por ser una mujer sola y él un caballero sin pareja, pero el gesto me provoca una sensación de efervescencia en el pecho.
—¿Tiene mucho que conoce a la señora Kaplan? —inquiere el doctor mientras andamos.