El anuncio de matrimonio

Capítulo 4

La cena sigue avanzando sobre ruedas. Cada una de las cosas que Damián y Joana me instruyeron que dijera aciertan en el blanco.

El doctor no da crédito a que tengamos tanto en común. La charla entre nosotros fluye amena, sin tropiezos. Su interés por mí crece conforme avanza la velada.

Al acabar la noche, todos nos ponemos de pie.

—Le pediré al cochero que prepare el carruaje para llevarla de vuelta a su alojamiento, señorita Lois —dice Damián, haciendo la finta de que va a salir del comedor.

Tal como lo anticiparon los Kaplan, el comentario hace dar un respingo al doctor.

—¿Va usted muy lejos, señorita Lois? —inquiere él con marcado interés.

—A la posada que está en la Avenida Principal —respondo—. Me estoy hospedando ahí.

—Permítame que la acompañe, no debe ir sola. Podemos usar mi propio carruaje —ofrece el médico.

Los ojos de Joana van de Moss a mí, en su boca quiere asomarse una sonrisilla de triunfo.

—Oh, no, de ninguna manera, doctor Moss. No quisiera molestarlo, usted está a tan sólo unos pasos de su casa — digo con modestia, como si un momento a solas con él no fuera justo parte del plan.

—No es ninguna molestia. Por favor, déjeme acompañarla. No quiero ni considerar que vaya usted sola.

—Walter, usted siempre tan amable —comenta Joana—. Deja que te acompañe, Sonia. Ya es de noche.

Damián afirma, fingiendo que es necesaria la intervención de los tres para persuadirme.

—Bueno, si usted insiste, doctor. Se lo agradezco mucho —replico con una inclinación de gratitud.

Minutos después, ya me encuentro en el carruaje a solas con Moss. El trayecto no es muy largo, el exclusivo vecindario de las Rosas, donde residen los Kaplan y el doctor, no está lejos de la Avenida Principal.

El carruaje pronto se incorpora a la ancha avenida, que es el corazón del reino de Encenard. De día, la Avenida Principal es un lugar congestionado por el cual es casi imposible transitar sin que estorben los transeúntes, vendedores ambulantes u otros carruajes; pero a estas horas ya se encuentra casi despejada.

Por unos momentos, el único ruido que nos acompaña es el traqueteo de las ruedas sobre el camino, pero no me tomo nuestro silencio como una mala señal; en especial porque el doctor no deja de mirarme. Cada que puede, me echa un vistazo de reojo. Está interesado. Lo siento en la tensión que se acumula entre nosotros dentro del carruaje.

—¿Cuánto tiempo estará de visita en la ciudad? —inquiere el doctor. Es su forma disimulada de preguntar por qué me estoy hospedando en una posada.

Joana me advirtió no entrar en detalles. No obstante, la velada ha estado plagada de mentiras y fingimientos para hacerme al gusto del doctor; en lo que pueda ser sincera, quiero serlo. Si terminamos casados, no deseo ser una completa extraña para mi marido.

—No estoy de visita, he vivido en la capital desde que era una niña —aclaro—. Me estoy hospedando en la posada porque recientemente perdí mi empleo como dama de compañía de la señora Landin, que en paz descanse. Pasé los últimos 17 años a su servicio y ahora debo encontrar un nuevo empleo; hasta que lo haga, seguiré hospedándome en la posada.

Es la verdad; al menos en parte, ya que omito el hecho de que no tengo dinero suficiente para seguirme hospedando ahí mas que por unos cuantos días más.

Por un instante, temo que mi sinceridad vaya a socavar el interés del doctor por mí. Tal vez le parezca menos atractiva ahora que sabe que no soy una dama elegante como Joana Kaplan. Pero eso no sucede, la expresión de Moss no refleja ni un ápice de rechazo o desinterés. Al contrario, parece intrigado.

—Dice que ha vivido en la capital desde que era una niña, ¿qué hay de sus padres? ¿No tiene familia que la pueda alojar?

—Quedé huérfana a temprana edad, crecí en el orfanato de la señora Morris. Cuando cumplí edad suficiente, entré al servicio de la señora Landin y ahí estuve hasta hace unas semanas.

Se me contrae el estómago. Mi arrebato de sinceridad acaba de abrir la puerta para que el doctor se cuestione cómo carambas una huérfana que trabajaba de dama de compañía acabó de amiga de la señora Kaplan.

Para mi enorme alivio, la charla del doctor toma un rumbo distinto.

—Sé quién era la señora Landin —comenta en tono conversacional—. Nunca la traté en persona. Por lo que entiendo, era una mujer de ideas rígidas y se rehusaba a que un hombre la auscultara; pero su hijo iba seguido a mi consultorio a comprar un remedio para aliviar el dolor de sus piernas.

—Uno que venía en un frasco verde. ¿Lo hace usted? —pregunto, sintiendo que puedo oler el aroma mentolado del ungüento de tan memorizado que lo tengo.

—Así es, es un remedio contra el dolor que me tomó años perfeccionar. Lo llamo Veradone —dice con orgullo.

—Es una medicina excelente, era lo único que aliviaba el dolor de la señora Landin.

—Me alegra escucharlo.

—Supongo entonces que usted también preparaba el jarabe que la ayudaba a dormir. El que venía en una botellita roja.




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