El anuncio de matrimonio

Capítulo 5

Las manos de Walter envuelven las mías en su calidez; su agarre no es duro, pero sí lo suficientemente firme como para comunicar que, de ahora en adelante, soy suya.

Sus labios se presionan contra los míos, firmes y húmedos, y el mensaje que transmiten es el mismo: ahora eres mía.

Dudo que exista otra mujer en el reino que se haya entregado de tan buena gana a un hombre como yo a Walter. No puedo esperar a que la gente empiece a referirse a mí como la señora Moss.

Walter se aparta despacio, mis labios se sienten fríos sin el contacto de los suyos. Quiero volverlo a besar, la tentación de tomarlo del cuello y aproximarlo de vuelta a mí es enorme; pero, por supuesto, jamás lo haría. No con los invitados y el oficiante de bodas de testigos.

—Excelente, hemos terminado —dice el hombre con aire solemne, dando por concluida la breve ceremonia de casamiento.

A nuestras espaldas escucho aplausos de celebración.

El aire está impregnado del jazmín de los arreglos florales que adornan el pasillo, Walter me toma de la mano para salir juntos entre una fila de rostros que me son desconocidos. A las únicas dos personas que distingo entre todos los invitados de Walter son a Damián y a Joana, sentados hasta al frente en el lugar de honor.

Junto al lugar donde celebramos la ceremonia hay un salón rectangular donde se dispuso un banquete. El posadero guía a los invitados como acarreando un rebaño. Trae sus mejores ropas y una sonrisa de oreja a oreja en tanto que le indica a la gente a donde deben ir. Esta es la primera boda que celebra en su establecimiento, al menos la primera boda de alguien de la altura del doctor Walter Moss.

La gente adinerada normalmente celebra sus bodas en su propio hogar, pero Walter, siendo el hombre privado y tranquilo que es, no deseaba meter a un montón de gente a su hogar, por lo que decidimos buscar otro sitio para la celebración.

El salón de bailes de la posada resultó el lugar idóneo. Amplio, céntrico y, dado que íbamos a celebrar la boda en su establecimiento, el posadero decidió condonarme los últimos días de estancia y comida. Eso último Walter no lo sabe, pero a mí me vino como anillo al dedo.

Una vez en el salón, Walter me presenta con sus invitados. Es un mar de rostros que dudo recordar, lo más notorio es la incredulidad de todos de que el doctor Moss haya vuelto a casarse. Parece ser creencia generalizada que Walter moriría soltero y dedicado a su trabajo.

La celebración acaba temprano, nos vamos a casa con un carruaje lleno de los presentes de bodas que los invitados me hicieron. Son tantos que es necesario que Joana y Damián lleven presentes en su carruaje también.

El recorrido de la posada a casa de Walter se me figura como la entrada a un cuento de hadas. Dejo atrás mi vida de sufrimiento y soledad para empezar una nueva etapa, una etapa llena de felicidad y amor. Todo lo que se me negó durante los primeros 35 años de mi vida ahora lo tendré en abundancia.

—¿Te gustó la fiesta? No fue el gran festín que imaginabas, tal vez —dice Walter tomando mi mano entre la suya.

—Fue perfecta —digo recargando mi cabeza en su hombro.

El movimiento hace que el corsé del vestido se me entierre en las costillas. Una de las desventajas de usar vestidos de segunda mano es que te pueden ir pequeños, pero ¿cómo costear un vestido de novia nuevo si ya no tenía dinero ni para pagar mi estancia en la posada? Joana me sugirió pedirle dinero a Walter para mandarme a hacer el vestido de novia, pero no lo sentí correcto. Él ya iba a pagar la boda y todo lo demás de ahora en adelante, lo mínimo que podía hacer era arreglármelas con mi propio atuendo. Por suerte, la gaceta llegó una vez más en mi rescate y encontré un anuncio de una joven cuyo casamiento se había cancelado y estaba rematando su vestido de novia.

—No sabía que habías estado en el orfanato al mismo tiempo que la esposa del comandante Gil —comenta Walter inclinando su rostro para besar mi cabello.

—Ella era unos años mayor que yo, salió de ahí antes. Apenas la reconocí.

—Creo que Joana se puso celosa al ver que abrazabas a la señora Gil. Tengo la impresión de que sintió que perdía su lugar como tu amiga más importante —dice él en tono de broma, a pesar de que lo que dice es completamente cierto.

Yo también vi los ojos que me echó Joana mientras saludaba a esa vieja conocida, aunque no comprendo el porqué de sus celos. ¿Qué más le da a ella si me encuentro con una huérfana de mi pasado?

No contesto, solo le sonrío. Temo que cualquier cosa que diga me pueda poner en evidencia. Walter cree que Joana es mi amiga, por lo que no puedo expresarle lo extraña y exasperante que la encuentro en ocasiones.

El carruaje se detiene frente a la casa, apenas vamos bajando cuando el de los Kaplan se detiene justo detrás del nuestro.

—¿Qué dicen a un último brindis para cerrar la noche? —propone Damián bajando de un brinco.

Me da la impresión de que bebió de más durante la fiesta. Detrás de él baja Joana y lo primero que hace es apoyar la propuesta de su esposo.

—¡Sí! Celebremos en privado. Solo los más importantes —propone en un tono infantil y mimado.

—Por supuesto, entren —los invita Walter, cordial, pero sin mucho entusiasmo.




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