Walter comienza a alistarse muy temprano por la mañana. A pesar de mis declaraciones de ayer de que su compromiso con sus pacientes es una de las cosas que más admiro, lo cual es completamente cierto, la realidad es que preferiría que se quedara a mi lado, al menos hoy. Acabamos de casarnos ayer, me gustaría pasar la mañana juntos, tomar un desayuno largo charlando de todo y de nada.
Lamentablemente, Walter tiene mucha prisa por salir. Se mueve por la recámara presuroso a la vez que distraído, su mente está en la salud de sus pacientes y no en su nueva esposa.
—Voy a echarte de menos —digo sentada a la orilla de la cama, mientras mis manos suben y bajan de forma ansiosa sobre mis muslos, como si quisiera infundirles calor, a pesar de qué la habitación está templada.
Walter se detiene en seco y se gira sobre sus talones para mirarme. Pestañea un par de veces en mi dirección, como si acabara de recordar que estoy aquí.
—Mi querida, yo también te echaré de menos. Trataré de volver antes de la cena —dice llegando a mí de un par de zancadas.
Walter toma asiento a mi lado, luego pasa uno de sus brazos sobre mí y me atrae hacia él para besarme. Su beso es suave como una caricia. Me inclino un poco más hacia él para recibir mejor sus labios. Ayer descubrí que me encanta el sabor de mi marido.
El beso se prolonga más de lo que esperaba originalmente y, por unos momentos, me parece que Walter va a concluir que los pacientes pueden esperar un día y que prefiere quedarse a mi lado. Al menos eso es lo que sugiere su beso. No obstante, para mi enorme decepción, él termina separándose de mí y poniéndose de pie como un resorte.
—Se me va a hacer tarde —señala, pasando su mano sobre su cabello—. Volveré antes de la cena. Lo prometo — añade antes de precipitarse hacia la salida.
Me pongo de pie y lo sigo escaleras abajo. No estoy segura de si es mi deber de esposa acompañarlo a la puerta todos los días cuando se va a trabajar, pero quiero hacerlo.
El mayordomo ya lo está esperando en el recibidor con su capa, pero antes de que se la tienda, yo me apresuro a tomarla para ser yo quien le ayude a colocársela.
Walter me dedica una sonrisa de agradecimiento y se pone de espaldas para que le eche la prenda encima. Lo hago asegurando la capa en sus hombros y luego paso mis dedos sobre la tela para estirarla a pesar de qué no tiene una sola arruga.
Walter se despide una vez más de mí y sale. Suelto un suspiro que acompaña al vacío que siento por dentro de verlo marcharse. Solo serán unas horas, pero yo ya siento que lo echo de menos.
—El desayuno está listo en el comedor, señora Moss— me indica el mayordomo a mis espaldas.
Sonrío para mis adentros. Al fin alguien me llama señora Moss. Creo que voy a disfrutar cada que suceda.
Le agradezco y voy al comedor. Un generoso desayuno me espera sobre la mesa. Todo es exquisito, sin embargo, no logro disfrutar de los alimentos en su totalidad. Me siento extraña comiendo sola. 17 años ingiriendo mis alimentos junto a la señora Landin y, luego, en la posada compartía el comedor con los demás huéspedes; pero en esta enorme casa los asientos vacíos a la mesa parecen mofarse de mi soledad.
Una vez que estoy satisfecha, me pongo de pie y decido dar una vuelta por mi nuevo hogar. Anoche, tras la marcha de los Kaplan, Walter me enseñó la casa, pero fue un recorrido precipitado, pasando de estancia en estancia casi como si nos estuvieran persiguiendo. Honestamente, no me molestó. Sé que Walter tenía prisa por tener nuestra noche de bodas y confieso que yo me encontraba igual. Así que por mí nos hubiéramos podido ahorrar el recorrido e ir directo a la recámara principal.
Ahora es un nuevo día y cuento con tiempo para recorrer la casa con calma.
Vuelvo a ir de estancia en estancia. Esta vez tomándome mi tiempo, conociendo cada rincón de la residencia Moss.
Me gusta. Me gusta muchísimo.
—¿Puedo ayudarla en algo, señora? —pregunta el ama de llaves con cierto recelo cuando me ve entrar a la cocina.
—En nada. Solo estoy conociendo la casa —le digo pasando los ojos sobre el fogón y la amplia alacena.
—¿Hay algo que no sea de su agrado? —inquiere el ama de llaves, de nuevo en ese tono a la defensiva.
Dejo de mirar los muebles y muros para concentrarme en ella. Por su tono de voz, deduzco que cree que estoy aquí para criticar su trabajo o para cambiar su modo de hacer las cosas.
Era de esperarse. Walter lleva años viviendo solo, mismos en los que el ama de llaves ha instaurado su pequeño reinado en casa. Está molesta de que esos tiempos hayan llegado a su fin. Ahora hay una nueva señora Moss quien viene a cambiar y a mandar.
Si tan sólo el ama de llaves supiera que no tengo idea de cómo llevar una casa y de que lo que más me gustaría sería contar con su ayuda. No obstante, tampoco quiero parecer débil frente al personal de servicio. Ya pasé muchos años siendo vista hacia abajo por la servidumbre de los Landin, no quiero que se repita la historia. Esta vez ya no soy la dama de compañía, soy la esposa y quiero que se me respete como tal. Para ello, debo darme mi lugar.
Alzo la barbilla, tratando de demostrar mucha seguridad en mí.