Los planes de Joana cambian abruptamente. Durante la visita a la costurera, en la que asumí encargaríamos solo un par de vestidos de día y tal vez uno para ocasiones especiales, Joana se toma la libertad de mandarme a hacer una cantidad exorbitante de atuendos para toda ocasión: día, noche, bailes, fiestas de día y tardes informales. Una vez que se ha encargado de que la costurera tenga ocupadas las siguientes tres semanas de su vida, mi vecina decide que, además, debe llevarme de compras.
De acuerdo a la lógica de Joana, mis nuevos vestidos van a necesitar toda clase de complementos. Guantes, sombreros, zapatos, medias y un montón de otras chucherías que ni siquiera sabía qué formaban parte de la indumentaria femenina.
Trato de detenerla, pero pronto descubro que no hay forma de decirle no a Joana Kaplan. Lo que ella considera que necesito, lo pide en varios colores y luego instruye al vendedor en turno a que mande la factura al consultorio del doctor Moss. Me horrorizo cada que la escucho y le ruego que se detenga, pero Joana se hace de oídos sordos. ¿Que va a pensar Walter cuando tenga en su escritorio una montaña de cuentas por pagar? Creerá que me casé con él por interés, lo cual no es del todo mentira, pero mi interés era tener un techo y protección, no guantes de seda.
—Por favor, Joana, creo que ha sido suficiente —le digo tras salir de la quinta tienda.
Ella me voltea a ver como si le hubiera escupido a la cara.
—¿Suficiente? ¿Crees que ya fue suficiente? —Por su tono de voz, una creería que acabo de ofender a toda su familia—. Sonia, por favor, deja de considerarte tan poco. Tú mereces lo mejor.
—Lo sé, lo sé. Ahora soy la señora Moss, pero eso no me da derecho a abusar de mi marido. Yo no sé si él esté en posibilidades de pagar esas facturas. No quiero meterlo en aprietos o, peor aun, que se enoje conmigo.
El ceño fruncido de Joana se transforma en una carcajada que provoca que gente del otro lado de la acera nos voltee a ver.
—Oh, por favor, ¡que tontita! Walter puede pagar esto y más. Verás que esto no será un problema para él.
Me estiro las mangas del vestido, respirando despacio para que, al exhalar, pueda desechar también la mofa de Joana.
—Aun si eso es cierto, no quiero abusar de mi marido. Por favor, volvamos a casa. Ya ha sido suficiente.
Joana pone los ojos en blanco, mostrándome que encuentra ridículos mis escrúpulos. Me pregunto cuántas facturas le llegarán a Damián a la semana y qué piensa él al respecto. A juzgar por la actitud de su esposa, debe ser un número considerable.
—Bien, como tú digas. Solo por ser nuestra primera salida, pero espero que superes tu aversión a las compras pronto. Es una de las mejores formas para entretenernos. Ya lo verás.
Oh, no. Eso significa que Joana pretende que esto se repita. ¿Espera que nos hagamos amigas de verdad? Asumí que tendría que frecuentarla de vez en cuando frente a Walter para hacer creíble la historia de que nos conocíamos de antes, pero no imaginé que ella quisiera forjar una verdadera amistad. Qué inconveniente.
Volvemos al carruaje, ya es muy tarde para ir al Salón de la Medianoche, ambas concluimos que lo mejor es ir a nuestros hogares a esperar a que vuelvan nuestros maridos.
El carruaje no solo va lleno por dentro, sino que el cochero va a balanceando algunas cajas en el asiento exterior. Parece que compré ropa suficiente para vestir al orfanato de la señora Morris entero; sin contar que hay artículos que quedaron de enviarme a casa. El día de hoy ha sido un derroche tras otro y cada vez me siento peor al respecto.
Cuando llegamos a casa, es necesaria la ayuda de tres criados para bajar mis nuevas pertenencias y llevarlas a mi habitación. Verlos ir y venir solo hace crecer mi ansiedad.
—Mañana sin falta iremos al Salón de la Medianoche, ¿entendido? —dice Joana, más como si fuera una advertencia que una invitación.
Ni siquiera espera verme asentir, se retira a su hogar y yo me quedo bajo el marco de mi propia entrada, menos preocupada por salir con ella mañana, que por lo que pasará cuando Walter vuelva.
En la mañana, no podía esperar para el regreso de mi marido, pero ahora soy un manojo de nervios y ansiedad. Cada compra impulsiva que hice o, más bien, que Joana insistió en hacer, me pesa como un ladrillo sobre la espalda. Me siento una abusiva, una mala esposa y temo la reacción de Walter cuando llegue y se entere de lo que hice.
Tal como lo prometió, poco antes de la hora de la cena, la puerta principal se abre y escucho a Walter llamarme.
—Hola, mi querida, baja a recibir a tu esposo —me llama desde el recibidor.
Me quedo en el pasillo de la planta alta, aferrando mis dedos al barandal. Demasiado cobarde para bajar y afrontarlo.
—¿Sonia? —vuelve a llamar Walter y luego se dirige al mayordomo—. ¿No está mi mujer en casa?
—Sí, señor, volvió hace rato de su paseo. Está arriba. ¿Quiere que mande traerla? —contesta él, solícito.
—No hay necesidad, ya voy bajando —digo, mostrándome ante los dos desde lo alto de la escalera—. Lo siento, me estaba refrescando.
Bajo los peldaños muy despacio, dando pasos pequeñitos. El corazón me va latiendo a toda velocidad.