Aclarado el asunto de las compras y establecido el alcance de la generosidad de mi marido. Tenemos una cena encantadora solo los dos.
Walter come tomando los cubiertos con una sola mano, dado que la otra está ocupada por tener sus dedos entrelazados a los míos. Es un gesto pequeño, pero lanza oleadas de calidez por todo mi cuerpo.
Embelesada, lo escucho hablar de su día, de las medicinas que empleó y los remedios que cree que puede utilizar en el futuro. Puedo escuchar a Walter hablar de lo que sea durante horas sin cansarme, me encanta la cadencia de su voz; además de que también ayuda mucho que sus temas siempre son interesantes.
Tras la cena, subimos a nuestra habitación. Una partecita de mí teme que Walter se sorprenda una vez que vea todas las cajas de las cosas que compré. Tal vez se encuentra tan tranquilo porque no comprende la magnitud de las adquisiciones… Pero al llegar, él parece ni notar las cajas. Cierra la puerta a nuestras espaldas y, de inmediato, me envuelve entre sus brazos.
Lo único en esta habitación que le interesa soy yo.
Walter inclina su rostro hasta que sus labios encuentran mi cuello.
Cierro los ojos al tiempo que ladeo la cabeza, mi piel cosquillea por el conato de barba que se asoma en su barbilla y una sonrisa involuntaria curva mis labios.
Camino hacia atrás en dirección a la cama sin dejar de besar a mi esposo. Él tampoco está viendo el camino, vamos a ciegas, solo centrados en nosotros, y mis piernas terminan golpeando un objeto que resulta no ser el colchón, sino una mesita lateral.
Esta se tambalea al suelo, yo no caigo con ella gracias a que mi esposo me tiene en sus brazos.
La madera hace un ruido seco al golpear el suelo. Afortunadamente, sobre la mesita no había nada de cristal, porcelana o que pudiera romperse. En realidad, no había nada valioso, a menos de que se tome en cuenta el valor sentimental.
—Oh, no —digo inclinándome para levantar mi desgastado ejemplar de La rosa enamorada.
Walter es más rápido que yo y me gana a alzar el viejo libro. Sus ojos contemplan la portada unos momentos.
—¿Es tuyo? —pregunta ignorando la mano que tengo extendida para que me entregue el libro—. Lo haz leído varias veces —observa al tiempo que lo gira para mirar los bordes magullados.
—Más de las que puedo contar —confieso—. Era la novela favorita de mi madre, solía leérmela a mí y a mi hermana antes de dormir. Al menos creo tener recuerdos de qué lo hacía, yo era muy pequeña para tenerlo por cierto. El libro es el único objeto que conservo de mi familia. Todo lo demás se perdió en la guerra —le explico tratando de que mi voz no suene frágil al hablar. Es una historia ya de por sí triste, la huérfana que se aferró a un libro durante 30 años porque cree recordar que a su madre le gustaba; no necesito que se me quiebre la voz o agregar un par de lágrimas para hacerlo más dramático.
Walter asiente como si comprendiera. Él también perdió a sus padres y hermanos en esa guerra, claro que, para entonces, él ya era un aprendiz de médico, no un niño que quedó solo en el mundo.
—Patricia Duncan —dice señalando el nombre de la autora debajo del título en letras doradas—. Es nuestra vecina.
La revelación borra todo rastro de tristeza en mí.
—¿Hablas en serio? —pregunto atónita.
¿No dijo Joana que su ejemplar de La rosa enamorada se lo había obsequiado una vecina? Omitió que dicha vecina fuera la mismísima autora de la novela.
—Tan en serio como siempre, mi querida. Vive en la casa frente a la nuestra con su nieta, una jovencita llamada Hannah. Solo que ahora la señora Patricia usa su nombre de casada: Folk —me comparte—. Alguna vez alguien del vecindario me comentó que la señora Folk solía escribir novelas en su juventud, aunque no había tenido el gusto de conocer uno de sus trabajos, ni menos a una de sus lectoras.
—Pero no solo a una de sus lectoras, a la más ávida de ellas —expreso con voz que vibra de entusiasmo.
He leído tantas veces La rosa enamorada que siento que conozco a Patricia Duncan como la palma de mi mano. Durante estos largos años de soledad, sus palabras han llenado los enormes vacíos de mi vida. La historia de amor entre los protagonistas, Linda y Edwin, me ha ayudado a reparar las grietas en mi corazón. Puede parecer ridículo, pero para mí, Patricia Duncan no es un nombre en una portada o una completa extraña, es mi amiga más querida.
Mi esposo me tiende el libro, lo hace con cuidado, entendiendo el enorme valor sentimental que posee para mí.
—¿Quién iba a imaginar una coincidencia así? —pregunta al aire con una media sonrisa.
—¿Cómo es la señora Duncan… quiero decir, Folk?— pregunto arriesgándome a sonar entrometida e imprudente, empero, no puedo evitarlo. Hasta este momento, Patricia Duncan… Folk o como se llame ahora, ha vivido solo en mi imaginación, tan irreal como la protagonista de su novela, y me comen los deseos por saber más de quién es ella en realidad.
Walter alza una ceja, pensativo. Me da la impresión de que no sabe qué contestar.
—Es una dama de edad y cierto carácter… Siempre fue reservada y, tras la muerte de su esposo y su hijo, se ha vuelto aún más huraña —dice con tacto—. Como te digo, ahora solo le queda su nieta.