Un perro ladra a lo lejos, debe vivir en alguna de las casas vecinas, pero yo lo siento como si estuviera ladrando al pie de nuestra ventana. No es que el perro me haya despertado. En realidad, yo ya estaba despierta cuando comenzaron los ladridos. Es usual que yo despierte a la mitad de la noche; la señora Landin requería de mi ayuda todas las madrugadas, ya fuera para usar el orinal o para que acomodara sus cobijas sobre sus piernas. Aun no se me ha quitado la costumbre de despertar durante el transcurso de la noche por si ella me necesita.
No obstante, este insomnio no es parte de los rezagos de los Landín en mi vida. Llevo desde que me acosté con los ojos abiertos, mirando al techo, sin poder sacudirme la sensación de intranquilidad que me dio al ver a Walter con la mujer de cabello rojo.
No dejo de pensar en el modo en el que hablaban, en la forma en la que él sostenía sus manos y en lo desesperada que ella se veía.
El hecho de que mi marido haya evadido la pregunta al volver a la recámara solo empeoró mi inquietud. Nadie de importancia, contestó sin pestañear cuando le pregunté quién era y luego cambió el tema.
No supe qué decir. Los vi por la ventana sonaba a acusación y no me pareció correcto confrontar a mi marido de forma tan directa a poco más de 24 horas de nuestra boda.
Ha pasado un rato de eso. Walter duerme plácidamente a mi lado, mientras que yo no logro que mis pensamientos se aplaquen lo suficiente para que pueda conciliar el sueño.
—¿Insomnio, mi querida? —escucho la voz amodorrada de Walter en la oscuridad. Segundos después, sus brazos me atraen hacia él.
Me giro con la cabeza sobre la almohada. El rostro de mi esposo está a centímetros del mío. Veo sus ojos somnolientos brillar en la oscuridad.
—La fuerza de la costumbre. Solía despertarme todas las noches a atender a la señora Landin, aún no logro dormir de corrido la noche entera —digo porque es parte verdad.
Walter se mueve sobre el colchón hasta quedar completamente pegado a mí.
—Tú ya no debes preocuparte por atender a nadie, esos días han quedado atrás. Ahora es tiempo de que yo te cuide —dice con sus labios contra mi cuero cabelludo.
—Eso no es enteramente cierto. Ahora es mi deber atender a mi marido. Yo también quiero cuidar de ti —digo acercando mi rostro para besar sus labios.
Walter sonríe contra mi boca.
—Me agrada tu idea. Cuidaremos el uno del otro, entonces. Ahora duerme.
Me acurruco en su abrazo y cierro los ojos.
Probablemente estoy exagerando con el asunto de la mujer. Es decir, tampoco fue que los vi besarse o hacer algo incorrecto. Walter estaba consolando a una conocida, tal vez no valga la pena que me haga telarañas en la cabeza por algo tan nimio.
Para mi sorpresa, al despertar, Walter aún no se ha levantado. Sigue en cama a mi lado, sus brazos aún sosteniéndome cerca. La mañana está fría y aprecio la calidez que me brinda su cuerpo.
—Buenos días —dice cuando me ve abrir los ojos y luego planta un beso en mi frente—. Estaba pensando que ayer fui muy desconsiderado al dejarte para ir a atender a mis pacientes. Aún debo trabajar hoy, pero, ¿qué te parece si me tomo la mañana para que vayamos al bosque a observar aves? —propone en tanto que sus dedos acarician los mechones de mi cabello suelto.
Fuera de las mentiras que tuve que decir en la primera cena con los Kaplan, he tratado de ser lo más honesta posible con Walter, sin embargo, una de las ilusiones que aún permanecen de esa velada es que compartimos el gusto por observar aves. No tengo planes de sacar a mi marido del error, así que sonrío como si la idea me entusiasmara.
—Suena fantástico, pero sólo si no entorpece tus deberes.
Walter me mira como si de mi boca salieran arcoíris.
—Tranquila, puedo tomarme unas cuantas horas para estar con mi mujer.
Nos alistamos para el paseo. No sé mucho de aves, pero confío en que la información y las ilustraciones del libro sobre aves que encontré en la biblioteca pública me ayuden a mantener esa mentirilla.
Nada más de ver lo entusiasmado que se encuentra Walter con el plan, me entran deseos de que esta tarde nazca mi gusto por las aves y que sea un gusto que compartamos en realidad en los años venideros.
Pedimos el carruaje y lo esperamos en la puerta de entrada. Walter sujeta mi mano, como sino soportara no estar en contacto conmigo. Yo recargo mi cabeza sobre su hombro, disfrutando la hermosa mañana.
—Qué distraído, olvidé traer los binoculares —dice Walter palpando las bolsas de su abrigo, como si los binoculares fueran a aparecer dentro de uno de sus bolsillos mágicamente—. Iré por ellos, no me tardo ni un minuto —dice saliendo disparado de regreso a la casa.
Me recargo en la baranda de piedra de los peldaños que dan acceso a nuestro hogar para esperar más cómoda. No intento ni disimular que observo la casa de los vecinos de enfrente. Sería fantástico ver salir a la señora Duncan, quiero decir Folk, haría mi mañana aún más bella de lo que ya lo es.
Cepillo las ventanas con los ojos, esperando captar el más mínimo movimiento dentro de la casa. Hasta arriba, a la altura del tejado, hay una ventana alargada, la que seguramente da al sótano. Ahí me parece distinguir la figura de una mujer detrás del visillo, asomada hacia la calle. La posibilidad de que sea la señora Folk hace que se me acelere el pulso.