El anuncio de matrimonio

Capítulo 10

Raquel Eden. El nombre no deja de darme vueltas en la cabeza. ¿Quién es esa mujer y por qué la señora Bardem dijo esas cosas tan desagradables acerca de ella? Y no solo habló de Raquel, sino también de la primera esposa de Walter.

No sé mucho de esta última, solo que falleció hace años y que su nombre era Dafne. Cuando Walter y yo tocamos el tema antes de nuestra boda, él se mostró renuente a hablar de ella y yo no quise presionarlo. Ahora me arrepiento de no haber hecho más preguntas. ¿Habrá sido una mala mujer? La señora Bardem así lo piensa. Claro que, en lo que respecta a nuestra vecina de junto, la censura le viene con facilidad.

Sería ingenuo fiarme del juicio de la señora Bardem y, por ahora, solo hay otra persona que me puede dar la información que quiero.

—¿Lista para la Medianoche? —pregunta Joana cuando me presento a la puerta.

—Lista —digo con una sonrisa de que me agrada el plan.

Nuestra otra vecina tampoco es de mi entera confianza, pero al menos es improbable que vaya a tachar de mujerzuela a alguien sin un motivo válido.

Estoy decidida a sacarle información acerca de la primera esposa de Walter, omitiendo a Raquel Eden. El instinto me dice que es mejor no hablar sobre la pelirroja y, mucho menos, su visita nocturna a Walter. Prefiero guardarme los detalles hasta saber un poco más de quién es Raquel y cuál es su relación con mi esposo. Sobre Dafne, Joana seguro asumirá que pregunto por la curiosidad natural de saber quién era “la anterior”, sin sospechar que tengo motivos ocultos.

—Los vi partir juntos en carruaje esta mañana, ¿a dónde fueron? —inquiere Joana mientras un mesero nos guía por entre las mesas del salón de té.

Miro lo que nos rodea cohibida, como si no tuviera derecho a estar ahí. Es difícil saber qué me impone más, si la preciosa decoración, la pulcritud con la que están dispuestas las mesas o la elegancia de las damas sentadas en ellas.

—Fuimos a observar aves —contesto, disimulando mi asombro para que no sea tan evidente lo fuera de lugar que estoy entre tanta elegancia; mientras que, al mismo tiempo, estoy pendiente de lo que dice Joana. El hecho de que no haya mencionado a la señora Bardem me hace saber que no nos vio con ella. De otro modo, estoy segura de que lo comentaría.

—Ah, pobre de ti. Qué pesar tener un marido con un pasatiempo tan soporífero —exclama Joana en voz tan alta que unas damas en la mesa de junto la miran de reojo. Ella se da cuenta al segundo, como si las disimuladas miradas la hubieran quemado—. Buenas tardes, señora Grimaldi. Buenas tardes, señora Godard —su saludo me suena más a un desafío que a una cordialidad.

—Buenas tardes, señora Kaplan —contestan ellas antes de girarse.

—Que gente tan entrometida —masculla Joana dejándose caer en la silla que el mesero le indica.

Tomo mi lugar, colorada de la vergüenza. De por sí ya me siento un pez fuera del agua y la actitud combativa de Joana no está ayudando a que me adapte mejor.

Joana ordena por las dos, sin tomarse la molestia de averiguar qué es lo que me apetece. Agradezco su falta de consideración, pues no habría sabido qué contestar. Jamás he estado aquí antes y desconozco los platillos y bebidas que ofrecen. Pensándolo mejor, tal vez por eso Joana no me preguntó, sabía que era inútil.

—Fue más agradable de lo que anticipé —le digo una vez que el mesero se marcha.

—¿El qué? —pregunta Joana frunciendo el ceño.

—Observar aves. Fue una experiencia muy educativa.

—¿En verdad? —cuestiona Joana sin disimular la burla en su voz.

—Genuinamente. Walter me contó que lo ha hecho desde que era aprendiz de médico; que cuando su maestro lo enviaba a recolectar hierbas medicinales, él se perdía mirando las copas de los árboles, embelesado por la belleza de las aves. ¿No es encantador? Yo creo que sí y él se veía muy contento de poder compartir su afición conmigo. Me pregunto si era algo que compartía con su primera esposa también.

Joana entorna los ojos.

Traté de insertar a Dafne de manera natural en la charla, pero, a juzgar por la sospecha en la mirada de mi interlocutora, fallé.

Un par de segundos de silencio y entonces Joana suelta un resoplido entremezclado con una risa.

—¿Dafne Moss en el bosque? Lo dudo. Esa no se bajaba de su pedestal… Bueno, mas que para pisar el honor de Walter.

Me inclino hacia delante.

—¿Qué significa eso? —cuestiono sin disimular mi interés.

Joana ladea la cabeza.

—Oh, vamos, Sonia. Lo sabes —suelta con una sonrisa vacía.

Sus ojos me analizan, pendientes de todos mis gestos y reacciones. Creo que está tratando de determinar si estoy fingiendo ignorancia, pero mi desconocimiento del tema es genuino.

—¿Qué es lo que sé? —pregunto con expresión inocente.

Joana abre la boca en una O exagerada.

—No me lo creo. Debes ser la única persona de Encenard que no sabe quién fue Dafne Moss. ¿Es que acaso viviste bajo una roca todos estos años?

Levanto los hombros con gesto resignado.




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