El anuncio de matrimonio

Capítulo 11

El carruaje se detiene frente a mi hogar. Justo cuando estamos descendiendo, dos mujeres van pasando delante de nosotras por la acera. Una es Greta Bardem; la otra, una jovencita de no más de 18 años. Por el parecido, es fácil concluir que se trata de su hija.

Es bonita, delgada, pero no al extremo alarmante que lo está su madre. Su expresión también es algo menos severa, aunque el parentesco entre ambas es innegable.

—Buenas tardes —las saludo dado que prácticamente las tenemos en las narices.

Joana no cede ni por la cercanía. Lo más que hace para reconocer su presencia es mirarlas, pero sus labios permanecen sellados.

—Alexa, esta es la nueva señora Moss de quien te he hablado. Esta es mi hija, Alexa Bardem —nos introduce Greta, haciendo de cuenta que Joana no está ahí.

—Es un gusto, señora Moss —saluda la joven acompañando sus palabras con una cordial inclinación de cabeza.

El movimiento provoca que la cadenita en su cuello baile, captando mi atención. Es un ornamento sencillo, una cadena de oro con un dije en forma de rosa. Es muy bonito, el rojo de la rosa resalta sobre la piel blanca de Alexa.

—El gusto es mío —digo llevando mi mirada del dije al rostro de la joven.

—Jamás pensé que el doctor volvería a casarse, siempre asumí que su gran amor era salvar vidas —dice ella con una sonrisa afable, muy distinta al gesto indispuesto que normalmente tiene su madre.

—Esa era una creencia muy popular —replico con humor.

—Cuando un hombre ama a una mujer, se casa con ella —interviene Joana en un tono desagradable y completamente innecesario; la señora Bardem se está comportando, no hay necesidad de ser hostiles, mucho menos con la hija de esta.

—Eso es absolutamente cierto —confirma Greta, sin tomar ofensa por el tono golpeado de Joana.

Alexa gira el rostro hacia la acera de enfrente, como si ya estuviera aburrida de la cháchara.

—Me alegra que concordemos en algo —dice Joana alzando una ceja.

Tengo la impresión de estar atrapada en medio de una disputa antigua y de la que no sé absolutamente nada, pero en la que ya tengo un bando asignado.

—Se han hecho buenas amigas —observa la señora Bardem, confirmando el bando al que pertenezco.

Muy buenas amigas —afirma Joana tomando mi brazo para enfatizar el punto.

Yo nos llamaría conocidas circunstanciales, pero cada quien es libre de usar sus propios términos.

—Entonces, tal vez usted pueda convencer a su nueva amiga de que hable con su marido y lo disuada de esos reprobables encuentros nocturnos que acostumbra —dice Greta.

El estómago se me cae a los pies. Qué escandalosa forma de hablar de lo ocurrido anoche.

—¿Qué encuentros? —pregunta Joana alzando la barbilla.

—Raquel Eden estuvo de nuevo aquí. Le hizo una visita al doctor a horas nada apropiadas. Estuvieron cuchicheando durante un buen rato, fue un espectáculo muy desagradable.

Alexa se gira una vez más hacia nosotras con interés renovado en la plática.

—Dudo que el buen doctor se preste a ningún espectáculo desagradable. El es un hombre de honor. De cualquier modo, yo no me meto en la vida de los Moss y usted tampoco debería. Que estén bien, no les quitamos más el tiempo —se despide Joana, haciendo un gesto con la mano de que desea que se marchen.

La señora Greta suelta un chillido breve y agudo con el que expresa su indignación por la ruda despedida. Luego, toma a su hija del brazo y retoma su camino hacia su hogar.

—Hasta luego, señora Moss —se despide Alexa en tanto que su madre prácticamente la arrastra lejos de nosotras.

—Hasta lue…

—¿Raquel estuvo aquí? —inquiere Joana en voz baja. Sus ojos me atraviesan como si se tratara de un asunto de vida o muerte.

Me giro hacia ella. Supongo que no tiene caso fingir.

—Estuvo, sí —confirmo—. ¿Quién es esa mujer? Walter no quiso hablarme de ella.

—Nadie de importancia —dice Joana, sus ojos van de mí hacia su propia casa—. Una mujercilla sin rumbo. Casi no la conozco.

Está mintiendo. Si su tono de abierto disgusto al hablar de Raquel no es pista suficiente, el hecho de que esté evitando mi mirada confirma mis sospechas.

—Y si no tiene importancia, ¿por qué todos están interesados en su visita a Walter?

—Qué entrometida eres —chilla Joana; sorpresivamente, sin morderse la lengua—. Tu esposo tiene derecho a su privacidad.

—¿Quién es esa mujer? —insisto. No voy a permitir que me haga sentir avergonzada por querer saber algo tan elemental.

Joana pone los ojos en blanco y cruza los brazos frente a su pecho. Yo imito su pose, desafiándola con la mirada. Nos enlazamos en un duelo de voluntades. Ella espera que yo olvide el tema y yo que me responda.

Permanecemos así durante unos minutos llenos de tensión hasta que Joana suelta un suspiro resignado.

—Bien te diré, aunque no veo el caso en hablar de ella. Raquel es una viuda con una vida desordenada. Por lo poco que sé, se gastó la herencia de su hijo y ahora hacen lo que pueden para sobrevivir. No ha sido la mejor madre y Walter tuvo lástima del chico; ya sabes, tu esposo es de muy buen corazón. Tengo entendido que se hace cargo de la educación del muchacho, movió sus influencias para que lo admitieran en el Colegio del Este y paga sus estudios. Sobre Raquel, pensé que ya no tenía ningún contacto con ella, me sorprende enterarme que lo visitara.




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