El anuncio de matrimonio

Capítulo 12

Walter llega ligeramente retrasado a la cena. Parece cansado, pero su rostro se ilumina en cuanto me ve. La mañana que compartimos en el bosque fue encantadora y el buen humor de esas horas lo sigue acompañando.

Me envuelve entre sus brazos y me llena de besos. Soy vagamente consciente de que su arrebato de cariño puede incomodar a la servidumbre, como también tengo en el fondo de la mente todas las preguntas que acumulé en el día y el mal trago que me hizo pasar la señora Folk. Pese a ello, no le pediría a Walter que se apartara por nada del mundo, sus brazos son el único sitio donde me siento plena.

Respondo a su afecto en igual medida y no solo por la alegría que siento por verlo, sino también por todo lo que descubrí de él. No imagino qué clase de mujer sería capaz de traicionar a Walter, ni todo lo que sufrió por el amorío de su esposa y siento la urgencia de compensárselo, hacerle sentir que merece amor y respeto.

Sé que no puedo borrar los años de traición que vivió, el pasado es parte de nosotros, lo queramos o no, pero al menos puedo mejorar su presente, como él está mejorando el mío.

—¿Qué tal estuvo el resto de tu día? ¿Hiciste algo divertido? —pregunta cuando estamos ya a la mesa.

—Joana me llevó a un salón de té muy elegante. Fue una experiencia novedosa —digo de forma vaga, espero que no pretenda saber de qué charlamos.

Walter sonríe como si algo le hiciera mucha gracia.

—Creo que a Damián al fin se le cumplió su deseo —dice en tono jocoso.

—¿A qué te refieres? ¿Qué deseo?

—De que Joana tenga una amiga cercana —me comparte—. Es una buena mujer, pero tiende a los conflictos y me parece que le hacía falta compañía.

Su respuesta fortalece una sospecha que tengo desde hace tiempo. Creo que los Kaplan, más que una esposa para Walter, estaban en busca de una mascota para Joana, una amiga que tuviera que ser 100% leal a ella. Según sus cálculos, ahora yo debo de serlo, puesto que “les debo” a mi marido. En cierto sentido, los Kaplan me tienen en su mano y eso les gusta.

—Sí, me he dado cuenta que las discusiones se le dan fácil —digo por ponerlo de un modo delicado.

Walter suelta una risita apagada.

—Así es, pero en el fondo es noble. Joana ha sufrido mucho… Los dos lo han hecho —dice en un suspiro.

—Llevas mucho de conocerlos, ¿no es así? ¿Cómo nació su amistad? Espero que no te ofenda mi observación, pero los Kaplan no son lo que una imaginaría como amistad tuya.

Walter asiente.

—Tienes razón, no lo son y, al conocerlos, tampoco imaginé que pudieran volverse mis amigos. Al principio, cuando ellos se mudaron a esta calle, solo éramos vecinos, nos tratábamos con cordialidad y eso era todo. Unos meses después, sucedió una tragedia. Joana tuvo complicaciones al dar a luz a su primer hijo. La partera no supo qué hacer y fue que me mandaron llamar. Cuando llegué, Joana llevaba varias horas sangrando profusamente. Hice lo que pude por ella, pero no pude ayudar a la criatura. Fue un momento de profundo dolor para ellos; no obstante, los Kaplan se mostraron muy agradecidos conmigo por haber ayudado a Joana y procuraron mi amistad desde ese día.

—Qué historia tan triste, jamás lo hubiera imaginado…

Cierro la boca de golpe. Mi cuerpo entero entra en tensión. Por estar inmersa en la historia, olvidé que se supone que soy una antigua conocida de Joana. En teoría, yo ya tendría que saber lo que sucedió con su hijo.

Miro a Walter tratando de determinar si se percató de mi desliz, pero él sigue comiendo como si nada.

No reparó en lo que dije, qué afortunado.

—Ellos ya no pudieron tener hijos después de ese fatídico suceso y a Joana se le agrió el carácter. Con frecuencia me entero que tiene conflictos con vecinas o con otras damas de sociedad —comenta Walter antes de llevarse un bocado a la boca.

Recargo la espalda en el asiento. Mi esposo no es el único con un pasado complicado, ahora me siento mal por haber sido tan dura con Joana. ¿Qué me cuesta darle mi amistad sincera?

—¿Hace cuánto que los Kaplan perdieron a su hijo?

Walter medita un momento, rasca su barbilla en tanto que hace memoria.

—No lo sé, tal vez unos 16 o 17 años… Vaya, qué rápido se va el tiempo. Me parece como si hubiera sido ayer —contesta mirando al techo—. ¿Por qué la pregunta, mi querida?

—Joana fue muy hostil con la hija de los Bardem. Se me ocurrió que quizá podía estar relacionado.

—¿Crees que le duele ver a la señorita Alexa porque su hijo tendría esa misma edad? Suena posible. Hay dolores que no se superan.

—De eso entiendo bastante —digo al tiempo que un escalofrío me recorre la espalda.

Walter toma mi mano sobre la mesa y la aprieta con afecto.

—Esos días tristes quedaron atrás. Verás que ahora me encargaré de que seas feliz —me promete.

Llevo su mano a mi rostro y la aprieto contra mi mejilla.

—Ya me haces muy feliz, no tienes idea cuánto. Jamás pensé que mi vida tomaría este rumbo. Creí que el amor y las aventuras eran cosa de los libros.




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