El aprendiz del príncipe

Capítulo 3

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Desperté antes de que el sol saliera por el este. Abrí los ojos en una oscuridad todavía profunda, donde el aire parecía contener ese silencio espeso que precede al alba y lo primero que sentí fue extrañeza. Una rareza cortante y desconcertante, como si faltara una sensación con la que me había despertado desde hacía mucho tiempo. Mi cabeza no latía. No ardía. No giraba. No había esa punzada corrosiva detrás de los ojos que desde hacía dos años se había vuelto mi compañera más fiel.

Inspiré despacio, esperando que el mareo me alcanzara con retraso, como hacía a veces. No llegó. Me incorporé, apoyando las manos en el colchón, y el movimiento no me arrancó náuseas, ni un gemido, ni la necesidad de cerrar los ojos.

—Vaya... —murmuré para mí mismo, con una mezcla de sorpresa y fastidio.

Giré la cabeza. La botella seguía en la mesa de cristal, exactamente donde la había dejado anoche. Intacta. Ni una gota menos. No la había tocado después de arrojarme sobre la cama, ni cuando la rabia me retorció por dentro, ni cuando la imagen de Cathriel me habría hecho buscar cualquier anestesia disponible. La descubrí allí, completa, como una acusación muda.

Me levanté despacio, notando una ligereza casi olvidada en las piernas, y avancé hacia la pila de agua fresca. El contacto del agua contra mi rostro me arrancó un estremecimiento que me recorrió la espalda. Lavé mis manos y mi nuca, dejé que el gélido líquido borrara los restos de la noche anterior, y mientras lo hacía, mi mente comenzó a trazar los primeros contornos del día que se avecinaba. No sería uno corriente. Sería el inicio de mi guerra particular.

Me vestí sin prisa, aunque con precisión, eligiendo prendas pensadas para el movimiento y para el combate. Nada de túnicas, ni de capas, ni adornos que pesaran más de lo necesario; solo telas firmes, cinturones cortos y botas que soportaran horas de entrenamiento. Ajusté la hebilla con un tirón seco y respiré hondo, dejando que el aire frío del amanecer empezara a colarse por la ventana entreabierta.

Mientras, mi plan se dibujaba en mi mente con una nitidez casi deliciosa. Empezaría por despertar a Cathriel antes de tiempo. Mucho antes de lo que el rey había indicado la noche anterior. Si mi padre esperaba disciplina, yo esperaba resistencia, y nada quebraba el espíritu de un joven más rápido que arrebatarle el sueño.

Lo haría levantarse con los huesos aún pesados y la mirada nublada; lo empujaría a un amanecer que le resultaría insoportable. Tenía la intención de que, desde el primer instante, se arrepintiera de haber puesto un pie en el castillo.

Después vendría el entrenamiento. Un entrenamiento tan exhaustivo que rozaría la humillación. Un ritmo tan feroz que cualquier caballero veterano maldeciría su nacimiento. Quería agotarlo, exprimirlo hasta el borde del desmayo. Quería que cada músculo suyo gritara pidiendo clemencia. Y aquel sería solo el primer día. Planeaba hacer que los siguientes fueran mucho peores.

Mientras recogía mi cabello con un broche más informal que el que solía llevar y recogía la espada que descansaba en su soporte, me descubrí saboreando cada detalle, cada variante de mi estrategia. Lo convertiría en un suplicio constante. Lo suficientemente atroz para obligarlo a rendirse. Para que él mismo suplicara ser relevado de mi tutela. Y entonces yo podría entregar cuentas a mi padre con la conciencia implacable de quien cumplió su cometido y recuperar mi libertad sin haber desobedecido.

Me enderecé, envainé la espada en la funda de cuero sujeta a mi cinturón y respiré profundamente. El primer brillo grisáceo comenzaba a insinuarse en el cielo a través de las ventanas altas del pasillo. El castillo dormía aún. Pero yo no. Y Cathriel tampoco dormiría por mucho más.

Con una última mirada a la botella intacta, que seguía vigilándome como un guardián silencioso de mis contradicciones, abrí la puerta de mis aposentos y salí, decidido a iniciar aquella guerra personal que mi padre había osado imponerme.

Me encaminé hacia los aposentos de Cathriel sin prisa, dejando que el aire frío del amanecer me envolviera mientras avanzaba por el corredor silencioso. Las antorchas, consumidas casi hasta la base, proyectaban sombras largas y vacilantes, y cada paso que daba resonaba con un eco suave en la piedra pulida. Aquel silencio me obligaba a escuchar mis propios pensamientos con excesiva claridad, y todos ellos se arremolinaron en torno a la irritación que surgió por el recuerdo de que el muchacho ocupaba los aposentos contiguos a los míos. No podía aceptar semejante atrevimiento. Era un privilegio reservado a distinguidos consejeros, a oficiales veteranos, como Dorien, o a nobles de sangre reconocida, no a un aprendiz aún por pulir, ni a un recién llegado al que nada me unía. Era, en mi opinión, una imprudencia de mi padre o el capricho de alguien demasiado blando con viejos afectos.

Sin embargo, mi humor mejoró en cuanto me detuve ante su puerta. Golpeé la madera con el puño, fuerte y seguro, casi con una crueldad anticipada. Esperaba y ansiaba encontrarlo medio dormido, desordenado, con el cabello revuelto y los ojos todavía hinchados por el sueño, como cualquier muchacho arrancado de la cama en plena noche. Hubiera sido un comienzo perfecto, una pequeña victoria que me habría alimentado el espíritu para el resto del día. Pero apenas había retirado el puño cuando la puerta se abrió al instante, tan rápido que quedé un segundo con la mano inmóvil en el aire.



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En el texto hay: principe, gay, medieval

Editado: 07.01.2026

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