El aprendiz del príncipe

Capítulo 4

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Más tarde aquel día me vi arrastrado, casi sin comprender cómo, hacia un acontecimiento del que no me habían advertido. Ser el príncipe heredero no cambiaba el hecho de que solo tenía diez años, y mis padres, sumidos siempre en audiencias, consejos y asuntos que yo todavía no alcanzaba a comprender, solían olvidarse de anunciarme este tipo de acontecimientos hasta que ya me encontraba metido de lleno en la situación. Aquella tarde no fue una excepción.

Me condujeron al gran salón de recepciones, una estancia amplia como un valle encerrado en piedra, iluminada por hileras de candelabros cuyos resplandores temblaban en las paredes. El suelo de mármol bruñido reflejaba aquellas luces como si fuesen estrellas atrapadas bajo mis pies. Yo permanecía inmóvil junto a la escalinata interior, con la espalda rígida y las manos entrelazadas, vestido con unas túnicas que me picaban y me hacían sentir incómodo. Dirigí mi atención al eco de los pasos que se acercaban por el corredor principal.

Los condes de Valmara eran huéspedes formidables, descendientes de familias emigradas de Mesethelia generaciones atrás. Aquel lugar, según las historias que había escuchado de labios de los maestros y bardos, era una región de llanuras minerales y ciudades organizadas. De allí habían llegado los condes, antes de echar raíces profundas en Drëvia bajo la protección de mi familia, los Eryndor, un vínculo que se remontaba a tiempos casi legendarios en los que nuestros antepasados enfrentaron amenazas de las que ya casi no se habla más que en susurros.

La condesa de Valmara profesaba un respeto sincero hacia mi padre. Aun siendo una mujer de gran temple, siempre se inclinaba ante él con un brillo solemne en los ojos, como quien saluda a un aliado tan antiguo que ya es parte de la misma estirpe. Las relaciones entre ambas casas eran cálidas, casi fraternales; pero la gran distancia entre sus dominios y los nuestros hacía que aquellos encuentros fueran escasos, motivo por el cual todos parecían investirlos de un aire ceremonial.

Como solía ocurrir, intenté mantenerme al margen. Las conversaciones de los adultos me parecían murmullos densos, como un río profundo que discurría demasiado lejos de mis orillas infantiles. Escuchaba palabras sueltas (acuerdos, cosechas, rutas, tratados) pero no lograba tejerlas en un sentido que tuviera significado para mí. Lo que sí comprendía era que, como siempre, mi papel era estar allí, callado, bien peinado y con la postura correcta, casi como un adorno vivo de la corona.

Sin embargo, aquella tarde cambió cuando los condes presentaron a su hija. Mi madre, radiante bajo la luz de las lámparas, me hizo un gesto para que me acercara.

—Hijo mío, Lyon —dijo con su tono suave pero firme—. Permíteme presentarte a Elarinne, futura condesa de Valmara.

Aquellas palabras me atravesaron como una flecha, y el aire pareció enrarecerse a mi alrededor. Cuando levanté la vista, allí estaba ella: la misma muchacha con la que me había encontrado esa misma mañana en la colina, un encuentro tan breve y sorprendente que había llegado a convencerme de que quizás lo había imaginado. Pero no, no era un sueño. Era ella. Más real que nunca.

El cabello de Elarinne, largo y castaño, caía como una cascada suave sobre sus hombros, atrapando la luz con un brillo cegador. Sus ojos evitaban los míos mientras jugueteaba con los dedos de su vestido. Sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas.

Me descubrí replicando ese rubor sin poder evitarlo.

—Es... un placer conoceros —alcancé a murmurar, sintiendo cómo la voz se me quebraba un poco.

—El placer es mío, Alteza —respondió en una voz tan suave que apenas venció el murmullo del salón.

La velada prosiguió con la solemnidad habitual, pero para mí no tenía nada de tranquila. Sentía mi corazón latir con una fuerza tan desbordante que temía que los adultos pudieran escucharlo entre frase y frase de sus interminables conversaciones. Apenas probé bocado durante la cena. Mi padre incluso comentó, medio divertido y medio preocupado, lo inusualmente callado que estaba, yo que siempre tenía algo que decir o preguntar.

A medida que avanzaba la tarde, sentía como si un torbellino se hubiese instalado en mi pecho. No sabía si era miedo, emoción, vergüenza o una mezcla de todo ello. Lo único que tenía claro era que jamás me había sentido así.

Cuando la reunión llegaba a su fin y los invitados se disponían a retirarse, pude al fin acercarme a Elarinne sin la vigilancia constante de los mayores. Nos encontramos en un rincón del salón, junto a un tapiz que representaba a uno de mis antepasados alzando su espada contra una criatura serpentina.

Ella fue la primera en hablar.

—Perdonadme, Alteza—murmuró, con la mirada fija en el suelo—. Esta mañana no os reconocí... y estaba muy nerviosa.



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En el texto hay: principe, gay, medieval

Editado: 07.01.2026

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