Desperté con la lenta pesadez de quien asciende desde un abismo lodoso, con la mente aún atrapada en una oscuridad viscosa que se aferraba a mí. Durante un parpadeo, no supe dónde estaba, ni quién era, ni por qué mis huesos parecían huecos y mi sangre latía con el estrépito de una guerra en mi cabeza. Era pleno día; lo comprendí por la claridad hiriente que atravesaba mis párpados sin permiso, obligándome a cerrarlos con más fuerza. Aquella luminosidad era tan brutal, tan blanca y despiadada, que tenía la sensación de que alguien me había presionado una brasa incandescente contra el rostro.
Cada intento de mover los ojos hacia un lado producía un pinchazo agudo en mis sienes, como si un herrero invisible las golpeara desde dentro. La boca me sabía amarga y reseca, tan áspera como la arena, y cada respiración hacía que el estómago protestara con una queja muda. Sentía las extremidades pesadas y torpes, como si pertenecieran a otro cuerpo. La resaca se me adhería al alma, familiar como un viejo enemigo que vuelve sin haber sido llamado y se sienta a mi lado para recordarme mis errores.
En ese estado de semiinconsciencia intenté respirar hondo, buscando algo que me anclase a la realidad. El olor que percibí, sin embargo, no era el mío. No reconocí el aroma leve a madera y cuero curtido que solía impregnar mis ropajes ni el tenue olor a lavanda que utilizaba para dormir. En su lugar había un aroma distinto: limpio, austero y casi afilado, como si la habitación hubiese sido purgada del mundo exterior y mantenida en un orden absoluto. Ese solo detalle bastó para despertar una inquietud gélida en mi pecho.
Abrí los ojos con esfuerzo y parpadeé varias veces hasta que la luz dejó de quemarme. La habitación que se reveló ante mí no era la mía. Las mantas que me cubrían estaban dobladas con una precisión que jamás había visto en mis aposentos. La orientación del ventanal era distinta, y el aire que entraba por él tenía un matiz que no pertenecía al lugar donde yo dormía. Cada mueble estaba colocado con una simetría intencional, como si cada objeto hubiese sido medido con paciencia para ocupar exactamente el espacio que le correspondía. Había una quietud extraña, casi ceremoniosa, que me resultaba profundamente ajena.
Entonces, con un movimiento brusco, me incorporé. Un latigazo de dolor me atravesó la frente por el esfuerzo, y tuve que apretar los dientes para evitar gemir. Me incliné hacia el borde de la cama, tratando de comprender lo que ocurría, y al asomarme hacia el suelo sentí cómo el corazón se me detuvo por un instante que pareció eterno.
Allí, sobre una alfombra gruesa y suave, dormía Cathriel.
Estaba recostado sobre un costado y tenía el cuerpo cubierto por una manta de pelaje de oso que parecía demasiado pesada para un chico de su complexión. Su cabeza reposaba sobre una almohada y su respiración era lenta, regular y profundamente tranquila. Su cabello dorado caía sobre la frente en mechones suaves. Parecía aún más joven así, acostado con el rostro relajado, sin aquella rigidez perpetua que solía caracterizarlo durante el día.
Por unos segundos no pude moverme. Mis manos temblaban sobre las sábanas, mi respiración se volvió errática y mi garganta se cerró como si alguien la apretara con fuerza. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Y entonces, como un cubo entero de agua helada vertiéndose sobre mí sin piedad, los recuerdos de la noche anterior regresaron en oleadas brutales.
La botella. Mi tambaleo por el pasillo. Mi irrupción en su habitación. Mi mano aferrada a su camisa. Mi confesión. Mi derrumbe. Mi cuerpo golpeando el suelo. La oscuridad tragándome.
Los párpados me temblaron y tuve que apartar la mirada del muchacho dormido. Me ardía el rostro, como si la vergüenza me hubiera abofeteado con ambas manos. Había mostrado todas mis grietas, todas mis desgracias, todo lo que luchaba por ocultar incluso de mí mismo. Me había derrumbado frente a él, frente al único ser cuya imperturbabilidad me obsesionaba y cuya indiferencia siempre me hería más de lo que admitía.
La vergüenza me estrangulaba desde dentro. ¿Cómo podía haber permitido que él me viera así... débil, ebrio y patético? Yo, que debía ser su modelo, su instructor, su superior. Yo, que había intentado quebrarlo, que había querido humillarlo, que había buscado sin descanso encontrar cualquier grieta en su fachada. Y ahora era yo quien había perdido toda autoridad, toda dignidad y toda distancia.
No sabía cómo había llegado al colchón ni cuánto tiempo llevaba allí. No recordaba si él me había levantado, arrastrado o cargado. No recordaba sus manos. No recordaba nada más allá de mi caída. Ese vacío era peor que cualquier memoria.
El pánico me desgarró el pecho. Me levanté de golpe, tan rápido que la habitación giró a mi alrededor, pero me forcé a escaparme de ese espacio en el que había dejado el rastro de mis miserias. Salí tambaleando, evitando mirar atrás, y crucé el pasillo hasta mis propios aposentos. Cerré la puerta con un golpe seco, casi violento, y me quedé allí un momento apoyado contra ella, respirando como si hubiese corrido un kilómetro entero.