Desde aquel mismo día en que conocí a Elarinne comenzó entre nosotros un intercambio secreto de cartas que se prolongó durante dos largos años. Yo apenas había regresado al castillo después de nuestra despedida cuando ya buscaba la forma de enviarle mi primera misiva, temeroso de que mis padres descubrieran lo impropio de mi acto y, a la vez, incapaz de reprimir la necesidad de hablarle.
Nos escribíamos bajo nombres falsos, cómplices de nuestra propia juventud temeraria. Yo decía que me carteaba con un primo lejano de Dorien, un muchacho al que todos recordaban vagamente después de su última y única visita. Elarinne, en cambio, había inventado que escribía largas cartas a mis hermanas pequeñas, quienes, según aseguraba, habían quedado prendadas de ella tras su visita al castillo de Nubrea. Así, entre mentiras blancas y sobres lacrados en silencio, fuimos tejiendo una complicidad que ninguna distancia pudo deshilachar.
Durante esos dos años nunca dejamos de escribirnos. Cada carta suya llegaba a mis manos como un soplo cálido en pleno invierno, y yo respondía con ansias casi febriles. Le contaba mi día a día: la pesada transición de ser un principito libre de toda carga a enfrentar el peso invisible de ser heredero.
Le hablaba de mi institutriz, que se enfadaba cuando mis ojos se apagaban frente a un libro y brillaban, en cambio, ante una espada. Le hablaba de mis entrenamientos, de la dureza de mi tutor de armas, de los moretones que llevaba con orgullo y de cómo superaba, uno a uno, a los otros niños del castillo. Presumía de la fuerza creciente en mis muñecas, de mi agilidad y de la manera en que empezaba a plantarle cara incluso a los caballeros adultos.
Las cartas de Elarinne, en contraste, eran ventanas abiertas a un mundo totalmente distinto del mío. Ella no tenía responsabilidades de reino ni expectativas de mando; tenía, en cambio, el peso silencioso de una educación destinada a convertirla en la "mejor pretendienta" para algún noble rico. Sus padres, marcados por la pérdida de su otra hija, parecían determinados a asegurarle un futuro que para ellos era estabilidad, pero para ella era una prisión.
Me hablaba de sus labores domésticas, de las interminables horas aprendiendo costura y modales y de la lectura mínima permitida para no ser considerada una ignorante. Pero entre línea y línea escapaba su verdadero espíritu: la niña rebelde que amaba retratar animales, que quería caminar descalza por los bosques y que soñaba con explorar el mundo sin pedir permiso a nadie. "No quiero depender de ningún rico tonto", solía escribir, y yo reía en voz baja imaginándola fruncir el ceño al trazar aquellas palabras.
Todo en ella me resultaba fascinante. Su libertad interior, pese a las jaulas ajenas, brillaba como una llama indomable. Y, tal vez porque yo mismo soñaba con volar lejos de mis obligaciones, me hallaba atado a su espíritu con un hilo invisible. En cada carta le prometía que un día le mostraría el mundo más allá de nuestras murallas; que viajaríamos juntos desde los acantilados de Serevann en Azarûn hasta los bosques de plata del norte. Ella siempre contestaba que yo era un soñador incurable. Y quizás tenía razón.
La siguiente vez que la vi fue en mi duodécimo cumpleaños. El castillo entero se engalanó para la ocasión: estandartes ondeando en los balcones, mesas repletas de manjares y música que resonaba hasta los patios más distantes. Los condes de Valmara llegaron entrada la tarde, y con ellos, Elarinne. Recuerdo con claridad el instante en que apareció entre los invitados: iluminada por las antorchas y vestida de un tono claro que parecía robarle el color a las estrellas.
Pasamos el día hablando sin descanso, poniéndonos al día de lo que ya sabíamos por las cartas pero que necesitábamos escuchar de labios del otro. Su voz tenía un tono nuevo, más dulce y más seguro; su risa me desarmaba. Y, sin embargo, había algo que me turbaba: ahora era más alta que yo. A los doce años, aquello me pareció casi una afrenta al orden natural, pero al mismo tiempo no podía dejar de verla como un ser casi celestial, intocable y perfecto.
Cuando la fiesta ya agonizaba y las luces empezaban a menguar, Elarinne me tomó de la mano y me condujo a una habitación apartada, lejos de los músicos, lejos de las risas y de los ojos vigilantes de nuestros padres. Allí, en la penumbra dorada de unas velas que crepitaban, me entregó un pequeño objeto envuelto en un paño.
Al desenvolverlo, vi el broche: un serbal plateado, delicadamente labrado, con pequeñas bayas incrustadas en rubíes tan vivos que parecían al borde de desprenderse y caer al suelo como frutos recién maduros. Ella me explicó, con las mejillas encendidas, que lo había encontrado en el puesto de un mercader de su pueblo. Que había dicho a sus padres que era para ella, aunque en realidad lo había guardado para mí desde el primer instante. "Nos conocimos bajo un serbal cargado de frutos así", dijo, como si temiera que yo hubiera olvidado aquel detalle.