El aprendiz del príncipe

Capítulo 7

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Transcurrieron dos semanas más desde aquella conversación con Cathriel, de la que me arrepentí profundamente en cuanto crucé el umbral de mis aposentos. Recuerdo haber cerrado la puerta con demasiada fuerza, como si el mismo golpe pudiera borrar el temblor que me había recorrido al escuchar mis propias palabras. Pasé horas martirizándome por cada instante en el que me había mostrado tan vulnerable, como si con ello hubiese abierto una brecha irreparable en la muralla que debía protegerme de él.

Cathriel era frío, callado, solitario e imperturbable. Una estatua de carne y hueso, tallada con precisión casi cruel, incapaz de mostrar la más mínima reacción ante nada. Su inexpresividad daba hasta miedo, pues había en ella una ausencia total de humanidad. Sin embargo, desde que había llegado al castillo, yo había podido percibir que aquel carácter pétreo se agrietaba de vez en cuando. Y a través de esas grietas surgían conversaciones como aquella. Conversaciones personales, íntimas y peligrosas.

El mayor problema era que, durante esos breves momentos en los que su muralla se quebraba, yo olvidaba el plan que había seguido desde el principio: cansarlo tanto que al final abandonara el castillo por decisión propia, evitando que nunca más tuviera que cruzarme con él. Ese propósito, tan cuidadosamente trazado, se desvanecía como polvo entre mis dedos en cuanto Cathriel dejaba escapar una improvisación, una duda o una curiosidad que no parecía saber contener. Y allí estaba yo, comportándome como un descerebrado que olvidaba las consecuencias de dejarse llevar, entrando en su juego.

La otra cara del problema era aún peor. Mi vulnerabilidad. En esos instantes en que él parecía volverse humano, yo me sentía completamente expuesto. Como si los ojos de Cathriel pudieran penetrar en cada rincón de mi ser, leer mis pensamientos y recorrer mis recuerdos más oscuros. Era una sensación que crecía día a día, un peso invisible que me oprimía el pecho y me hacía perder la compostura. Cada vez que lo miraba, tenía la impresión de que la batalla interna que libraba desde su llegada la estaba perdiendo por aplastante derrota. Y ese pensamiento me resultaba intolerable.

Por eso, durante esas dos semanas, me dediqué a evitarlo cuanto pude. Reduje nuestras conversaciones a lo estrictamente necesario: instrucciones precisas, órdenes concisas y comentarios técnicos. Nada más. Nada que pudiera abrir una puerta que no sabía cerrar.

Durante ese tiempo el entrenamiento entró en su segunda fase, el combate cuerpo a cuerpo. Si antes tenía una imagen pobre de las habilidades marciales de Cathriel, esta no hizo más que empeorar. Le enseñé movimientos básicos para esquivar golpes, ejercicios para fortalecer la postura y secuencias simples que debía repetir hasta agotarse. Y, en efecto, las repetía: golpeaba sacos de arena hasta destrozarse los nudillos, esquivaba troncos que le lanzaba desde grandes distancias y se dejaba caer una y otra vez sin quejarse cuando fallaba el aterrizaje.

Una vez intenté pelear directamente con él, más por testar su reacción que por verdadera intención didáctica, y lo derribé en menos de cinco segundos. Ni siquiera opuso resistencia; simplemente cayó como un muñeco de trapo, sin perder ese aire de quietud inquebrantable que tanto me desesperaba. Fue entonces cuando comprendí que necesitaba encontrarle un rival más adecuado. Alguien que no lo aplastara como yo, pero que tampoco se limitara a recibir golpes sin ser capaz de reaccionar.

Acudí a Nadir. Era un muchacho azarûnense, pequeño, nervioso y de movimientos ágiles como los de un zorro joven. Cuando tomaba confianza hablaba sin cesar, tanto que llegaba a desbordar la paciencia de cualquiera... excepto quizá la mía, pues su torbellino de palabras conseguía despejar mis propios pensamientos. Yo le contestaba con monosílabos y Cathriel se mostraba aún menos receptivo, pero el chico insistía en tratarnos como si fuésemos parte de su cuadrilla.

Los hombres de su familia, los ibn Samir, por lo que me contó con orgullo, pertenecían a una larga estirpe de caballeros reales. Su padre y sus hermanos lo habían entrenado desde niño, y esa disciplina se notaba en cada uno de sus movimientos: era rápido, tremendamente rápido, y gracias a su tamaño reducido resultaba difícil atraparlo. Su nivel seguía siendo mucho más alto que el de Cathriel, pero no tan inalcanzable como el mío. Por eso se convirtió en el compañero de entrenamiento perfecto.

Entrenábamos juntos cada día, y bajo mi supervisión se centraban en ejercicios que podían ayudar a Cathriel a desarrollar aquello que más necesitaba: la capacidad de leer el cuerpo contrario, reaccionar en el instante preciso, recuperar el equilibrio antes de caer y aprovechar una distracción para contraatacar.

El combate con Nadir no solo lo obligaba a moverse más rápido, sino también a pensar más rápido, y eso, al menos en teoría, debía mejorar sus reflejos y su coordinación.

Y agradecí ese cambio más de lo que jamás habría confesado en voz alta. Gracias a la presencia de Nadir, ya no tenía que compartir tantos momentos a solas con Cathriel. Momentos que, lejos de volverse más fáciles, me incomodaban cada vez más. Momentos que me sacaban de quicio sin que pudiera comprender exactamente por qué.



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En el texto hay: principe, gay, medieval

Editado: 27.01.2026

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