La velada continuó como una corriente mansa que, de pronto, podía tornarse torrencial. El murmullo de conversaciones se mezclaba con risas estallando como chispas y con el tintinear suave de las copas que los sirvientes llevaban sin descanso. Tras unos minutos de charla educada, Dorien fue reclamado por un grupo de caballeros y mi madre, con una elegante excusa sobre deberes sociales, se deslizó hacia la mesa principal, donde la aguardaban varios dignatarios.
Y así me quedé yo, solo otra vez, con la copa en la mano y el eco de mis pensamientos haciendo más ruido que toda la música del salón.
Caminé por la estancia sin un rumbo claro, como si mis pies se moviesen por inercia mientras mi mente seguía aferrada a la conversación anterior. El licor ya serpenteaba cálido dentro de mí, dándome una compostura artificial que me permitía mantener la mirada serena aunque por dentro me sintiera desordenado.
Tengo la impresión de que es un joven que ha sufrido mucho.
Ni Dorien ni mi madre le dieron la importancia que para mí tenían esas palabras. No podía dejar de pensar en lo que implicaban.
Mi madre había insinuado que había sufrido. ¿Sufrido? No había visto nada semejante en él. Su rostro era un muro de piedra. Su mirada, un acero templado. Si había dolor en él, estaba enterrado en lo más hondo o quizá no existía.
Me estaba devorando la duda cuando escuché mi nombre chillado como si alguien hubiera lanzado una flecha.
—¡Lyon!
Era Elora. Por supuesto. Mi hermana menor me abordó como una ráfaga de viento histérico, seguida de su contrapeso silencioso, Selene, con sus manos entrelazadas delante del cuerpo, su rostro siempre inexpresivo y sus ojos castaños, idénticos a los de mi padre, analizándome como si quisiera examinarme el alma.
—Lyon, ¿sabes lo que ha pasado? —empezó Elora sin respirar—. ¡Vektor me sacó a bailar! El futuro marqués de Lysandre, ¿recuerdas? El del nombre ridículo, que suena más a caballo que a persona...
Yo asentí, porque no había escapatoria.
—Y además —continuó, ofendida por algo que solo ella había presenciado—, no dijo nada interesante. Nada. Ni una frase. Ni una opinión. Es tan aburrido que podría dormirme de pie.
Selene no habló. Pero me miraba como si supiera exactamente cuánto estaba sufriendo yo la retahíla de su hermana. Siempre lo sabía todo.
—Espero, por mi bien —añadió Elora con indignación teatral—, que seas un buen rey el día de mañana y que esta unión haya merecido la pena. Porque si no, no pienso aguantar a un marido tan... insulso. ¡No pienso hacerlo, Lyon! Sería humillante.
Yo abrí la boca para responder, quizá para recordarle que no todo giraba en torno a sus preferencias maritales, pero decidió adelantarse.
—No pongas esa cara. Tú tampoco eres precisamente alguien que caiga en gracia. A ver quién te aguanta a ti el día que decidas casarte de una vez y...
—Elora —la interrumpí, porque sentí que el licor y sus comentarios empezaban a enredarse peligrosamente en mi paciencia.
Pero antes de que pudiera decir más, mis ojos tropezaron con algo, o más bien, alguien, a mi izquierda.
Cathriel. Mucho más cerca de lo que imaginaba. No sé si venía hacia mí desde antes o si había estado escuchando, pero lo cierto es que estaba ahí: recto, contenido, con esa expresión suya que podía pasar por fría, pero que yo empezaba a distinguir mejor. Y juré que, apenas por un segundo, vi algo parecido a diversión en la comisura de sus labios. Oculta, mínima y enterrada en su semblante severo pero estaba allí después de todo.
Y entonces ocurrió lo impensable. Cathriel comenzó a caminar hacia nosotros. Sentí que todo el licor ingerido se me subía a la cabeza de golpe, como si se hubiera encendido una hoguera. Mi respiración se aceleró sin que nadie lo notara, y mi corazón adoptó un ritmo caótico que me hizo pensar que, si alguien posaba la mano en mi pecho, notaría el tamborileo frenético.
Se detuvo frente a nosotros. Las princesas lo miraron como si no supieran qué hacía un aprendiz de caballero cualquiera abordándolas así.
Cathriel inclinó la cabeza ligeramente.
—Altezas —dijo, con una educación sorprendente—. Perdonen la interrupción, pero debo tratar con el príncipe Lyon un asunto urgente. En privado.
Mi cerebro tardó un segundo entero en procesarlo. Pero entendí lo que pretendía.
—Sí —dije enseguida, recobrando la voz con un esfuerzo que esperé que no se notara—. Es... un asunto de vital importancia.
Elora parpadeó, desconcertada. Selene simplemente inclinó la cabeza, como si no creyera ni una palabra de lo escuchaba pero se sentía demasiado perezosa como para rebatirlo.
Nos escabullimos entre la multitud hasta un rincón más tranquilo del comedor, donde el murmullo no era tan ensordecedor y aún podíamos vigilar la sala. Yo me apoyé levemente en una columna, intentando aparentar sobriedad. Algo difícil cuando tenía la sensación de que la sangre me corría más rápido de lo natural.
—Gracias —le dije, dejando escapar una pequeña risa—. No sabes cuánto necesitaba ser salvado.
Cathriel no sonrió, pero su expresión cambió apenas un grado, como si hubiera considerado hacerlo y lo hubiera descartado al instante.
—Tenía la sensación de que necesitábais mi ayuda —respondió sin rodeos—. No dejábais de mirarme.