El aprendiz del príncipe

Capítulo 9

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El asunto se atajó con la máxima discreción, como si el castillo entero temiera que un susurro equivocado pudiera desencadenar una tormenta. Yo me había dejado caer contra la pared y sentía cómo el frío de la piedra se filtraba por mi ropa y me calaba hasta los huesos. Llevé las manos a mi cabeza, todavía punzante por la resaca: el dolor era un latido áspero, persistente; mi boca estaba seca como la ceniza; mis ojos ardían y mi estómago amenazaba con sublevarse ante el más leve movimiento. Pero nada de eso era comparable a la sensación que me había atenazado el pecho desde que vi el cuerpo.

No quería mirarlo. No podía.

El simple pensamiento de hacerlo hacía que un viejo dolor, uno que creía superado, o al menos adormecido, regresara con la violencia de un golpe. La imagen del cadáver sobre la arena se mezclaba con recuerdos sellados en mi memoria: otra sangre, otra piel sin vida, otro rostro que me había marcado para siempre. Sentí que la garganta se me cerraba. Respirar se volvió una tarea laboriosa.

Escuché pasos apresurados, y antes de levantar la cabeza reconocí las voces profundas de Dorien y Meilob, el médico del castillo, y los pasos apresurados de Cathriel. Meilob se arrodilló junto al cadáver con el gesto rígido que sólo tienen quienes ya no esperan sorpresas de la muerte. Le tomó el pulso con dos dedos, indiferente, y anunció lo inevitable con el tono apagado de quien simplemente constata un hecho.

—Está muerto.

Esa frialdad me revolvió. No porque esperara algo distinto, sino porque desearía no haberlo oído nunca más en mi vida. Meilob examinó la herida del costado izquierdo, de donde brotaba la mayor parte de la sangre.

—Herida de puñalada —murmuró—. Tendré que examinarlo con detalle en mi consulta.

Dorien corrió a avisar al rey, y en cuestión de minutos, una reunión urgente se convocó con los consejeros que aún permanecían en el castillo tras la celebración de la Asamblea. Los guardias fueron interrogados uno a uno.

Cathriel permaneció conmigo mientras los demás iban y venían. No se acercó demasiado al cadáver, pero tampoco dio un paso atrás. Se mantenía en esa distancia extraña que él siempre parecía calcular con exactitud matemática: lo bastante cerca como para actuar si algo era necesario y lo bastante lejos como para no parecer invasivo. Su presencia, firme y serena, contrastaba con mi confusión interna.

Después de un rato, él rompió el silencio.

—¿Lo conocíais, Alteza?

Me costó responder, porque aún tenía que arrancar las palabras de algún rincón profundo de mi pecho.

—Sí... —logré decir—. Era Lord Alkiram. Señor de las tierras de Libdia, en la región de Azarûn. Era miembro del Consejo desde antes de que naciera. Inteligente, astuto... aunque nunca llegué a tratarlo personalmente.

Cathriel inclinó apenas la cabeza.

—Mis condolencias.

Me resultó imposible saber si lo decía por educación, por deber, o por una sincera voluntad de acompañarme. Su tono, tan neutro como siempre, me dejó suspendido en un punto intermedio donde ninguna interpretación era definitiva.

Hubo un largo silencio. Yo no podía apartar la vista de mis propias manos, que seguían temblando de manera imperceptible pero constante. No sabía si era por la impresión, por la resaca, o por el terror del recuerdo.

Quizá por todo a la vez.

Cuando por fin reuní el valor para mirar al frente, encontré a Cathriel en cuclillas, examinando cada detalle del cadáver con una atención quirúrgica. Sus ojos trazaron líneas invisibles entre el cuerpo, la arena, y la torre del castillo. Parecía hilvanar algo que yo no veía, algo que se le revelaba con la misma facilidad con la que a mí me invadía la confusión.

—¿En qué piensas? —pregunté, más por impulso que por interés consciente. Era como si mi boca hubiera hablado sin consultar a mi mente.

Cathriel respondió con la misma serenidad implacable de siempre:

—Algo no cuadra aquí.

Tragué saliva. Su tono no presagiaba nada bueno.

—Por la posición del cuerpo y el lugar donde está —continuó—, parece que cayó desde la torre. El ángulo, la profundidad en la arena, la cercanía de la pared... todo sugiere un impacto vertical desde arriba.

Yo seguía sin poder imaginarme cómo alguien podía mantenerse tan frío frente a un muerto.

—Pero... La herida de puñalada en el costado no tiene sentido. Si lo apuñalaron arriba, tuvo que haber algún tipo de forcejeo. Y no hay nada. Ninguna herida en su rostro, ningún hematoma en sus nudillos por haber golpeado a nadie. Nada fuera de lugar en sus ropas.



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En el texto hay: principe, gay, medieval

Editado: 17.02.2026

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