El aprendiz del príncipe

Capítulo 11

Las puertas se abrieron con un estruendo solemne, como si los propios muros del castillo contuvieran la respiración

Las puertas se abrieron con un estruendo solemne, como si los propios muros del castillo contuvieran la respiración. Las miradas de todos convergieron hacia la entrada. Y entonces apareció Cathriel.

Había dejado atrás la camisa de lino desgastada, las vendas aún marcadas de polvo y los pantalones ceñidos para el combate. En su lugar vestía una túnica ceremonial, claramente prestada, pero perfectamente ajustada, de un blanco marfil casi luminoso, atravesada por bordados de plata tan finos que parecían hilos de luna. El tejido le caía sobre los hombros con impecable elegancia y cada pliegue se movía con él como si lo obedeciera. Había recogido su cabello de ese tono tan extraño en Galendria, de forma que realzaba sus facciones.

Su belleza era tal que los consejeros, incluso los más veteranos, quedaron atónitos, pues nadie esperaba que el joven aprendiz del que todos los caballeros se quejaban y el protagonista de sus fantásticas historias de miedo, según sus acusaciones sobre ser un narguel, fuera dueño de ese rostro.

Cathriel avanzó sin prisa, pero con un porte sereno que denotaba una madurez que por edad no le correspondía. Sus pasos resonaron en el mármol con un ritmo firme, demasiado controlado para ser natural. Pero a pesar de todo, no se le veía temblar. Entró en la sala como si el juicio dependiera únicamente de él.

Se detuvo ante el estrado y, con una inclinación impecable, saludó al rey Galderic.

Mi padre lo observó con ceño fruncido, evaluándolo, quizás sorprendido por la solemnidad que el joven ahora irradiaba.

—Cathriel Vedricksen —declaró el rey, su voz profunda llenó la sala—. Habéis sido convocado como testigo en la investigación de la muerte de Lord Alkiram. Decidme, ¿visteis algún hecho relevante para este caso?

Un silencio denso cayó sobre todos, tan espeso que casi podía tocarse.

Cathriel elevó el rostro. Sus ojos, verdes como la primera hoja que brota tras el invierno, permanecieron inexpresivos.

—No, Majestad. No fui testigo de nada.

Un estallido de murmuraciones recorrió las filas de los consejeros; algunos se inclinaron hacia sus vecinos para cuchichear y otros abrieron los ojos con indignación.

—Entonces, ¿por qué está aquí? —exclamó uno desde la primera fila, rojo de furia.

—¿A qué jugáis, príncipe? —susurró otro con veneno.

—Esto viola el protocolo del Consejo —protestó un tercero, golpeando la mesa.

Mi padre no alzó la voz, pero su mirada bastó para apagar aquel caos.

—Si no presenciásteis nada —dijo con tono grave, tenso, casi acusador—, ¿qué razón tenéis para declarar ante nosotros?

Cathriel respiró lentamente. Sus dedos, que reposaban unidos frente a él, no temblaron ni un instante. Cuando habló, su voz era tranquila, pero su firmeza sorprendió incluso a los presentes.

—Porque aunque no presencié el suceso, Majestad, sí descubrí piezas que no encajan en la versión que hemos escuchado.

Se hizo un silencio hueco. Podía sentir cómo incluso los guardias se inclinaban un poco hacia adelante para escuchar mejor.

—Explicaos —ordenó mi padre.

Cathriel asintió, y su expresión se volvió más avispada y adulta, como si hubiera esperado exactamente ese permiso.

—He examinado el cuerpo de Lord Alkiram y he analizado la espada hallada junto a él.

—¿Tú... examinaste el cadáver? —preguntó un consejero de forma cortante, como si aquello fuera una blasfemia.

—¿Qué clase de imprudencia es esa? —bramó otro.

Cathriel no retrocedió ni un paso.

—Lo hice bajo autorización del príncipe heredero —respondió, dejando que mis compañeros del Consejo clavaran sus ojos en mí. No me moví ni un milímetro—. Y descubrí que la interpretación del médico, aunque razonable... no es exacta.

El doctor Meilob, sentado al fondo, se removió y recolocó sus gafas con nerviosismo.

—¿Qué queréis decir con eso? —preguntó mi padre, inclinándose hacia adelante.

—Que la herida mortal —dijo Cathriel, pronunciando cada palabra como si descorriera un velo— no coincide con la hoja de la espada ceremonial de Lord Alkiram.

Hubo un estallido de voces. Los consejeros protestaron, algunos se levantaron y otros bufaron con incredulidad.

—¿Estás insultando al doctor?

—¡Eso es absurdo!

—¡La espada estaba junto al cuerpo! ¡Es un hecho!

Cathriel levantó una mano. Un gesto simple y educado, pero lleno de una autoridad inesperada.

Y todos callaron.

—La herida es más estrecha que la anchura del filo. Y más profunda de lo que un impacto accidental podría causar. Si la espada se hubiera desprendido de su funda durante la caída, habría causado un tajo, no una puñalada tan limpia. Y Lord Alkiram habría tenido tiempo de pedir ayuda.

Se inclinó ligeramente hacia adelante, con su mirada fija en el rey, como si el resto de la sala hubiera dejado de existir.

—La herida fue causada por otra arma más pequeña. Una diseñada para perforar.

—¿Una daga? —aventuró un consejero.

—O un estilete —confirmó Cathriel—. Pero definitivamente no fue su espada ceremonial.

El silencio que siguió fue glacial. Incluso los cirios parecieron arder más despacio. El rey apoyó las manos en los brazos de su trono.

—Entonces, Cathriel... —dijo con una gravedad que parecía llenar la estancia por completo—, según vos... ¿qué ocurrió realmente?

Cathriel no tembló. No apartó la mirada. No retrocedió.

—Ocurrió un asesinato, Majestad. Un asesinato cuidadosamente enmascarado para parecer un accidente.



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En el texto hay: principe, gay, medieval

Editado: 08.03.2026

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