Hubo un instante, una fracción de segundo suspendida como una mota de polvo atrapada en el rayo de luz que caía desde los cristales superiores, en el que temí que mis palabras hubieran sido inútiles. No porque nadie se atreviera a desmentirme, sino porque el silencio que siguió fue tan absoluto que daba la impresión de que toda la sala estaba tratando de comprender qué significaba lo que acababa de decir. Y yo también, en cierta manera.
Pero, muy lentamente, comencé a notar que el ambiente había cambiado. No había alivio, ni aceptación, pero el rechazo férreo y la hostilidad descarnada que había llenado la sala unos minutos antes, se había desvanecido. Los consejeros seguían tensos y expectantes, pero ya no murmuraban entre ellos. Ya no cruzaban miradas cargadas de sospecha. Ya no buscaban al rey o a Backrum en busca de liderazgo para seguir atacando.
Habían callado. Habían cedido. Aunque solo fuera en apariencia. Incluso Lord Backrum, que hacía apenas un suspiro parecía un gigante dispuesto a quebrarlo todo con una sola palabra bien colocada, se desinfló. Lo vi hundirse lentamente en su asiento, como si una corriente de aire lo hubiera empujado hacia atrás. La seguridad altiva desapareció de sus ojos. Había perdido el control de la situación y lo sabía.
Me sorprendió lo pequeño que parecía de repente. Sin la soberbia brillando en su mirada y sin esa sonrisa que conocía demasiado bien, no era más que un hombre común y corriente. Un hombre frustrado, que había calculado mal y al que se le había escapado la presa entre los dedos.
El silencio se volvió tan espeso que podía saborearlo. Amargo. Metálico. El rey Galderic fue quien finalmente lo rompió. Su voz se deslizó por el aire como un cuchillo, sin dureza pero con la certeza inevitable de quien está obligado a intervenir porque nadie más lo hará.
—Bien —dijo, dejando que la palabra se asentara antes de continuar—. Cathriel, parece que nadie tiene más preguntas para haceros. Vuestro testimonio ha terminado.
El movimiento de Cathriel al levantarse fue tan fluido y silencioso que parecía no tener peso. Todos los ojos se posaron en él, pero no miró a nadie. Caminó sin prisa, sin nerviosismo aparente y sin la necesidad de dar más explicaciones. Se sentó junto a los otros testigos, acomodándose con la misma serenidad glacial con la que había soportado cada palabra dirigida contra él.
Cuando el rey retomó la palabra, lo hizo con ese tono que siempre utilizaba cuando debía encadenar un juicio político disfrazado de neutralidad.
—Se considerará —anunció, enlazando las manos sobre la mesa del consejo— que el testimonio de Cathriel ha sido útil para el caso que nos ocupa. Por lo tanto, no conllevará circunstancias de digresión de la norma.
Sentí un deje de alivio en mi interior, muy tenue y casi imperceptible. Pero luego llegó el resto.
—Sin embargo, no ha llegado a la altura suficiente como para echar abajo las otras declaraciones.
Sentí un tirón brusco en el estómago.
—Así que no se tendrá en cuenta para el veredicto.
La frase se hundió en mí como una piedra en un lago profundo. No se tendría en cuenta. No serviría para nada. Todo lo que había dicho, todo lo que había arriesgado, todo lo que Cathriel había soportado... quedaba reducido a nada.
Me sentí extraño, de una manera que no sabía poner en palabras. Por un lado, un alivio tibio, casi frágil, se extendía por mi pecho al saber que Cathriel no sería castigado, que no sería arrojado a las mazmorras y que no sería tratado como un monstruo ante la mínima duda. Había salido indemne, al menos de manera oficial.
Pero por otro lado... El desasosiego se arrastró por mis entrañas como una sombra viva. Oscuro. Frío. Persistente. Había sido un asesinato. Lo sabía de la misma forma que sabía cuándo un caballo estaba a punto de desbocarse o cuándo un soldado mentía para ocultar un miedo profundo. Había una verdad cruda y afilada, que todavía flotaba en el aire como una amenaza sin forma. Y el asesino iba a quedar impune.
Tragué saliva. No podía evitar la amarga sensación de haber protegido a Cathriel solo para permitir que la sombra responsable siguiera moviéndose libre entre nosotros.
Mi padre inspiró despacio y pronunció el veredicto con solemnidad ritual.
—Por tanto, el veredicto es claro —declaró—. La muerte de Lord Alkiram fue accidental, y lo lamentamos mucho, pues era un miembro del consejo muy querido.
Hizo una pausa, como si invocara el peso del duelo.
—Esperemos que su alma descanse... —continuó el rey— y que los dioses le deparen una vida en el cielo repleta de todo lo bueno que se merecía.
Algunas cabezas se inclinaron en señal de respeto. Otras permanecieron rígidas. Backrum no cerró los ojos ni un instante; estaba demasiado ocupado digiriendo su derrota.
La sala se disolvió con una lentitud extraña, casi ritual. Nadie se levantó de golpe, ni hubo el típico murmullo de conversaciones simultáneas que solía llenar el final de toda reunión del consejo. Esta vez los movimientos eran suaves y contenidos, como si cada noble temiera romper con un sonido brusco ese delicado equilibrio entre alivio y duelo que impregnaba el aire.
Era una mezcla confusa y contradictoria. La tranquilidad tenue de saber que no había un asesino acechando entre los muros, y la pérdida irrevocable de Lord Alkiram, cuya ausencia parecía expandirse en la sala como una marea silenciosa. Veía rostros tensos suavizarse apenas, hombros que caían con resignación y miradas que se desviaban con cansancio. Algunos consejeros intercambiaron inclinaciones de cabeza en señal de pésame, otros simplemente se marcharon sin mirar a nadie, como si cargar con su propio silencio fuese ya demasiado peso.