Al abrir los ojos, lo primero que sentí fue calor. No venía de las sábanas, ni del sol que deslumbraba la habitación, sino del contacto de mi propio brazo, firmemente aferrado alrededor de la cintura de Cathriel. Él seguía dándome la espalda, exactamente en la misma postura en la que se había quedado la noche anterior, como si hubiera pasado horas temiendo moverse un milímetro. Y por un instante, por un brevísimo lapso, un pánico frío me atravesó la columna. Lo recordé todo.
También recordé la decisión que había tomado en la penumbra: dejar de fingir, de resistirme y de proteger una dignidad que no poseía desde hacía tiempo. Hacer, sencillamente, lo que quisiera cuando quisiera. Porque nada tenía sentido. Porque ya no quedaba nada que perder.
Y con eso, el horror inmediato amainó como una ola que retrocede, dejando a su paso la extraña calma que sigue al desastre. ¿Me apetecía seguir abrazándolo? No especialmente. Pero había percibido algo anoche. Una incomodidad en él, casi imperceptible pero real. Una tensión que no había visto jamás, ni siquiera cuando lo llevaba al límite en los entrenamientos o cuando se enfrentaba a un consejo de nobles altivos. Esa grieta era un lujo y una rareza en él. Y yo, que no podía controlar mi vida, al menos podría aprovecharme de esa debilidad. Era una vileza, pero era lo único que me hacía sentir vivo en ese momento.
Me acomodé un poco, sin soltarlo del todo. Mi mentón rozó su hombro, rígido como una tabla, y la luz tenue que entraba por la ventana comenzó a perfilar sus mechones rubios, enredados y aún tibios por el sueño.
—Alteza... ¿os habéis despertado? —preguntó de pronto, con una voz tan tensa que casi me reí.
Respondí con un gruñido que no significaba nada. Era una provocación deliberada.
—¿Puedo levantarme, Alteza?
—No.
Mi respuesta salió áspera, autoritaria e infantil. Le sostuve unos segundos más, disfrutando del modo en que contenía la respiración, como si temiera que un simple movimiento lo quebrara todo. Hasta que finalmente me apiadé.
—Vale... —resoplé—. Levántate si qui...
Ni siquiera terminé la frase. Cathriel saltó de la cama como si le hubieran prendido fuego. En un movimiento tan rápido que apenas pude seguirlo con la vista, se incorporó, dio un paso atrás y casi corrió hacia la puerta. Yo me quedé mirando el vacío que había dejado tras su marcha.
«Ya podía ser igual de rápido en los entrenamientos», pensé con una mezcla de irritación y diversión mientras me estiraba entre las sábanas calientes.
Fue entonces cuando me di cuenta de que mi torso estaba completamente descubierto. El aire fresco de la mañana me erizó la piel. ¿Ese era el motivo de su incomodidad? ¿Había sentido vergüenza? Lo descarté en el acto. Recordé perfectamente la vez en la que casi se desnudó frente a mí sin un ápice de rubor, como si la desnudez fuera una herramienta más en su arsenal. No era ese tipo de hombre.
Aunque la idea de haberlo perturbado me arrancó una sonrisa que no pude contener.
Algo había cambiado. Había una ligereza en mi pecho que hacía tiempo que no sentía. Como si la opresión que me atenazaba se hubiera evaporado. Me di cuenta también de algo más. Mientras dormía con Cathriel, no había tenido más pesadillas. Ni un sueño malo, ni siquiera uno neutro. Solo un descanso profundo, oscuro y silencioso.
Me pareció extraño, casi inquietante, pero no profundicé. No quería hacerlo. Había decidido dejar atrás la costumbre de desmenuzarlo todo hasta romperlo. Si algo me hacía bien, lo seguiría haciendo y punto. Se acabó la autocompasión.
Me incorporé, llamé a los sirvientes y ordené un baño de agua caliente. Dejar que el calor envolviera mis músculos tensos fue un alivio inesperado. Casi me dormí otra vez.
Luego me vistieron con una túnica oscura, sobria y de luto. Sin adornos excesivos ni joyas, sólo el broche de serbal sujetando mi cabello desenredado. Hoy tendría lugar la ceremonia conmemorativa por el fallecimiento de Lord Alkiram y exigía seriedad. Incluso accedí a que recortaran mi barba, algo que, en otro momento, habría discutido durante horas.
Me encontré de mejor humor. De demasiado buen humor para la ocasión, quizá, pero no me importó. La vida había dejado de tener orden, estructura o sentido. Y esa libertad, esa ruptura con mis propias cadenas internas, me sabía casi dulce.
Mientras me ajustaban los detalles de la túnica, me descubrí pensando en Cathriel. En su huida precipitada. En su silencio. En la forma en la que ni siquiera había osado mirarme al despertar.
Y una nueva idea, peligrosa y excitante, se instaló en mí. Hoy también lo atormentaría.
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El patio occidental del castillo, normalmente reservado para exhibiciones militares o recibimientos oficiales, se había transformado aquella mañana en un escenario sobrio y silencioso. Aún flotaba en el aire el olor tenue de las antorchas que habían ardido durante la vigilia nocturna, y las losas de piedra estaban cubiertas por una delgada neblina que se deshacía al paso de la luz. Las banderas ondeaban a media asta, con los colores apagados por un viento melancólico que parecía arrastrar consigo el último aliento de Lord Alkiram. Habían montado un estrado improvisado frente a la gran escalinata, adornado únicamente con dos estandartes y una mesa donde reposaba su espada envainada, la misma con la que había servido más de treinta años y la que había causado su muerte.