El aprendiz del príncipe

Capítulo 14

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Cinco días más pasaron sin entrenamientos. El castillo se encontraba de luto, y las formalidades que lo acompañaban no eran un buen ambiente para que los caballeros se ensuciaran en combates. En lugar de eso me dediqué a otras labores de príncipe, porque, por primera vez en mucho tiempo, me apetecía envolverme en los asuntos del castillo. Había una extraña satisfacción en ocuparse de lo que uno gobierna; me dio la sensación de que la autoridad podía ser algo más que una corona brillante de la que había renegado tantos años.

Me reuní varias veces con mi padre. Él habló de las fronteras, de las escaramuzas en los puestos de avanzada y de cambios en la rotación de los caballeros. Sir Rhalven había enviado informes y el rey me explicó la estrategia que estaban aplicando en los campamentos: formación más flexible, patrullas camufladas, y una propuesta para enviar observadores adicionales a ciertas aldeas. Asentí, tomé notas y pregunté dudas porque, curiosamente, me interesaba. Sentí que la política podía ser un campo de juego diferente, lleno de piezas que mover con la misma deleitación que aprendí a moverme en los entrenamientos.

Tomé el té con mi madre, la reina Isendra, en una pequeña habitación inundada de una luz pálida y distante. Me recibió con su habitual sonrisa medida, la misma que reservaba para los gestos convenientes más que para los afectos sinceros. No había en ella rastro de verdadero instinto maternal. Su trato era correcto, casi ceremonial, pero frío como las paredes del castillo.

Se acercó lo suficiente para posar una mano en mi cabeza y rozar mi mejilla, un gesto que parecía aprendido más por protocolo que por cariño. En sus ojos no vi emoción, sino cálculo; la satisfacción tranquila de quien observa que una pieza de la corona ha crecido lo suficiente para cumplir su papel. Permití el gesto sin apartarme. Sabía que aquellas reuniones no eran encuentros entre madre e hijo, sino pequeñas audiencias disfrazadas de intimidad, momentos en los que se tejían alianzas, se reforzaban equilibrios y se pensaba en lo que convenía a la corona. Nuestro té, como siempre, era menos una tregua afectiva que un acto político. Incluso en el silencio, cada palabra y cada gesto estaban al servicio del reino.

Almorcé con mis hermanas casi todos los días. Ellas se comportaban como siempre: encantadoras, mordaces, y perfectas conspiradoras del entretenimiento doméstico. Me soltaban cotilleos que iban desde lo trivial hasta lo escandalosamente divertido. La cocinera discutía con el pastelero porque éste había probado el ciervo asado antes de la cena; el paje nuevo de la torre sureste había sido sorprendido hablando solo con la estatua de la duquesa de Bonaporte; la doncella de los establos juraba haber visto al capitán de la guardia entrar de madrugada cubierto de barro (y cuando le preguntaron por el lodo, contestó que era culpa del perro del conde de Naboa, que lo había abordado) y el barbero real había demandado a un noble por destrozar su peine más fino en un arrebato de orgullo. Se reían, me provocaban, y se metían conmigo a partes iguales. Esas comidas eran pequeñas islas de normalidad.

En una de esas conversaciones, Elora me pilló completamente desprevenido.

—¿Cómo va el asunto del joven aprendiz que te sigue a todos lados? —soltó sin preámbulos, con la naturalidad de quien amenaza una ola en calma.

Me quedé confuso.

—¿Qué asunto? —pregunté, porque de verdad no veía por dónde venía la embestida.

Elora giró los ojos y Selene sonrió con esa condescendencia que gastan las hermanas cuando creen que su hermano ha perdido un hilo obvio de la trama.

—¿No te acuerdas de esa conversación que tuvimos hace meses? —insistió Elora—. La de que había alguna razón oculta por la que Cathriel estaba en el castillo.

El recuerdo me atravesó como un rayo. Habíamos tenido esa conversación, pero la había archivado en un rincón polvoriento de mi memoria junto con tantas otras intrigas menores. También recordé mi intento, torpe y orgulloso, de hacer que abandonara por agotamiento. Pero su voluntad era tan indoblegable que hacía que mi plan fuera inútil. «No servirá», concluí entonces, y lo dejé pasar.

—Sí, pero ya no sé si hay una razón oculta, la verdad —respondí sinceramente—. Es cierto que es un joven común, con nula habilidad para cualquier actividad física, pero...

Me quedé pensando, mirando al techo, buscando la palabra exacta que acomodara la idea. Mis hermanas me impacientaron con miradas de cuchillo, querían el desenlace de mis pensamientos.

—Que quede esto entre nosotros, por favor —pedí. Sus miradas brillaron. Los secretos eran su caramelo favorito y yo no quería que aquello se convirtiese en un asunto público.

Elora se acomodó, como quien está a punto de leer la parte más jugosa de una novela.



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En el texto hay: principe, gay, medieval

Editado: 16.03.2026

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