El arcoiris negro

El duende

El arcoiris negro

 

El arcoiris se volvió negro con diferentes tonos grises. Cuando el duende de la olla con monedas de oro fue asesinado, los vivos colores que formaban el arcoiris se ensombrecieron. Fue como si se vistiera de luto por la muerte del duende; aquel que en tiempos remotos no esperaba que alguien fuese capaz de de encontrar la olla. Alguien la encontró un día.

 

Negro y gris.

 

Fueron las gotas de lluvia chocando contra el tejado de su choza lo que lo despertó. Todavía no era de noche, pero el duende había trabajado todo el día, así que el cansancio lo venció. Pero su sueño no duró mucho, ya que el ruido de la lluvia lo despertó. Se incorporó de su pequeña cama y se dirigió a la ventana, la cual era redonda. Miró la lluvia y el sol brillando. El duende sabía que eso sólo significaba una cosa:el arcoiris aparecería muy pronto y tenía que alistarse. Dirigió la mirada hacia un rincón. Su olla con monedas estaba ahí. Nadie había sido capaz de hacerse con esta. Los humanos seguían intentando hallarla una y otra vez sin conseguirlo. El duende estaba seguro que ese día no sería la excepción. Tomó su olla y se la echó a la espalda. Salió de su casa con la olla a cuestas y se dirigió al lugar donde sabía, de alguna forma que se formaría el arcoiris. Caminó tranquilamente. En su camino miraba de vez en cuando a los árboles, con sus aves reposando en sus ramas. Algún que otro conejo había hecho cerca de ahí sus madrigueras. Algunas ardillas y venados miraban al duende con curiosidad. Su caminar era tranquilo, pues quería dar un poco de tiempo para que el arcoiris se formase del todo. Después de caminar un rato llegó al lugar. El arcoiris ya se había formado, tal y como el duende había calculado.Pero lo que no había previsto es que esta vez alguien se le adelantaría. Se trataba de un joven de máximo veinte años. Vestía completamente de verde, incluyendo su sombrero y la pluma que lo adornaba. El duende se preguntó si acaso se trataba de un espíritu del bosque, pero se dio cuenta que se trataba tan sólo de un humano.Este, el cual portaba un arco y flechas le apuntó al duende con una de estas. El rostro del joven estaba cargado de odio; tenía los ojos inyectados en sangre y sus dientes rechinaban. Cualquier ser vivo hubiese temblado de miedo al ver tal expresión, pero el duende no.Además, aquella flecha apuntándole no le causó temor alguno, pues era inmune a las armas humanas. No obstante, el duende vio un extraño líquido igual verde escurriendo de la punta de la flecha; y estaba seguro que las demás flechas en el carcaj estarían mojadas con el mismo líquido. Fue entonces cuando el duende se dio cuenta qué era esa cosa: esencia de trébol de cuatro hojas. El joven disparó la flecha. El duende, a pesar de su velocidad fue herido en una pierna.La flecha estaba fría, pero la sintió como si de hierro al rojo vivo se tratase. Miró al joven que lo había herido. Se limpiaba las lágrima. El duende, a pesar del dolor pudo deducir que las lágrimas habían borrado un poco la vista del chico, haciéndole fallar el tiro. Su intención había sido la de perforarle el corazón. El duendo intentó formular un hechizo para poder defenderse, pero el dolor en la pierna le dificultaba todo pensamiento. Una nueva flecha atravesó uno de sus brazos. El grito que lanzó hizo correr a los animales del bosque. Parvadas salían de las copas de los árboles.El joven, a escaso un metro de él ya tenía otra flecha preparada.

 

 

Espera - gritó el duende -. ¿Por qué me hieres con tus flechas, humano? Yo ni siquiera te conozco.

 

 

 

A mí no, duende – dijo el joven de ropa verde -, pero a mi padre sí. ¿Recuerdas lo que pasó hace diez años? Un humilde campesino logró encontrar el final del arcoiris y con ello, la olla llena de monedas de oro El duende, en medio del dolor miró bien las facciones del chico.

 

 

 

Tu cara – dijo el duende – me parece conocida. ¿Serás acaso el hijo del granjero Bob? Creo que ese era su nombre. El chico tensó aún más la cuerda con la flecha.

 

 

 

Tú lo mataste, duende – dijo el joven. El duende estaba asustado, pero aún así sonrió.

 

 

 

Yo sólo hice lo que tu padre, el granjero Bob me pidió – dijo el duende -. Cuando encontró la olla al final del arcoiris quiso llevársela consigo, pero era demasiado pesada y ni siquiera el caballo que jalaba su carroza podía llevarla. Tu padre la había ganado y yo sólo me ofrecí llevar la olla a su casa por medio de mi magia.

 

 

 

Hiciste aparecer la olla encima de mi padre mientras comíamos y nos contaba a mi madre y a mí cómo había encontrado la olla llena de monedas de oro. Tú lo aplastaste con ella.

 

 

 

El duende era una criatura de naturaleza burlona. No pudo contener la risa al imaginar al granjero aplastado frente a su esposa y su hijo. Pero fue esa risa su perdición. El joven disparó contra el duende una a una todas las flechas de su carcaj. Las recibió todas antes de que la muerte se apiadara de él. Cuando por fin murió, el duende se disolvió en el aire. Su alma fue llevada a un lugar donde recibiría día y noche flechas aún más dolorosas que aquellas que lo mataron.



Beto Vázquez

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En el texto hay: duende

Editado: 15.03.2019

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