Hay personas que se despiertan con el canto de los pájaros.
Otras con una alarma suave, música relajante y una estabilidad emocional que personalmente considero un mito.
Y luego estoy yo.
Yo me desperté con un estruendo en la cocina.
Un golpe seco.
Algo cayéndose.
Algo rompiéndose.
Y la inmediata certeza de que si una sola cosa salía mal ese día iba a terminar llorando dentro del congelador de la cafetería abrazada a una bolsa de hielo industrial.
Abrí los ojos.
Miré el techo.
Parpadeé.
Volví a cerrar los ojos.
Los abrí otra vez.
Seguía ahí.
La misma lámpara.
La misma grieta diminuta en la esquina que llevaba meses prometiéndome reparar.
La misma realidad.
Y eso significaba una cosa.
Era el día de la inauguración de la Semana del Café Familiar.
Genial.
Fantástico.
Maravilloso.
Mi nivel de entusiasmo era comparable al de una persona que acaba de descubrir que tiene una cita con el dentista y Hacienda el mismo día.
Giré la cabeza hacia la mesa de noche.
La libreta seguía allí.
Mi libreta.
Mi obra maestra.
Mi evidencia judicial.
Si algún día desaparecía misteriosamente, la policía podría reconstruir mis últimos meses gracias a esa libreta.
Listas de compras.
Listas de proveedores.
Listas de decoración.
Listas de actividades.
Listas de posibles emergencias.
Y una lista titulada:
"Revisar las demás listas."
No estaba orgullosa.
Pero tampoco me arrepentía.
La organización era lo único que me separaba de convertirme en una mujer que gritaba sola en una esquina.
Me incorporé lentamente.
Un mechón de cabello cayó frente a mi cara.
Lo aparté.
Volvió.
Lo aparté otra vez.
Volvió.
Mi cabello era el único ser vivo que jamás había respetado mi autoridad.
Bajé las escaleras arrastrando los pies.
La casa estaba silenciosa.
Demasiado silenciosa.
Y había mañanas en las que ese silencio me tomaba desprevenida.
Como aquella.
Durante una fracción de segundo mi cerebro esperó escuchar a mi mamá cantando.
Cantando mal.
Muy mal.
Con una confianza verdaderamente admirable.
Mi madre no conocía las letras de las canciones.
Las adivinaba.
Y aun así las interpretaba como si estuviera dando un concierto mundial.
Y mi papá...
Bueno.
Mi papá tenía discusiones con electrodomésticos.
Una vez pasó quince minutos peleando con una tostadora.
Quince minutos.
La tostadora ganó.
Hasta el día de hoy sigo sin saber cómo.
Entré a la cocina.
Miré la mesa.
Vacía.
Y algo se apretó dentro de mi pecho.
No demasiado.
Lo suficiente.
Aparté la mirada.
No.
Hoy no.
Hoy tenía trabajo.
Mucho trabajo.
Los recuerdos podían hacer fila como cualquier cliente decente.
Primero la cafetería.
Después la crisis existencial.
Me acerqué a la cafetera.
Porque los problemas siempre parecen un poco menos aterradores cuando tienes cafeína en el organismo.
No desaparecen.
Pero al menos adquieren formas más manejables.
Mientras esperaba observé por la ventana.
Valle de Magnolia comenzaba a despertar.
La panadería de la esquina soltaba las primeras nubes de aroma a pan recién horneado.
La señora Ramírez paseaba a sus tres perros idénticos.
Yo seguía convencida de que era el mismo perro usando collares diferentes.
No tenía pruebas.
Pero tampoco dudas.
La cafetera emitió un pitido.
Serví una taza.
Tomé un sorbo.
Y me quemé la lengua.
—¡Ay!
Perfecto.
Exactamente como imaginaba que empezaría el día.
Una hora después llegué a El Rincón de Magnolia.
Y apenas empujé la puerta me encontré con una caja caminando.
Parpadeé.
La caja siguió avanzando.
Tenía piernas.
Piernas humanas.
—Buenos días para ti también —dijo una voz desde el interior.
Ah.
Era Camila.
Debí haberlo imaginado.
Solo ella consideraría razonable transportar una caja más grande que su esperanza de vida.
—¿Por qué llevas eso?
La caja giró.
—Porque soy una mujer fuerte e independiente.
—Pareces una víctima potencial de un accidente laboral.
—Qué bonito. Yo también te extrañé.
—Camila, no puedes ni ver hacia dónde caminas.
—Los detalles visuales están sobrevalorados.
—Eso explica muchísimas cosas sobre ti.
—Y eso explica por qué sigues soltera.
Abrí la boca.
La cerré.
La volví a abrir.
—Qué ataque tan innecesario para las siete de la mañana.
—Son las siete y quince.
—Peor todavía.
Finalmente dejó la caja sobre una mesa.
El golpe hizo temblar varias cucharitas.
—Por cierto —dijo señalándome con un dedo—, tienes cara de haber dormido tres horas.
—Dormí más que eso.
—Mentira.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque cuando mientes pestañeas raro.
—No pestañeo raro.
—Acabas de hacerlo.
—Fue un pestañeo normal.
—Francesca.
—¿Qué?
—¿Cuántas horas dormiste?
Suspiré.
—Tres.
—Dios mío.
—Cuatro si contamos una siesta involuntaria sobre una caja de servilletas.
—Eso no cuenta como dormir.
—Mi cuello opina diferente.
Camila se llevó una mano a la frente.
—Un día vas a colapsar.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque programé mi crisis emocional para el jueves.
Camila me miró.
Luego soltó una carcajada tan fuerte que dos clientes que acababan de entrar se volvieron para verla.
Y por primera vez en toda la mañana, yo también me reí.
No fue una carcajada enorme.
No de esas que te hacen llorar o perder la dignidad en público.
Fue algo más pequeño.