El aroma de la rivalidad.

CAPITULO 2.

Existe una regla universal que nadie menciona.

Cuando algo parece demasiado malo para ser verdad, siempre puede empeorar.

Y normalmente empeora cuando estás sosteniendo una taza de café caliente.

No sé quién diseñó el universo.

Pero claramente tiene sentido del humor.

Y además es cruel.

Lo descubrí exactamente a las diez cuarenta y tres de la mañana.

Sí.

Recuerdo la hora.

Las tragedias tienen esa costumbre.

Se quedan grabadas.

Estaba acomodando unos muffins sobre la vitrina cuando escuché un grito desde la calle.

—¡Ya lo colgaron!

Levanté la cabeza.

Otro grito.

—¡Qué bonito quedó!

Luego otro.

—¡Mira qué moderno!

Moderno.

La palabra volvió a escucharse.

Moderno esto.

Moderno aquello.

Moderno por aquí.

Moderno por allá.

Como si la modernidad fuera una religión y el resto de nosotros simples pecadores.

Fruncí el ceño.

Nunca confíes en una multitud emocionada.

Nada bueno sale de una multitud emocionada.

Las multitudes emocionadas compran cosas inútiles.

Adoptan mapaches.

Y aparentemente también destruyen la estabilidad emocional de las dueñas de cafeterías.

Dejé la bandeja sobre el mostrador.

Me limpié las manos en el delantal.

Y miré por la ventana.

Entonces lo vi.

El cartel.

Gigante.

Enorme.

Ridículamente enorme.

Tan enorme que probablemente podía verse desde otro código postal.

Las letras brillaban bajo el sol como si estuvieran burlándose de mí personalmente.

LATTE & CO.

GRAN INAUGURACIÓN HOY

Hoy.

HOY.

No mañana.

No la próxima semana.

No dentro de un mes.

Hoy.

El mismo día de mi evento.

Mi ojo izquierdo comenzó a perrear.

No sé si era estrés o una advertencia divina.

—No.

Escuché pasos detrás de mí.

—¿Qué pasó?

Camila apareció a mi lado.

Se asomó por la ventana.

Y guardó silencio.

—Bueno, di algo.

—Oh.

Giré la cabeza.

—¿Oh?

—Sí.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—No lo sé, Camila. Tal vez algo como: "Francesca, veo claramente que se aproxima el colapso de tu negocio, el fin de tu estabilidad económica y probablemente la caída de la civilización occidental".

—Eso parece un poco dramático.

—¿Un poco?

—Mucho.

Volvió a mirar el cartel.

—Aunque sí está grande.

—Eso dijiste cuando encontraste aquella araña en el almacén.

—Porque era grande.

—Camila.

—Sí, esto es peor.

—Gracias.

—Siempre para servir.

Seguimos observando por la ventana.

Cada segundo llegaba más gente.

Habían colocado globos.

Mesas.

Flores.

Música.

Y no flores normales.

Flores elegantes.

Flores caras.

Flores que claramente costaban más que mi cuenta bancaria actual.

Crucé los brazos.

—¿Quién abre una cafetería el mismo día que mi evento?

—Alguien que no te conoce.

—No.

—¿No?

—Alguien con malas intenciones.

—También podría ser.

—No "podría".

Definitivamente es eso.

Camila me observó de reojo.

Esa mirada ya la conocía.

Era la misma que utilizaba antes de que yo hiciera algo estúpido.

Lo preocupante era que normalmente tenía razón.

—No estarás pensando en hacer una locura, ¿verdad?

La miré.

Ella me miró.

Nos conocíamos desde hacía demasiado tiempo.

—Voy a cruzar la calle.

—Ajá.

—Voy a hablar con el dueño.

—Ajá.

—Y voy a comportarme como una adulta.

Camila soltó una carcajada tan fuerte que una clienta se volvió para verla.

—Eso me preocupa muchísimo.

—¿Por qué?

—Porque cada vez que dices "voy a comportarme como una adulta" ocurre algo que termina involucrando autoridades.

—Eso pasó una sola vez.

—Francesca.

—Dos veces.

—Tres.

—La tercera no cuenta.

—La tercera es literalmente la vez que terminaste en una patrulla.

—Porque aquel hombre me robó dos dólares.

—Porque creíste que aquel hombre te robó dos dólares.

—Los recuperé.

—Después de gritarle durante veinte minutos delante de una farmacia.

—Y funcionó.

—Luego descubriste que los tenías en el bolsillo.

Respiré profundo.

Volví a mirar el enorme cartel.

Mi precioso evento.

Mis semanas de preparación.

Mis clientes.

Mi cafetería.

Todo lo que había construido durante aquel año.

Y justo enfrente aparecía aquella cafetería moderna con flores elegantes y presupuesto ilimitado.

Tomé una decisión.

Probablemente una mala.

Las peores siempre empezaban así.

—Voy a cruzar la calle.

—Lo sé.

—Voy a decirle exactamente lo que pienso.

—También lo sé.

—Y si resulta ser un idiota...

Camila suspiró.

—Francesca.

—¿Qué?

—Por favor intenta no iniciar una guerra.

La miré.

Luego miré el cartel.

Luego volví a mirar el cartel.

Después otra vez a Camila.

—No puedo prometer eso.

Y dicho eso, crucé la calle.

llegar frente al local nuevo tuve que admitir algo que me dolió profundamente.

Lo odié inmediatamente.

Lo odié con una intensidad que me pareció bastante razonable.

Porque era bonito.

Ridículamente bonito.

El tipo de bonito que te obliga a buscar defectos por pura supervivencia emocional.

Busqué uno.

Cualquiera.

Una grieta.

Una pared mal pintada.

Una silla coja.

Una planta muriéndose.

Algo.

No encontré nada.

Aquello era una falta de respeto personal.

Las ventanas eran enormes.

La fachada tenía detalles de madera oscura.

Las macetas estaban perfectamente acomodadas.

Y unas luces colgaban sobre la entrada como si protagonizaran una película romántica.




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