El arrogante Dios del cielo

Capítulo 19 Dormir no es fácil

Un silencioso lugar es tan abrumador en un primer momento, al igual que procesar una inesperada información.

—Por fin hablaste, eso sí es un gran logro.—Di un gran suspiro y retrocedí unos pasos de él.—Decir que no estoy sorprendida sería mentir, estoy muy sorprendida. De hecho, es más que eso.—Afirmé con mi rostro y lo miré a los ojos.—Caelus, si las cosas son así sería malo para ti forzarte a quererme, estás dañándote a ti mismo. Esa mujer no soy yo, sabes muy bien que nunca podré reemplazarla.

—Por supuesto que no eres ella.

—Bien, es una respuesta acertada. Aunque eres un Dios, también debes pensar en tí como ser vivo, no sólo eres un "rey", ese es sólo un título ¿Pero que hay de tí?—Con esta frase capté un poco la atención del Dios.—No sé cuales son tus pensamientos, pero sé que algunas de tus acciones me ayudaron mucho, quiero creer que eres alguien que no hace las cosas sólo por egoísmo, por eso decidí quedarme, sólo como agradecimiento. Algo temporal.

—Tú, ¿realmente piensas todo esto? Te acabo de decir de que sólo eres un reemplazo, ¿qué parte de mi es un buen Dios?

—Si piensas que eres un buen Dios, lo serás, de lo contrario no lo eres ¿Por qué deberías dejarte llevar por lo que dicen demás? Nadie te conoce mejor tú. Yo siempre he vivido creyendo en mí, he vivido tiempo difíciles, pero mi personalidad no cambió por ello. Creo que eso tú también lo has visto. Y por supuesto tus preocupaciones, no creo que sean tan mínimas como la mías.

—Entonces si yo decido hacerte mi esposa, ¿lo serás?

—La cuestión no es que sea o no sea tu esposa. Estás prisionero de tu pasado. Si no sales de ello nunca podrás ser libre, no importa que seas un Dios o no. Eso lo reflejas al pedirme aquello, al final el que más sufrirá serás tú. Sólo medita bien las cosas, con la cabeza fría.

Mis pies se dirigieron a la puerta, pero sentí unos fulminantes ojos paralizarme. La voz gruesa de Caelus me detuvo.

—¿A dónde vas?

—Será mejor dejarte solo, yo también quiero pensar un poco.

—No podrás salir.

—¿Porqué no?—Apreté la manija con fuerza, pero de ninguna manera giró. Intenté aquello unas diez veces, hasta que me cansé.—Caelus, ¿no sólo podrías abrirla?—Me dirigí a él con un rostro sonriente.

—No lo haré, ya es de noche. Duerme.

¡Tacaño!

Te dije tantas palabras inspiradoras y ni resultado dio. Estoy condenada...

Vi una gran manta roja con bordados dorados y me dirigí a ella de inmediato.

—Entonces, tomaré esta manta gruesa y dormiré en el piso. La habitación tiene espacio de sobra.

—¿Crees que lo permitiré?

Frente a mí el Dios comenzó a desvestirse prenda por prenda, mi cuerpo se escarapeló por tal escena y volteé nerviosa. Nunca había visto el cuerpo de un hombre semidesnudo en vivo, sólo su sombra en la bañera esa vez, y protegería aún mis castos ojos.

—¿No tienes dónde cambiarte?—Pregunté de manera directa.—Es bien grande tu habitación...

—Es mi habitación, puede cambiarme dónde yo quiera, ¿crees que dormiré con esta ropa?

—Sí, claro.–Asentí con mi rostro y me alejé aún más de él.—Entonces te dejo en tu sesión de ponerte tu pijama real.

—Es un desperdicio tener que sacarte tu ropa.—Esta última frase me alertó.—Natfaria tiene buen gusto, pero también debes cambiarte de ropa.

—Aja... Caelus yo estoy bien así, sólo me saco está parte que cubre lo de encima.—Me despojé parte de la prenda.—¡Y ya estoy! Buenas noches.

Estiré la gran manta gruesa y me cubrí con la mitad de ella. Cerré mis ojos sin más, sintiendo el lugar silencioso.

En verdad que la paz duró tan poco, cuando sentí que fui llevada con todo y manta hacia un lugar más alto y suave del suelo. Cuando abrí los ojos, lo primero que noté fue el pecho semidesnudo de Caelus.
Di un grito ahogado tratando de retroceder, pero los brazos del Dios habían rodeado mi cintura. Mi rostro se llenó de un rubor intenso y sólo atiné a decir una sola cosa al ser la fuerza bruta, inútil.

—Sufro de gases en las noches, no creo que soportes tenerme de esta manera.

—Eso es mentira.—Afirmó tajante.

—¿Cómo lo sabes?

—Vivíamos en la misma casa.

¿No me digas que me veías dormir? ¡Dios libidinoso!

Después de horas de intentos de salir de aquel lugar, lo único que logré es que Caelus me sostuviera más fuerte. Me rendí y me quedé dormida por el cansancio físico y mental

Al despertar, no sé el porqué terminé en verdad en el suelo. Y al girar arriba mío, lo primero que vi fue a Caelus con unas grandes ojeras y unos ojos que no me quitaban la vista. Pareciera que esta vez estaba de muy mal humor.

—Ah...—Alcé mi vista a él.—Me olvidé decirte que mi cuerpo giraba toda la cama para encontrar una posición correcta. Yo siempre he dormido sola.
Te dije que no era buena idea dormir conmigo, pero tampoco botarme de esta forma.

—¡Parecías poseída!—Me miró frustrado.

—¿Acaso no era así en mi casa? Ya que lo sabes todo, debiste haberlo notado...

Por la expresión que puso, pude entender que realmente que había olvidado ese detalle. 
Gracias a esa rara manía mía, me defendí a mi manera.

Sin más, Caelus se levantó de su cama con la delgada ropa que lo cubría y caminó tan altanero a la puerta, abriéndolo sin esfuerzo alguno para mí indignación. Sus ojos celestes me miraron de reojo, pero fue al voltear en que me habló antes de irse.

—Mandaré sirvientas a que te cambien.—Agregó.—También a que te enseñen cómo dormir.

—¿Sabes que las costumbres son lo más difícil de cambiar?—Alcé mi mano en forma de protesta, ignorando y yéndose Caelus después de aquello.

¿Es en serio Caelus?, tenerme aquí sólo porque me parezco a la persona que amaste, tú sí que sabes cómo dañarte a ti mismo. Incluso si soy su reencarnación, ¿qué lograrías con hacerme tu esposa?

Sé de tus favores, incluso de tu protección. Recuerdo parte de mi niñez y tu rostro. Pero sólo soy un ser humano que no pertenece a tu mundo, uno que tiene sueños en el mundo mortal. Me pregunto, si llegaré realmente a comprenderte.




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