El Arte de Amar a Quien no Existe

Prólogo.

La memoria del roble.

Hay lugares en el mundo donde la tierra guarda grietas imperceptibles, fisuras por las que el tiempo deja de fluir en línea recta y comienza a empozarse como el agua de lluvia en una cavidad de piedra.

Durante años creí que la distancia entre dos épocas era una muralla infranqueable, una corriente helada y voraz de días, meses y décadas que lo engullía todo a su paso sin dejar más remedio que la resignación ante el olvido. Crecí en un siglo donde las horas se miden en destellos de luz sobre pantallas de cristal, donde la memoria de los hombres dura lo que tarda en deslizarse un dedo por la superficie pulida de un teléfono, y donde el verbo esperar ha perdido por completo su condición de milagro.

Pero el amor, cuando es puro, no entiende de relojes ni de calendarios. El amor es un idioma analógico que no necesita frecuencias para propagarse, solo la fe ciega de dos manos dispuestas a sostener el mismo papel en extremos opuestos de la noche.

Mi nombre es Rosita, y esta historia no comenzó en la pantalla de un ordenador ni en el ruido atronador de las avenidas modernas. Comenzó bajo el follaje denso y majestuoso de un viejo roble, en la penumbra de un Parque Central que hoy ya no existe, enterrado bajo metros de cemento fresco, adoquines de diseño y la indiferencia de una ciudad que siempre tiene prisa por borrar sus propias cicatrices.

Allí, bajo la sombra de una roca de granito oscuro que el mundo terminó triturando, descubrí que el pasado no es un lugar muerto. Descubrí que al otro lado del abismo, en el lejano y sereno otoño de 1976, un hombre de mirada tranquila y manos manchadas de tinta azul esperaba mis palabras antes de que yo abriera los ojos por primera vez en esta tierra.

Charles Vance no me conoció en persona. Jamás sintió el calor de mi mano ni el sonido de mi risa disolviéndose en el aire de su taller de la calle San Pedro. Y, sin embargo, dedicó los mejores años de su vida a amarme. Me amó en la soledad de sus noches iluminadas por quinqués de aceite, me amó en el roce suave del papel verjurado que cosía para sus libros, y me amó con la devoción de quien construye un barco en mitad del desierto, sabiendo que la marea tardará cincuenta años en llegar.

Cuando las máquinas del ayuntamiento cayeron sobre el parque del año 2026, cuando el diente de acero de las excavadoras arrancó el musgo y desgarró la cavidad donde nuestras notas se encontraban, creí que el universo había ganado. Creí que la pica de los obreros había roto el único hilo de seda que nos mantenía unidos.

Qué poco entendía yo entonces la terquedad del corazón humano.

Esta no es solo la crónica de una correspondencia imposible o el relato de un enigma histórico disuelto en la penumbra de una cripta medieval. Este libro es el cumplimiento de una promesa. Es la prueba definitiva de que la pátina de plomo, la cera seca de los sellos y el papel de trapo pueden resistir el embate de medio siglo cuando están impregnados de verdad.

Si tienes esta obra entre tus manos, no busques en ella la lógica fría de las ciencias o la explicación de los historiadores. Abre estas páginas como quien se agacha sobre la tierra húmeda al amanecer, aparta la hiedra con cuidado y mete la mano en la penumbra de un pozo olvidado.

Escucha el chasquido del pasador de latón. Siente el aroma a lavanda seca, a cuero y a tinta que se niega a evaporarse. Y recuerda, mientras lees, que la verdadera eternidad no pertenece a las piedras ni a las ciudades que se derrumban, sino a las palabras que se escriben con la certeza absoluta de ser leídas al otro lado del tiempo.




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