El Arte de Amar a Quien no Existe

El color de la memoria.

El taller de la calle San Pedro olía a cola vegetal, a cuero curtido, a cera de abejas y al humo tenue del tabaco de pipa que Charles solía encender al caer la tarde. Era un espacio angosto, de techos altos con vigas de madera vista, donde la luz del sol entraba tamizada por dos grandes ventanales de cristal emplomado.

A sus treinta y un años, Charles se consideraba un hombre de hábitos inquebrantables. Su vida transcurría a un ritmo medido por el chasquido del cizallador de papel, el rasgado suave del hilo de lino al coser los cuadernillos de un tomo y las campanadas del reloj de la iglesia de San Juan, que marcaba cada hora con una lentitud reconfortante. En una época en que la gente empezaba a hablar con prisa de televisores a color y de la velocidad del mundo moderno, Charles encontraba su refugio en la lentitud artesanal de devolverle la vida a los libros rotos.

Sin embargo, esa mañana de mediados de octubre, la precisión de sus manos había desaparecido.

Sostenía entre los dedos un bisturí de precisión para rebajar la piel de una encuadernación en tafilete rojo, pero su mirada estaba clavada en la esquina superior de su mesa de trabajo. Allí, al lado de la tintero de cristal esmerilado y su pluma estilográfica Parker, descansaba una pequeña caja de roble barnizado. Y dentro de esa caja, la hoja de papel que había cambiado la arquitectura de su realidad.

Habían pasado dos días desde que dejó su nota bajo la gran piedra volcánica del Parque Central. En 1976, el parque era un remanso de paz victoriano en las afueras de la ciudad, bordeado por avenidas arboladas por donde circulaban los viejos Seat 600 y los autobuses urbanos de color azul oscuro. Charles solía caminar por allí cada tarde para despejar la cabeza del olor a barniz. Encontrar la primera nota de Rosita había sido una rareza inexplicable; haber regresado 48 horas después y encontrar una respuesta sobre el musgo húmedo rebasaba las fronteras de lo cuerdo.

Charles dejó el bisturí sobre la manta de fieltro verde, se secó las manos en su delantal de lino gris y abrió la caja de madera.

Extrajo la hoja. No era el papel pesado y rugoso que él utilizaba en el taller. Era una lámina extrañamente fina, perfectamente blanca, con un satinado sintético que nunca antes había tocado. Las letras no estaban escritas con la tinta densa de una pluma estilográfica que deja surcos de sombra en el reverso, sino con un trazo negro, fino y fluido, como si una pequeña bolilla de metal hubiera rodado sobre la superficie distribuyendo una pasta perfecta.

Se acomodó en su taburete de madera, ajustó la lámpara de brazo articulado para centrar el haz de luz cálida sobre el papel y volvió a leer la respuesta de Rosita:

16 de octubre.

Charles:

Sostengo tu carta y las manos no me dejan de temblar. Si esto es un engaño, es la broma más cruel y poética que me han hecho jamás. Pero miro el papel crema que dejaste, huelo el rastro leve de tabaco que aún conserva la doblez de la hoja y sé que no me estoy volviendo loca.

No estoy jugando con tu mente. Vivimos en la misma ciudad, caminamos por el mismo parque, pero entre tu mano y la mía hay exactamente cincuenta años de distancia.

Para ti es 1976. Para mí, mientras escribo esto, el año es 2026. Tu pequeño café de toldo rojo ya no existe; en su lugar hay una torre de oficinas de treinta pisos con cristales oscuros que reflejan las nubes. La calle San Pedro, donde dices que está tu taller, ahora es una peatonal llena de tiendas de ropa en serie y cafeterías donde la gente pide el café para llevar en vasos de cartón.

Dices que el roble es joven en tu época. En la mía, sus ramas son tan anchas que cubren casi todo el claro, y la piedra... la piedra sigue exactamente en el mismo sitio, rodeada de un musgo espeso que huele a tierra mojada.

Dime qué hay en tu mundo, Charles. Cuéntame si la gente en 1976 caminaba despacio, si aún se escribían cartas sin esperar una respuesta en segundos, si el silencio dolía menos que ahora. Necesito creerte.

Rosita.

Charles dejó escapar un soplo de aire helado que hizo oscilar levemente la llama del quinqué que tenía al fondo del tintero.

—Cincuenta años... —murmuró para sí mismo. La palabra resonó en el taller vacío con la gravedad de una sentencia astronómica.

Se levantó del taburete y comenzó a caminar a lo largo de su mesa de trabajo, con las manos cruzadas a la espalda. Cincuenta años. Hizo el cálculo en su mente de forma casi automática, con la precisión fría que empleaba para medir los márgenes de una portada. Si ella escribía desde el año 2026, si para ella transcurría esa fecha de manera simultánea al compás de sus propios días...

De pronto, un pensamiento cruzó su mente como un relámpago sordo, congelándolo en mitad del taller.

En 1976, la mujer que firmaba como Rosita no estaba en el parque. No estaba en la biblioteca municipal catalogando fotografías viejas. No caminaba bajo los árboles con su abrigo de paño ni sentía la frialdad de la piedra volcánica al agacharse.

En 1976, Rosita no existía.

Ni siquiera era una niña. Faltaban décadas para que naciera, para que sus padres se conocieran, para que diera su primer paso o escribiera su primera palabra sobre un cuaderno de tapas de cuero.




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