El Arte de Amar a Quien no Existe

Las sombras del archivo.

El otoño en el presente no traía la calma de los viejos tiempos, sino una urgencia acelerada y gris. El cielo sobre el Parque Central parecía una sábana de plomo derretido cuando Rosita regresó al claro del roble, dos días después de haber dejado su respuesta.

El aire frío le golpeaba las mejillas con violencia. Llevaba las manos bien metidas en los bolsillos del abrigo, apretadas en puños cerrados para domar el temblor que no la abandonaba desde aquella primera carta. Durante las últimas cuarenta y ocho horas no había podido concentrarse en su trabajo en la biblioteca. Había pasado las noches en vela, mirando el techo de su habitación, preguntándose si todo aquello no era más que un episodio de disociación o la broma más elaborada y cruel jamás construida.

Pero la textura del papel de 1976 seguía guardada en el cajón de su mesilla de noche, tan real y sólida como el dolor de cabeza que la perseguía.

Al llegar al claro, el silencio del parque la envolvió de golpe, amortiguando el rugido lejano del tráfico de la avenida principal. Rosita no esperó a sentarse en el banco. Fue directamente hacia la base de la gran piedra volcánica, apartó las hojas secas que la lluvia ligera de la mañana había pegado al musgo y se agachó.

La cavidad inferior de la roca estaba oscura y húmeda. Con el corazón desbocado, golpeándole contra las costillas con la fuerza de un martillo sordo, introdujo la mano.

Sus dedos rozaron algo firme.

No era la hoja delgada de cuaderno que ella había dejado. Era una estructura rígida, pesada. Tiró suavemente hacia fuera y sacó el paquete.

Rosita dejó escapar un aliento entrecortado que se convirtió en una nube blanca en el aire frío.

Sostenía en sus manos un sobre de tono marfil, de un papel grueso y verjurado cuya calidad ya no se veía en ninguna papelería moderna. Pero lo que hizo que se le helara la sangre fue el centro del reverso: un sello de cera roja, impecable, brillante, impreso con el relieve exacto de una pequeña hoja de roble. La cera no estaba desmoronada ni desgastada por el paso del tiempo; olía a resina fresca, a humo sutil, a algo que acababa de ser sellado hacía apenas unas horas.

Se sentó en la madera húmeda del banco, con los dedos torpes por el frío y la emoción. Deslizó la yema del pulgar por la orilla de la cera con una delicadeza casi sagrada, temiendo que el sello se rompiera en mil pedazos. Rompió la solapa con cuidado y extrajo el pliego.

Al desplegarlo, el aroma la golpeó de nuevo: un matiz seco y elegante a tabaco de pipa, a cuero y a madera vieja. Era la presencia física de un hombre condensada en una hoja de papel. Y allí, trazada con una tinta azul marino tan intensa que parecía palpitar sobre el color crema del pliego, estaba la caligrafía fluida y elegante de Charles.

Rosita leyó. Cada frase se le clavaba en el pecho como un eco que resonaba a través de las décadas.

"...Saco la cuenta de los años, Rosita, y la cabeza me da vueltas. Mientras escribo esto, mientras la tinta azul se seca sobre esta hoja, tú no estás en ninguna parte... Eres una voz que me llega desde un lugar del tiempo que yo no puedo ver, una mujer que todavía no ha nacido en mi presente..."

Rosita se llevó una mano a los labios para ahogar un sollozo involuntario. Releyó esas líneas una y otra vez hasta que las letras comenzaron a borrarse por las lágrimas que nublaban su vista.

Nadie le había escrito jamás algo así. En un siglo donde las relaciones se medían por mensajes instantáneos, respuestas en segundos y afectos desechables, un hombre de 1976 se había sentado en un taller a la luz de una lámpara para decirle que, aunque ella no existía en su mundo, él la comprendía mejor que a nadie.

—Tú tampoco estás aquí, Charles... —susurró hacia el aire vacío del parque, sintiendo una melancolía tan profunda que le oprimía los pulmones.

El pensamiento la golpeó con la fuerza de un rayo helado.

Para Charles, el tiempo transcurría ahora mismo, día a día, mientras esperaba sus cartas bajo la piedra. Pero para el mundo de ella, los años setenta eran historia consumida. Cincuenta años habían pasado en su realidad. Eso significaba que la vida de Charles ya había ocurrido. Su taller en la calle San Pedro, su café de toldo rojo, sus días cosiendo pliegos de papel... todo eso pertenecía al pasado.

¿Qué había sido de él? Si en 1976 Charles tenía treinta y un años, en el presente de Rosita tendría ochenta y uno. ¿Seguía vivo? ¿Se había casado? ¿Había tenido hijos? ¿O acaso su vida había sido interrumpida por algún trágico destino que la historia de la ciudad había registrado en sus páginas olvidadas?

Un vértigo terrible la invadió. La idea de comunicarse con él sin saber quién había sido realmente en el tejido del tiempo le pareció de pronto insoportable. Necesitaba saber. Si el pasado ya estaba escrito, ella tenía acceso a ese pasado a través de las paredes de su propio trabajo.

Apretó la carta de Charles contra su pecho, la guardó con devoción en el bolsillo interno de su abrigo y se levantó del banco. Se limpió la humedad de los pantalones y caminó a paso rápido, casi corriendo, hacia el centro histórico de la ciudad.

La Biblioteca Municipal de la ciudad ocupaba un edificio sobrio de arquitectura neoclásica, con imponentes columnas de piedra y amplios ventanales que dejaban pasar una luz cenicienta. En el sótano se encontraba el Archivo Histórico Local, el lugar donde Rosita pasaba sus días restaurando documentos y catalogando el fondo fotográfico.




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