El Arte de Amar a Quien no Existe

La forma de lo invisible.

El viento de la última hora de la tarde soplaba con una fuerza insólita para la mitad de octubre, barriendo las hojas secas en pequeños remolinos dorados a lo largo de las avenidas. En el Parque Central, las copas de los árboles se agitaban con un murmullo denso y grave, muy parecido al rugido lejano del océano.

Charles se ajustó el cuello del abrigo de lana oscura y apretó el paso sobre la gravilla. Llevaba las manos hundidas en los bolsillos, pero su atención entera estaba fija en la silueta del viejo roble que se recortaba contra un cielo teñido de violeta y ceniza.

Aquel trayecto desde el taller de la calle San Pedro hasta el rincón olvidado del parque se había convertido en una suerte de peregrinación diaria. En solo unos días, la estructura de sus rutinas —esa fortaleza de horarios precisos, herramientas ordenadas y silencio artesanal en la que se había resguardado durante años— se había desmoronado por completo. Ya no pensaba en los encargos pendientes de la aristocracia local, ni en los tomos de historia que esperaban su mano paciente para volver a encuadernarse. Todo su mundo interior había quedado reducido al espacio que ocupaban sus dedos cuando se agachaba frente a la gran piedra volcánica.

Llegó al claro. El lugar estaba desierto. La luz del atardecer moría rápidamente entre las ramas de los árboles, proyectando sombras largas y azuladas sobre el musgo.

Charles se inclinó, sintiendo el crujido de sus rodillas y el aire frío de la noche incipiente colándose por la solapa de su chaqueta. Introdujo la mano en la cavidad húmeda bajo la piedra.

Sus yemas tropezaron de inmediato con una textura áspera.

No era la corteza de un árbol ni la tierra húmeda. Era papel. Un pliego doblado con brusquedad, sin sobre, sin el cuidado metódico con el que él solía preparar sus envíos. Sostuvo la hoja entre los dedos y la extrajo hacia la penumbra del claro.

Era el mismo material moderno, increíblemente delgado y blanco, que Rosita utilizaba. Pero al sostenerlo bajo la luz tenue que aún filtraba el ramaje, Charles notó algo que le oprimió el corazón: el trazo del bolígrafo negro no era esta vez una caligrafía pausada. Las líneas eran irregulares, apresuradas, marcadas con una fuerza tal que la punta de metal había rasgado el papel en varios puntos. Y en el margen inferior, la tinta aparecía borrosa en tres o cuatro manchas circulares, como si gotas de agua hubieran caído sobre la hoja antes de que la pasta se secara del todo.

Lágrimas.

Charles se sentó sobre la madera fría del banco frente al roble, ajeno al viento que despeinaba su cabello oscuro. Desplegó el papel con una delicadeza extrema, temiendo que la fragilidad de la hoja se deshiciera en sus manos, y comenzó a leer:

20 de octubre.

Charles:

Te escribo desde la penumbra del Archivo Histórico de la ciudad, con el sonido constante de las luces fluorescentes zumbando sobre mi cabeza y el corazón hecho pedazos.

Hoy he buscado tu nombre. He buscado tu taller, tu calle, la huella de tus pasos en el pasado. He tenido en mis manos la guía comercial de 1976 y he leído tu nombre impreso en el papel amarillento: Charles Brown, taller "El Arte del Libro", calle San Pedro número 14.

Ver tu nombre allí, saber que existes, que no eres una sombra inventada por mi mente, me ha producido una alegría tan inmensa que casi olvido la distancia de cincuenta años que nos separa. Pero la alegría ha durado solo unos segundos, Charles.

He leído lo que ocurrió después.

No sé si debo decirte esto. Tengo las manos heladas y la mente al borde del colapso. Mi razón me dice que si te revelo lo que los periódicos dijeron de ti en el futuro, estaré alterando algo que no me corresponde tocar, rompiendo una ley invisible que sostiene el mundo. Pero mi corazón no puede soportar la idea de guardar silencio.

Sé lo que pasará con la calle San Pedro en los años ochenta. Sé que destruirán las casas viejas para levantar bloques de cemento. Y sé... sé que en febrero de 1983 la prensa local publicó una noticia sobre ti. Dijeron que habías desaparecido. Dijeron que tu taller quedó abierto por la noche, con las luces encendidas y las herramientas sobre la mesa, y que nadie volvió a saber de ti. Dijeron que en los meses anteriores te habías convertido en un hombre solitario que pasaba las horas vagando por este parque...

Dime qué debo hacer, Charles. Dime si estoy volviéndote loco desde el futuro. Tengo tanto miedo de que mi presencia en tus cartas sea la causa de tu ruina, de que esperarme bajo esta piedra te consuma la vida hasta hacerte desaparecer.

Si es así, si mi voz es una maldición para ti, dímelo y dejaré de escribir. Me romperé el alma, pero no volveré a dejar una sola hoja bajo la piedra. No puedo ser la causa de tu pérdida.

Perdóname, Charles. Perdóname por haber nacido cincuenta años demasiado tarde.

Rosita.

La hoja temblaba entre las manos de Charles. Un silencio denso y absoluto pareció caer sobre el claro del parque, como si el viento hubiera detenido su curso de golpe para escuchar el peso de aquellas palabras.

Charles se quedó inmóvil, mirando las manchas borrosas de tinta negra en el margen inferior del papel. Pasó la yema del pulgar sobre ellas con una ternura infinita, imaginando a esa mujer distante, a la que jamás había visto, llorando sobre una mesa de madera en un sótano iluminado por tubos fluorescentes, cincuenta años en el futuro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.