El Arte de Amar a Quien no Existe

El hacha sobre el roble.

El domingo amaneció con un frío áspero que se colaba por las rendijas de los ventanales de la biblioteca. Rosita no había pegado ojo en toda la noche. Las imágenes de las microfichas —el titular sobre la desaparición de Charles Brown en febrero de 1983, las herramientas abandonadas, la luz encendida en la calle San Pedro— habían flotado tras sus párpados como una pesadilla circular de la que le resultaba imposible despertar.

Se levantó antes de que saliera el sol. El café amargo penas le sirvió para mitigar el dolor sordo tras las sienes. A las siete y media de la mañana, cuando la luz del amanecer apenas comenzaba a rasgar la bruma espesa de octubre, ya caminaba a paso ligero hacia el Parque Central.

Las calles de la ciudad estaban desiertas, sumidas en un silencio dominical interrumpido solo por el rugido lejano de algún camión de la basura. Para el resto de los habitantes, el parque era simplemente un pulmón verde entre el asfalto, un lugar para sacar al perro o correr antes del almuerzo. Para Rosita, cada metro de gravilla que recorría la aproximaba a una falla tectónica en la realidad, un punto ciego donde el pasado de 1976 y su abrumador presente se tocaban a través de una piedra volcánica.

Cuando cruzó el umbral de los sauces llorones y entró en el claro del viejo roble, una punzada helada le atravesó el estómago.

No estaba sola.

Junto a la gran piedra volcánica, dos hombres vestidos con monos de trabajo de color naranja fosforescente y cascos amarillos desplegaban una cinta plástica de balizamiento a rayas rojas y blancas. A un lado, aparcada sobre la hierba húmeda y dejando dos profundas huellas de barro, descansaba una pequeña excavadora industrial. Un cartel metálico recién clavado en la tierra anunciaba con letras frías y corporativas:

AYUNTAMIENTO DE LA CIUDAD

PROYECTO DE REMODELACIÓN Y MODERNIZACIÓN DEL PARQUE CENTRAL — FASE II

Obras de acondicionamiento, nivelación de terreno y creación de nueva zona peatonal iluminada.

Duración estimada: 6 meses. Prohibido el paso a toda persona ajena a la obra.

Rosita se detuvo en seco. El aire pareció escaparse de sus pulmones de golpe.

—Disculpe, señorita —dijo uno de los operarios, apoyando una pala sobre el musgo mientras se ajustaba los guantes de cuero grueso—. No se puede estar en esta zona. Estamos delimitando el perímetro. Los camiones entran dentro de una hora.

—¿Qué... qué van a hacer aquí? —consiguió articular Rosita, con la voz rota y apenas audible por el temblor de sus labios.

—Vamos a despejar todo este sector —respondió el trabajador con la indiferencia rutinaria de quien solo cumple un horario—. El ayuntamiento va a instalar una plaza de adoquín con fuentes de chorro y bancos de diseño. Hay que meter la maquinaria pesada para remover el terreno, levantar las rocas grandes y talar los árboles enfermos o viejos para dar amplitud.

Rosita sintió que las piernas le fallaban. Miró hacia la cima del roble centenario. Sus ramas gruesas y majestuosas, que en 1976 apenas eran las de un árbol joven, estaban marcadas a la altura del tronco con una amplia franja de pintura aerosol de color rojo fluorescente.

Una cruz roja. La marca de la tala.

—No... no pueden quitar este árbol. Y la piedra... la piedra volcánica... —alcanzó a decir, dando un paso hacia la cinta de balizamiento.

—Señorita, por favor, retroceda —intervino el segundo operario, levantando una mano de forma disuasoria—. La roca se la llevará la grúa mañana a primera hora para triturarla como grava de relleno. Todo esto va fuera. Tienen orden de dejar el suelo limpio antes del fin de semana. Le ruego que salga del perímetro por su propia seguridad.

Rosita retrocedió un paso, paralizada por el pánico. Mañana a primera hora. La grúa. La trituradora de piedra. Las máquinas nivelando el suelo.

Si la piedra desaparecía, si la cavidad donde la tierra y el tiempo se cruzaban era destruida por el diente de acero de una excavadora, el puente con 1976 se rompería para siempre. La voz de Charles quedaría sepultada bajo metros de adoquín moderno y cemento fresco, dejándolo solo en su taller de los años setenta, esperando una carta que jamás volvería a llegar.

Apretó los dientes, tragándose el llanto. Tenía que sacar la carta. Si Charles había ido al parque el día anterior, su respuesta debía estar allí.

—Está bien... me voy —mintió Rosita con voz temblorosa, dando un par de pasos hacia atrás como si acatara la orden.

Los operarios asintieron y continuaron desenrollando la cinta de plástico alrededor del roble, dándole la espalda. Rosita aprovechó ese instante de distracción. Rodeó el tronco por el lado opuesto, ocultándose tras la masa imponente de la corteza rugosa. Se dejó caer de rodillas sobre la hierba húmeda, ajena al barro que le manchaba los pantalones y a la frialdad de la tierra que le calaba la ropa.

Con las manos temblando violentamente, introdujo el brazo por debajo del borde de la piedra volcánica. Sus dedos se estiraron hacia la penumbra de la cavidad profunda, raspándose la piel contra la superficie rugosa del granito.

Tocó la nada.

El horror la paralizó durante un segundo. Hundió el brazo aún más, metiendo los dedos hasta donde la articulación de la muñeca se lo permitía, buscando desesperadamente entre la tierra suelta y las raíces secas.




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