El Arte de Amar a Quien no Existe

El último refugio del tiempo.

El rugido metálico de los motores diésel fracturaba la paz del amanecer como un estallido sordo. El aire del parque, antes impregnado del aroma fresco a humedad y hojas caídas, olía ahora a gasóleo quemado, a humo denso y a tierra removida.

Rosita llegó al perímetro de la obra antes de que el sol lograra traspasar la capa de nubes grises que cubría la ciudad. Llevaba el abrigo mal abotonado, la bufanda floja sobre el cuello y el corazón desbocado, golpeándole contra el pecho con una violencia salvaje. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño y por las lágrimas contenidas durante toda la noche, se clavaron en la escena que se desplegaba al otro lado de la cinta plástica de balizamiento.

El claro del roble ya no existía tal como lo recordaba.

La pequeña excavadora de orugas había destrozado el lecho de musgo y hierba, dejando a su paso dos enormes surcos de barro oscuro y pegajoso. A pocos metros, un camión de gran tonelaje esperaba con la caja abierta, mientras dos operarios con cascos amarillos sujetaban las cadenas de una grúa móvil que posicionaba su brazo de acero directamente sobre la gran piedra volcánica.

—¡Espera! ¡Un momento, por favor! —gritó Rosita, saltando por encima de la cinta roja y blanca sin importarle los gritos de advertencia.

—¡Señorita, fuera de ahí! ¡Estamos enganchando la carga! —vociferó el encargado de la obra, haciendo un gesto brusco con los brazos para interceptarla.

Rosita no se detuvo. Corrió sobre el barro que amenazaba con tragarle los zapatos, esquivando a uno de los obreros que intentó agarrarla del brazo. Se arrojó de rodillas junto a la base de la gran piedra volcánica en el preciso instante en que el operario de la grúa tensaba la primera cadena con un chirrido metálico espantoso.

—¡Está loca! ¡Quítese de ahí! —gritó el encargado, corriendo hacia ella.

—¡Solo un segundo! ¡Por favor, solo un segundo! —suplicó Rosita con la voz quebrada por el pánico.

Pegó el rostro a la tierra húmeda, sintiendo el barro frío mancharle la mejilla y la frente. El espacio bajo el borde de la roca se había reducido drásticamente por el peso de la maquinaria que había compactado el suelo a su alrededor. La cavidad natural, que durante semanas había protegido los pensamientos de Charles y los suyos, estaba a punto de ser aplastada para siempre.

Metió el brazo con desesperación. La superficie de la piedra rasgó la tela de la manga de su abrigo y le arañó la piel de la muñeca, pero Rosita no sintió dolor. Estiró los dedos al máximo en la oscuridad helada del agujero, raspándose las uñas contra la tierra apelmazada.

Nada.

—¡Vamos, levántese! —el encargado la sujetó por los hombros para tirarla hacia atrás.

—¡Un segundo más! —chilló ella, retorciéndose para liberarse.

Hizo un último esfuerzo, hundiendo la mano hasta el límite físico de su brazo. Sus dedos rozaron la esquina superior de algo rígido, aprisionado entre una raíz del roble y la base de la roca. Tiró de ello con un pellizco salvaje, usando las uñas para arrastrarlo hacia la luz.

El papel cedió. Rosita sacó el brazo en el preciso momento en que el encargado la arrastró fuera de la trayectoria de la grúa.

Un segundo después, el motor de la máquina rugió con furia. Las cadenas se tensaron con un chasquido sordo y la gran piedra volcánica se despegó de la tierra con un crujido grave, dejando al descubierto un hueco lleno de gusanos, barro y raíces rotas. La cavidad del tiempo había dejado de existir.

Rosita quedó tendida sobre el barro, jadeando, pegando el objeto recuperado contra su pecho mientras el encargado le gritaba por su imprudencia. No escuchó una sola palabra de los insultos del obrero. Solo le importaba la textura que sostenía contra su abrigo: un sobre de papel marfil, ligeramente humedecido en la esquina por la tierra del parque, pero intacto.

En el frente, escrito con trazos firmes de tinta azul marino que el agua no había logrado borrar, se leía: Para Rosita, mi luz en el futuro.

Se levantó como pudo, limpiándose torpemente el barro de las manos en los pantalones, y echo a caminar a paso rápido, alejándose del ruido sordo de los motores y del estruendo con el que los leñadores encendían la primera motosierra para derribar el viejo roble. Miró hacia atrás una sola vez: el árbol que en 1976 era joven caía lentamente hacia el suelo con un gemido de madera rota.

El pasado en el parque había sido arrasado. Pero ella llevaba en las manos la última palabra de Charles.

Se refugió bajo el soportal de una antigua floristería a dos manzanas del parque, protegida de la llovizna persistente que comenzaba a empapar la ciudad. Le temblaban tanto los dedos que le costó desdoblar la hoja de papel de trapo que Charles había preparado con tanta devoción.

Al desplegarlo, el aroma la envolvió como un abrazo protector en mitad del caos: el olor seco a cuero, el humo lejano de la pipa y la fragancia inconfundible de una pequeña flor de lavanda que había caído del pliego y que ella atrapó en el aire antes de que tocara el suelo húmedo.

Rosita comenzó a leer. Su respiración se pausó, y por un momento, el ruido del tráfico moderno desapareció por completo:

"...No permitas que el miedo te paralice al mirar las máquinas del ayuntamiento. Si mañana el acero destruye la piedra volcánica y el musgo desaparece bajo el adoquín, no pienses que este es el final. Es solo el momento en que debemos cambiar el escenario de nuestra historia... A tres manzanas de tu parque se levanta la Iglesia de San Juan Bautista... En el patio lateral norte, el Jardín de los Naranjos, hay un viejo pozo de piedra cegado... Ahí es donde iré cuando la comunicación bajo el roble se interrumpa definitivamente... Esta es mi última respuesta para la piedra, pero no la última para ti. Te esperaré en el pozo de San Juan..."




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