El Arte de Amar a Quien no Existe

El mapa de los días perdidos.

El silencio del Jardín de los Naranjos parecía haberse congelado alrededor de Rosita. La llovizna fina caía sobre los adoquines del patio con un susurro imperceptible, pero bajo el soportal de la sacristía de la Iglesia de San Juan Bautista, el aire permanecía seco, impregnado de ese aroma denso a piedra antigua, cera de abejas y hollín acumulado durante siglos.

Rosita permanecía sentada sobre el peldaño de granito del pozo cegado, con las piernas cruzadas y la caja de plomo apoyada sobre su regazo. Le temblaban los dedos de una forma casi dolorosa. La pátina plomiza del cofre dejaba un rastro ceniciento en sus yemas, pero ella no prestaba atención a las manchas. Sus ojos no podían apartarse de la inscripción grabada a punzón sobre la tapa metálica: Para Rosita. Mi memoria en el futuro.

Con la uña del pulgar, comenzó a raspar el sello de cera dura que protegía el pasador de latón. La cera, que había permanecido intacta desde hacía más de cuatro décadas, se desmoronó en pequeños escamas doradas que cayeron sobre la piedra del suelo. El mecanismo de latón, verde por la pátina de óxido pero aún funcional, cedió con un chasquido seco que resonó en el patio como el disparo sordo de un reloj antiguo cayendo en la cuenta de los años transcurridos.

Rosita contuvo la respiración y levantó despacio la tapa de la caja.

Un vaho seco y reconfortante emergió del interior, envolviéndola al instante. Olía a cuero viejo, a barniz de encuadernador, a la lavanda seca que se desmoronaba en briznas al fondo del metal y, por encima de todo, a la tinta azul de la estilográfica de Charles.

Dentro de la caja no había un solo pliego. Había decenas de ellos.

Estaban cuidadosamente ordenados en paquetes rectangulares, atados con cintas de seda de encuadernar de color carmesí. Cada sobre de papel marfil llevaba escrita una fecha en el frente, trazada con esa caligrafía pulcra y angulosa que Rosita conocía mejor que su propia letra. Había sobres de 1977, de 1978, de 1980... un inventario sistemático, devoto y desgarrador de los días que un hombre había pasado amando a una sombra que aún no había llegado al mundo.

Rosita posó la mano sobre el primer paquete de cartas, sintiendo el grosor del papel de trapo. No eran notas breves escritas con la prisa de quien espera una respuesta inmediata en la hendidura de un roble. Eran diarios, reflexiones, crónicas detalladas de una vida construida en torno a la certeza de que alguien, cincuenta años después, recogería ese legado en la oscuridad de una iglesia.

Con dedos trémulos, desató el nudo de seda del primer paquete y tomó el sobre con la fecha más antigua: 15 de noviembre de 1976.

Desplegó el papel. La voz de Charles resucitó al instante entre las líneas, clara y serena, como si hablara sentado justo a su lado en la penumbra del soportal:

15 de noviembre de 1976.

Mi querida Rosita:

Hoy es el primer día que voy al claro del parque sabiendo que la piedra ya no responde. Fui al atardecer, como solía hacer cuando buscaba tus notas. El viejo roble sigue allí, majestuoso e inconsciente del destino que le espera en tu tiempo. Me agaché sobre el musgo e introduje la mano en la cavidad de la piedra volcánica. Sabía que estaría vacía, pero necesitaba sentir la frialdad de la tierra para convencerme de que nuestra costumbre había cambiado de lugar.

No sentí tristeza, Rosita. Sentí una extraña y profunda paz. Supe que mientras tú leías mi mensaje en tu presente, yo estaba empezando a construir este cofre para ti. Desde hoy, mi taller en la calle San Pedro ya no es solo una oficina de encuadernación; es un taller de memoria. Cada libro que repare, cada tomo que coso para los archivos de la ciudad, llevará una sombra de ti.

Te imagino caminando por las calles de tu época, tal vez buscando respuestas sobre mí. No busques una tragedia en mi pasado. Búscame en estas páginas, porque es aquí donde sigo vivo para ti...

Rosita trágó saliva, sintiendo que un nudo de lágrimas contenidas le oprimía la garganta. Pasó a la siguiente carta, atada en el paquete de 1978. Charles hablaba allí de los cambios en la ciudad, de cómo las viejas casas victorianas comenzaban a ser derribadas para dar paso a las primeras estructuras de hormigón, de cómo la soledad se había vuelto su única compañera constante, pero una soledad iluminada por la tarea diaria de escribirle.

...A veces la gente de la calle me pregunta por qué no me he casado, por qué paso las noches frente al quinqué escribiendo en cuadernos que nunca envío por correo. Les sonrío y no contesto. ¿Cómo explicarles que mi esposa aún no ha nacido? ¿Cómo decirles que mi corazón pertenece a una mujer que leerá estas líneas cuando mi cuerpo sea solo polvo? No hay locura en mi silencio, Rosita. Hay una lealtad que el tiempo no puede comprender...

Rosita acarició la tinta seca con la yema del dedo, dejando que sus lágrimas cayeran en silencio sobre las losas del patio. La devoción de Charles era un faro de luz en mitad del tiempo, una prueba inquebrantable de que el amor no dependía del contacto físico ni de la coincidencia de los cuerpos en el mismo espacio.

Sin embargo, a medida que profundizaba en la caja, acercándose al fondo del cofre de plomo, los paquetes de cartas se volvían más delgados. La caligrafía, antes pulcra y reposada, comenzaba a mostrar signos de una ligera agitación, de un trazo más rápido, como si las manos de Charles empezaran a acusar el peso del tiempo o el cansancio de una espera demasiado larga.




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