El Arte de Amar a Quien no Existe

El libro de la eternidad.

El murmullo de la ciudad moderna llegaba amortiguado hasta el Jardín de los Naranjos, filtrado por los fríos y gruesos muros de piedra caliza de la Iglesia de San Juan Bautista. La llovizna de octubre había cesado, dejando tras de sí un aire limpio y helado que hacía brillar las losas del suelo como si estuvieran cubiertas por una fina capa de cristal.

Rosita permanecía sentada sobre la base del pozo de granito, abrazando la caja de plomo contra su regazo. Sus dedos, entumecidos por el frío y manchados por la ceniza del plomo oxidado, acariciaban el borde de la tapa con un ritmo pausado y casi hipnótico. En su interior, decenas de sobres atados con cintas de seda carmesí descansaban alineados como las piedras angulares de un templo que el tiempo no había logrado derribar.

Había leído la verdad. La pesada incógnita que flotaba sobre los archivos de la prensa de 1983 —la misteriosa evaporación del encuadernador de la calle San Pedro, la mesa de trabajo intacta, la luz encendida en la penumbra de la noche— se había disuelto por completo. Charles Brown no había sido víctima de una tragedia oscura ni del olvido violento de la ciudad; había elegido su propio destino con la calma majestuosa de quien comprende que su verdadero tiempo no pertenecía al siglo que habitaba.

Rosita cerró la tapa de la caja. El pasador de latón encajó con un clic definitivo.

Se puso en pie despacio, sintiendo la firmeza recuperada en las piernas. La tristeza que durante semanas la había consumido, esa angustia sorda que le oprimía el pecho ante la idea de haber llegado tarde a la vida de Charles, se había transformado en una serenidad profunda y deslumbrante. Levantó la mirada hacia los altos ventanales ojivales de la sacristía, cuyas vidrieras reflejaban el cielo plomizo de la tarde.

Sabía lo que tenía que hacer.

Rodeó la pila del pozo y caminó hacia el portón de roble tachonado de hierro que daba acceso al interior del templo. Empujó la pesada hoja de madera, que cedió con un gemido grave, y se adentró en la nave central de la iglesia. El espacio estaba sumido en una penumbra sobria, iluminado únicamente por el parpadeo vacilante de las velas votivas al pie de los altares laterales y el haz de luz gris que descendía desde el rosetón de la fachada.

El silencio dentro del templo no era un vacío, sino una presencia viva. Un eco de oraciones, murmullos y pisadas acumuladas durante más de seiscientos años.

Rosita caminó por la nave lateral izquierda, siguiendo las indicaciones que Charles había dejado en la penúltima página de su carta de 1983. Al fondo, junto al pequeño altar dedicado a San Judas Tadeo, se abría un tramo de escaleras de piedra muy estrecho, descendente y oscuro, custodiado por una barandilla de hierro forjado. Un cartel de bronce, desgastado y verde por el tiempo, señalaba en letras góticas: Cripta Parroquial y Archivo Histórico.

Rosita descendió escalón por escalón. La temperatura cayó bruscamente con cada paso, y un olor antiguo a humedad, cera quemada y piedra subterránea la envolvió como un manto. Al llegar al fondo, se encontró en una galería de arcos de cañón bajo, iluminada por unas pocas bombillas de tono cálido suspendidas del techo de roca.

A ambos lados del pasillo se extendían las hornacinas de piedra del antiguo cementerio subterráneo, muchas de ellas con inscripciones borrosas que databan del siglo XVIII. Al final de la galería, tras una reja de hierro entornada, se abría una estancia más amplia dedicada al archivo: estantes de madera oscura repletos de tomos encuadernados en piel, libros de registros parroquiales y legajos atados con cordel.

Rosita empujó la reja. El óxido chasqueó suavemente.

Caminó entre las estanterías, sintiendo el respeto de quien entra en un recinto sagrado. Al fondo de la estancia, casi oculta tras los armarios de almacenamiento de los libros más antiguos, se hallaba una pequeña nicho en el muro de piedra sin ornamentación llamativa. Sobre la placa de mármol gris, austera y pulida sin vanidad, una sencilla inscripción labrada a escoplo permanecía casi invisible a la luz tenue de la galería:

CHARLES VANCE

1921 — 1983

Maestro Encuadernador

“El amor guarda la memoria de lo que aún no ha llegado.”

Rosita se detuvo a un metro de la tumba. El aire en sus pulmones pareció detenerse.

Allí descansaba el hombre que había dedicado los últimos siete años de su existencia a escribirle desde la soledad de su taller; el hombre que había visto caer las hojas del roble en 1976 pensando en una mujer nacida cinco décadas después; el artesano de las palabras que había preferido la penumbra serena de la cripta antes que renunciar al recuerdo del único amor de su vida.

Rosita se agachó frente a la placa de mármol. Apoyó la caja de plomo sobre las losas frías del suelo, junto a la base del muro, y posó la palma de su mano derecha sobre el mármol gris. La piedra estaba helada, pero en el centro de su palma Rosita sintió un calor tenue, ese eco imperceptible que late en todo aquello que ha sido tocado por una dedicación absoluta.

—Aquí estás... —susurró Rosita. Su voz flotó en la cripta como una caricia leve, limpia de lágrimas y llena de una gratitud inmensa—. Llegué, Charles. He encontrado tu caja. He leído cada una de tus palabras.

Cerró los ojos y apoyó la frente contra la piedra del muro durante unos minutos, permaneciendo en un silencio compartido que desafiaba cualquier medida del tiempo. No había dolor en esa despedida, porque comprendió que Charles no estaba realmente encerrado tras aquella placa de mármol. Charles estaba vivo en cada pliego de trapo, en cada trazo de tinta azul marino, en cada rincón del pozo del Jardín de los Naranjos y en la estructura misma de la ciudad que él había caminado pensando en ella.




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