Ese chico que siempre pasaba a mi lado cada jueves y viernes... ¿Quién era? Durante meses, esperé, tarde tras tarde, a que cruzara mi camino. Siempre con sus auriculares puestos, nunca me miraba. En ese momento, me sentía invisible: demasiado fea, demasiado gorda, como si eso fuera una barrera que le impedía notar mi existencia.
Con el tiempo, decidí dejarlo atrás. Empecé a llegar a casa más temprano, ya no me importaba si él pasaba o no; se había convertido en un recuerdo lejano, una sombra que se desvanecía poco a poco.
Un año después, repetí curso —fue horrible—, pero en lugar de hundirme, me sentía liberada. Me había alejado de las personas que no me hacían bien, y por primera vez, me sentía más libre, más auténtica. Poco a poco, también me distancié de quienes sacaban lo peor de mí, convencida de que había un potencial oculto bajo mi piel.
Fue entonces cuando volví a acercarme a mi ex mejor amiga, que acababa de romper con su novio y parecía pérdida, destrozada. Yo, cómo tonta me arriesgaba a salir con ella sin pensarlo, solo para intentar hacerla sentir un poco mejor. Pero ella había cometido sus propios errores —no yo—, y su corazón roto la transformó en alguien que jugaba con los sentimientos de los chicos, ilusionándolos solo para luego descartarlos. Su ego crecía mientras su humanidad se desvanecía, y eso fue lo que más me molestó.
Su primera “víctima” fue alguien que marcó mi vida. Me preguntaba: ¿qué habría pasado si ese día no hubiera salido con ella para verlo a él? ¿Sería mi vida diferente hoy? ¿Estaría feliz, sin tener que escribir esto con lágrimas en los ojos?
Un día, ella me dijo que no sentía nada por él, que debía dejarlo ir. Yo la animé, quizás por egoísmo, sabiendo que ese chico que veía cada jueves y viernes... era él.
Luego de un tiempo unas amigas me animaron a escribirle. Lo hice, y eso fue el comienzo de una tragedia que cambiara toda mi vida.
Editado: 07.05.2026