El Arte De Amarte

Capítulo 1: pintura roja

Zean Zaldivar

Siempre había anhelado una familia; de esas que te llenan de amor a más no poder. No hablo de tener padres amorosos, porque ya los tengo, sino de formar mi propia familia: tener hijos por los cuales daría mi vida... Se sentía como un sueño real.

​Pero, al despertar, te das cuenta de que solo fueron ilusiones. Abres los ojos y ves que las oportunidades se desvanecen. Te percatas de que la cuenta regresiva ha comenzado; ese reloj de arena pronto se detendrá. Realmente, todo puede volverse gris de la noche a la mañana.

​Tengo una familia que me apoya en lo que deseo. Si te gusta el arte, te compran un museo entero; si te gusta la música, cualquier instrumento del mundo. Teníamos dinero, pero a mí lo único que me importaba era pintar. Amaba los trazos accidentales, esos brochazos que terminaban siendo una obra de arte.

Amaba cómo los colores creaban armonía. Disfrutaba pasar el día manchado, riéndome cuando bebía por accidente del agua donde mezclaba los colores. Quería regalarles mis obras a mis padres; en el fondo, yo solo quería ser un color más.

​Quería ser como el arte, pero resulté ser una de esas obras que nunca se terminan. Esa pintura que todos decían que no era buena, "especialmente diferente", una marca que nadie quería comprar, un pincel que no servía. Por el simple hecho de ser distinto, unos se alejaban y otros solo sentían lástima.

​—El cáncer de Zean Zaldivar ha empeorado mucho. Está en etapa final, sus pulmones fallan y no hay posibilidad de que la quimioterapia sirva de algo —fue lo que el doctor les dijo a mis padres.

Ellos reaccionaron como era de esperarse: llorando con desesperación, como si realmente amaran a su hijo. Mi padre protestaba, hablando de los millones de dólares que había invertido para eliminar la enfermedad. Sin embargo, esta vez el dinero no me daría la vida.

​Tras aquella recaída letal que estableció mi sentencia, los días en el hospital se volvieron una rutina. El doctor dice que me estoy muriendo, pero mi madre insiste en que todo está bien.

Ya era costumbre; de hecho, esperaba con ansias su nueva mentira, aquella que me daría una alegría amarga. Me daba ansiedad saber qué diría para poder reírme de ello.

​—Todo está bien, el doctor me dijo que estás mejorando mucho más de lo esperado —me dijo, intentando eliminar mi preocupación. No me importaba; traté de ocultar mi sonrisa cínica.

​—Dime ya de una vez cuánto tiempo me queda. ¿A quién le importa que alguien de 23 años muera? El cáncer no tiene cura, mamá.

​Me encantaba herir los sentimientos de quienes me rodeaban. Quería que habitaran en la pintura gris de mi vida, que fueran esos pinceles a los que nadie toma importancia o el papel arrugado que nadie quiere usar. Quería que, tal como yo me sentía una basura, ellos también lo sintieran.

​El cáncer estaba tan avanzado que tuvieron que instalar un elevador en casa. Al mirar los cambios en el hogar donde crecí, veía el rastro de la enfermedad. Podía caminar, pero la silla era necesaria para evitar que cayera al suelo si me daba un ataque. Pero, ¿a qué costo? ¿Para qué retrasar lo que ya viene por mí?

​—Vamos al elevador —dijo mi madre con una sonrisa falsa.

—Puedo usar las escaleras. Tú misma dices que estoy mejorando, solo son veinte escalones. Puedo hacerlo sin tu lástima —le solté con una voz fría como el hielo.

​Me levanté y empecé a caminar. Me gustaba contar los escalones; era de las pocas veces que sentía que podía llegar a la cima. Mis padres intentaban negarme esa oportunidad, caminando detrás de mí, colocando sus manos en mi espalda y haciéndome sentir completamente inservible.

​Al llegar al umbral de mi habitación y abrir la puerta, noté ese espacio blanco. Mi cuarto era lo único que no tenía gracia. Lienzos en un rincón, pinceles guardados en un cajón. Todo era blanco, negro y gris. Junto a eso, botes de pintura de colores. Miré mi reflejo en el espejo. Mi piel estaba pálida por los químicos, mi cabello era de un rubio muy claro y mis ojos revelaban mi heterocromía.

​Decían que la heterocromía era más común en animales, y así me traté yo: como a uno. Me lastimaba, me golpeaba impulsivamente. Mi madre me daba pastillas para calmar mi ira. Me gustaba la pintura roja; pintaba mi cuerpo con frecuencia para invocar el recuerdo de la crueldad escolar.

​—¡Maestra! ¿Por qué Zean tiene los ojos como mi perro? —decía aquella niña odiosa.

—¿Tu perro tiene un ojo azul y el otro marrón? —preguntaba otro niño con curiosidad.

​Desde ese momento me convertí en la burla del salón. Odié la escuela y terminé estudiando en casa. No fui a la universidad porque sabía que nunca ejercería nada.

Ahora solo pinto manchas oscuras; arte sombrío porque así me siento. Es difícil saber que vas a morir y que no habrá más colores. Por eso uso la pintura como mi último escape. Esperaba que la misma pintura que una vez me provocó la enfermedad, finalmente me matara...

​—¡Zean! —mi madre frunció el ceño al entrar—. Sigues pintando tu piel. Esas pinturas son malas, producen alergia.

​Me vigilaba como a un prisionero para evitar que mi frustración me llevara a terminar con todo.

El maldito cáncer me arruinó la vida y todas mis oportunidades. Aunque no me importa morir, me frustra hacerlo sin haber sido nadie.

En medio de esos días en los que no salía de casa, mi padre llegó temprano de la universidad. Él es el dueño y rector de la Universidad Zaldivar. Se sentó frente a mí con una sonrisa, dejando su maletín en una de las sillas desocupadas; se estaba preparando para cenar con nosotros.

​—El doctor dijo que mi Zean mejorará en el transcurso de estos seis meses. Tenemos que celebrarlo saliendo del país; podríamos ir a París.

​Reí secamente al oír su propuesta. Solté el tenedor sobre la mesa y comencé a mirar a mi padre gélidamente.

​—Así que… me quedan seis meses de vida.



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En el texto hay: #thriller, #romancetrágico, #dramajuvenil

Editado: 12.04.2026

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