—¿Cómo está mi hijo, doctor? —preguntó mi madre preocupada, sosteniendo mi mano.
Recaí nuevamente por la noche y me llevaron de urgencias, pero el doctor traía consigo malas noticias.
—Las tomografías no salieron como esperábamos. El cáncer ha progresado desde la última vez que lo vi; este proceso es tanto físico como emocional. En las últimas dos sesiones he visto a Zean muy triste. Tienen que animarlo un poco.
El diagnóstico lo dio frente a mí. "Emocional"... como si eso pudiera arreglar mi vida. El doctor fue directo, sin rodeos.
—Zean, tienes solo seis meses de vida.
Me dolió escucharlo así, tan frío, tan falto de sentimientos. El doctor añadió que, si las quimioterapias se detenían, debía usar una silla de ruedas por el resto de mis meses.
Pasaron los días y tuve que aceptarlo. Para mantener contenta a mi madre, fingía que estaba feliz y relajado. Miraba la obra en la que había tachado una equis con pintura roja; miraba y miraba, pensando que ese tal Dareen Venturi podría... darme alguna dosis de lo que yo necesitaba.
—Es un estudiante de la Universidad Zaldivar. Mi padre lo conoce y lo halagó mucho. Quiero volver a verlo —me dije a mí mismo mientras contemplaba el jardín de mi casa.
Era viernes y tenía que ir a la tienda a comprar más material. Ya se me había acabado casi todo; pinto todos los días, mancho mi cuerpo a diario, es mi escape. Y, por supuesto, había un montón de lienzos con el rostro de Dareen.
Fui en la silla de ruedas. Todos me miraban, pero traté de que no me importara. Busqué mis pinturas favoritas y otros lienzos nuevos. Estaba en mi mundo, disfrutando del arte, pero también quería encontrar el color exacto de sus ojos.
—¿Usted es el dueño de la tienda?
Una sombra gigante se proyectó frente a mí. La silla de ruedas me quitaba altura y me sentí intimidado.
—Si necesita algo, puede consultarlo con el personal —dije subiendo el tono de voz, sin mirar a la persona.
—Tal vez no me recuerda. Fui quien arruinó su día el viernes pasado.
Sin previo aviso, tenía enfrente al tipo que me intrigaba. Sus ojos eran grises; ese color vacío que normalmente no tiene sentido, pero que en él lucía perfecto. Tenía una bolsa llena de pinturas y otra de lienzos.
Extendió las manos para entregármelas.
—La otra vez arrojé la pintura sobre su ropa y lo lamento mucho. Vi su lista de ese día y compré todo esto.
Tomé las cosas sin despegar la vista de sus ojos. ¿Acaso esto era real?
—Gracias —fui cortante. Seguí buscando pinturas, pero al llegar a la caja, dije algo que muchos escucharon.
Él se había marchado tras entregarme la bolsa; lo vi subirse a la misma bicicleta con la que chocó conmigo. No dijo nada más, pero yo sentí un impulso amargo.
—No dejes entrar más al tipo de cabello castaño y ojos grises. ¿Me escuchaste, Vincent?
No tenía idea de por qué le había dicho eso al empleado. Él no tenía la culpa de haberme chocado; de hecho, agradecía que lo hiciera. De pronto, vi a Dareen, incómodo por lo que escuchó desde la entrada. Regresó hacia mí con esa estúpida bici.
—¡Oiga! ¡Le pedí perdón por tirar sus cosas! —me reprochó. Tenía razón para estar molesto, pero yo soy demasiado impulsivo.
No lo vi a la cara y me dediqué a esperar a mi padre. No tenía por qué darle explicaciones a un extraño.
—¡Le estoy hablando!
Me estaba hartando; empezaba a ser molesto e irritante. Lo miré de reojo, pero no se iba de mi lado. Enfurecido, me levanté de la silla, harto de su compañía.
—Puede quedarse con lo que compró, no necesito que me devuelva nada —tiré las bolsas al suelo—. Debería cuidar mejor su dinero. Dedíquese a estudiar.
—¿¡Por qué se levanta de la silla si está enfermo!? —exclamó él, sorprendido.
—¿Acaso le importa? —me molestó su comentario. ¿Me conocía? Nadie conoce realmente al hijo del rector, y mucho menos él.
Noté una risa a mi lado y lo miré fijamente, en silencio.
—Su forma de defenderse es muy peculiar... —comentó él.
—Defenderse de personas inútiles es lo que me mantiene vivo.
—¿A dónde va? —preguntó de repente—. Podría llevarlo. Está en silla de ruedas, no creo que sea una molestia que lo acerque a donde usted quiera.
—No le diré a mi padre que te deje estudiar sin pagar la universidad.
Me alejé de él, pero no me sentía nada bien. Sentí una presión aguda en el pecho que me obligó a retorcerme por el dolor terrible que me causaba. Dareen me vio y, por puro reflejo, corrió hacia mí.
—¡¿Estás bien?! Tranquilo, dime qué te duele.
Extendió su mano y miré sus ojos. Eran claros; eran los ojos que anhelaba para mis pinturas. Grises. En ellos no veía sufrimiento. De pronto, mi respiración se volvió cortante; tomé su mano con fuerza y la llevé hacia donde sentía ese dolor insoportable.
—Presionaré tu pecho y tú respira con calma —dijo. Su sonrisa... sonrisa me hipnotizaba y me calmaba. Él apretaba mi mano, transmitiéndome paz. Mi respiración mejoró poco a poco hasta que ya no lo necesité y él se alejó.
Qué vergüenza. Muchas personas nos observaban y sentí mis mejillas arder. Si no muero de cáncer, moriré de pena ajena.
En ese momento llegó mi padre con el chofer. Al vernos, empujó a Dareen para apartarlo de mi lado.
—¡Tenemos que ir al hospital ahora mismo! —le gritó al chofer.
Mi padre me metió en el auto sin darme la oportunidad de agradecerle a Dareen por su ayuda. Él observó el auto marcharse con una sonrisa y gritó:
—¡Adiós, Zean! ¡Mejórate pronto!
Dareen Venturi
Mientras veía irse el automóvil de Zean, me sentí impotente por no poder ayudarlo más. ¿Qué enfermedad tendrá para estar en una silla de ruedas? Pensando en eso, una llamada me cayó por sorpresa. Era de la universidad. Sabía que algo malo pasaba; los pagos atrasados me estaban reteniendo en algunas clases. No tuve más opción que contestar.