Zean Zaldivar
Desperté. Contra todo pronóstico, el sol volvía a entrar por la ventana, recordándome que el tiempo seguía corriendo. Me miré las manos, aún manchadas de ese rojo seco que ahora parecía sangre vieja sobre un lienzo olvidado. Recordé lo que alguna vez dijo Vincent van Gogh:
"El arte es para consolar a los que están rotos por la vida".
Y yo me sentía hecho pedazos. Me levanté del suelo con los músculos entumecidos, sintiendo que cada movimiento era una pincelada pesada sobre un fondo oscuro. Mi habitación seguía siendo ese espacio gris que tanto odiaba, pero ahora, en medio de todo, estaba el boceto de Dareen. Sus ojos grises seguían vacíos en el papel, esperando un color que yo aún no lograba descifrar.
—Si el arte es una mentira que nos acerca a la verdad, como decía Picasso —susurré frente al espejo—, entonces mi verdad es que estoy aterrado de ser una obra inacabada.
Me lavé la cara, viendo cómo el agua roja se iba por el desagüe. El timbre de la casa sonó. Era temprano, demasiado temprano para recibir visitas, pero mi corazón dio un vuelco. Recordé mi invitación de ayer. Recordé a Dareen.
Él era el contraste que mi composición necesitaba. Mientras yo era una mancha de color puro y desesperado, él era la estructura, la medicina, el trazo firme de un dibujo técnico.
Dareen Venturi
Supe pocas cosas de él, pero su condición me intrigaba de una manera casi patológica. ¿Qué diagnóstico lo ataba a esa silla de ruedas? ¿A qué se debía esa palidez anémica que lo hacía ver tan frágil? Necesitaba los hechos, el historial clínico, entender el mecanismo detrás de su dolor. Parecía un doctor loco acosando a un paciente, pero no era eso; era una urgencia por comprender qué lo estaba consumiendo.
Sentía que Zean era un sistema fallando que necesitaba intervención. Lo que me dijo esa tarde fue tan desolador que hasta su frecuencia respiratoria parecía disminuir, como si el aire le costara un esfuerzo sobrehumano. Recordé lo que alguna vez leí sobre la anatomía: "La vida es el conjunto de funciones que resisten a la muerte". Y Zean parecía estar dejando de resistir.
Fui a la tienda de arte y encontré al cajero cerrando. Me acerqué con una familiaridad algo forzada.
—Oye, tú, el de la gorra roja —señalé. Él me miró con un disgusto evidente.
Estaba tan cerca que me golpeó con su propia gorra. No dolió, pero el gesto fue innecesario.
—¿Qué te pasa? —le quité la gorra y la tire.
—. Necesito información.
—Deja de buscar a mi jefe. Supe que querías algo con la hija del dueño del súper —cruzó sus brazos—. Te advierto, Dareen: no te acerques a Zean. Es impulsivo y... deprimente.
—¿Súper? ¡Hablas de Viella! Dejé de buscarla cuando su padre me persiguió con un martillo —cambié el tema rápido—. Quiero saber por qué Zean está así. Voy a ser médico, puedo entender su condición.
—Tiene los días contados —soltó Vincent, el cajero. Su voz sonó plana—. Tiene una enfermedad incurable. Algunos dicen que es epilepsia, pero nunca ha tenido un ataque. Solo sale de casa los viernes. —Se quedó pensando un momento—. Déjalo en paz. No le gusta que hablen de sus ojos ni de su estado.
Vincent parecía saberlo todo, pero hablaba con una frialdad que me inquietaba. Cuidaba de su jefe como quien vigila una constante vital que parpadea en un monitor.
Esa noche, la ansiedad por volver a verlo me consumía. Tenía tantas preguntas diagnósticas... Yo soy un libro abierto y él es un síntoma sin nombre y yo sentía que, por primera vez, mi vocación se mezclaba con algo personal.
Me resultó imposible dormir. Sus ojos estaban grabados en mi mente; esa heterocromía que desafiaba cualquier explicación genética simple. Quería tomar su rostro entre mis manos, acercarlo al mío y examinar la luz en sus pupilas, pero sabía que eso era un imposible.
Cuando finalmente concilié el sueño, las pesadillas me atraparon. El fondo era un caos de rojo y negro. No eran pinturas, era algo más visceral, y en medio de todo... Zean estaba inerte. Desperté jadeando, con el pulso acelerado.
—¿Estará bien? —susurré a la oscuridad.
Me sacudí la cabeza intentando alejar el mal presagio, pero la sensación de una arritmia emocional se instaló en mi pecho. Volví a soñar con él toda la noche; sueños donde la medicina no servía de nada.
Amaneció y sentía los párados pesados. No había descansado nada. Me levanté y fui a la habitación de mi madre. La encontré rota, llorando en silencio. Supe que tenía que ver con mi padre.
—Deja de llorar, mamá —me senté junto a ella, mirando hacia la ventana—. Si te aferras a esto, nunca podremos salir de este lugar.
—Tu padre murió esta madrugada.
No me gustaba ver a las personas llorar, mucho menos frente a mí. Sentía que yo era el causante de esas lágrimas, aunque esta vez fuera diferente. Abracé a mi madre con todo el amor que ella me ha dado siempre. Tardó un rato en calmarse y, al verla más tranquila, sentí un breve alivio en medio del caos.
Más tarde, salí a un café con Viella y Vincent. Estábamos los tres juntos, pero el silencio era denso, casi asfixiante.
—A-Ah... Dareen —Viella rompió el hielo—. Lamento mucho lo de tu padre. —Miró a Vincent y le dio un puntapié por debajo de la mesa.
—¿Eh? ¡Ah, sí! Lamentamos la pérdida de tu padre —soltó Vincent sin mucho tacto—. Es una pena que un alcohólico perdiera la vida de un infarto y cayera a un río.
Viella lo pateó con más fuerza.
—Eres un inútil —le susurró, para luego volverse hacia mí—. No te preocupes, Dareen. Estamos para apoyarte. Si necesitas algo, aquí estamos.
—Si nunca fue a mis eventos escolares, ¿por qué tendría que ir yo a su funeral? —me levanté para ir por los cafés, tratando de evadir el nudo en mi garganta.
Viella es la hija del dueño de un supermercado y Vincent... bueno, Vincent era un ladrón que conocieron robando mandarinas. Desde entonces, se volvieron inseparables. Mientras me alejaba, alcancé a oír sus susurros.