El Arte De Amarte

Capítulo 4: Luz de oscuridad

Zean Zaldivar

Después de unas horas, se marchó. Me quedé con una ansiedad vibrante por volver a verlo; apenas lo conocía y, sin embargo, sentía una sed insaciable por descubrir cada capa de su ser. Ese día ocurrió un milagro: no me sentí enfermo. Estuvimos en el jardín, le mostré mis pinturas y mi familia desbordaba alegría al verme así. Era la primera vez en un año que la sombra de la enfermedad se disipaba de mi rostro, aunque esa paz terminó en un estallido de furia contra mis padres.

​—Hazlo, bésame —había dicho él.

​Se aproximó y mi cuerpo, respondiendo a una fuerza magnética indiscutible, se inclinó hacia el suyo. Tomó mi nuca con una presión firme, acortando la distancia hasta que nuestros labios estuvieron a punto de colisionar... hasta que el estruendo de la puerta nos sobresaltó. Nos alejamos de golpe. Era mi madre, que entraba para comprobar si ya había despertado. Al ver a Dareen, soltó un grito que atrajo a mi padre, transformando un momento sagrado en un problema monumental.

​Mi padre fulminó a Dareen con la mirada. Él se encogió, adoptando una posición de defensa, como una pequeña criatura protegiéndose de una tormenta. No pude evitar reír; se veía extrañamente tierno en su torpeza.

​Mi madre me ayudó a levantarme mientras mi padre se llevaba a Dareen para interrogarlo. Tras un rato, ella inspeccionó mi cuerpo con rigurosidad, buscando manchas de pintura.

​—Estás limpio.

​—Es un milagro —respondí.

​—Me alegra que no martirizaras tu piel hoy. Quizás así mejores. Ve a ducharte, hueles a químicos.

​¿Olía mal? Me olí a mí mismo y le di la razón. Me bañé a toda prisa, me cambié y bajé corriendo las escaleras, ansioso por rescatar a Dareen. Lo encontré todavía allí, bajo la mirada inquisidora y cruel de mi padre. Intervine de inmediato.

​—Papá, deja de mirarlo así. Yo le pedí que viniera.

​—Solo quiere aprovecharse de ti —escupió mi padre—. Piensa que, por ser mi hijo, vas a pagar su deuda universitaria.

​—No digas eso. Yo lo invité y yo fui quien le pidió que... —me callé justo antes de mencionar el beso—. Como sea, déjalo en paz. Ven, Dareen, vamos al jardín.

​Él estaba visiblemente apenado; evitaba mi contacto visual a toda costa. Me divertía su vergüenza.

Tendría que acostumbrarse a que, para bien o para mal, ahora yo era alguien en su vida. Entiendo que es difícil que el hijo del rector de tu universidad intente algo contigo, pero no me importaba.

​—Acompañaré a mi padre al trabajo solo para verte —le prometí, ebrio de una felicidad que nadie podría arrebatarme.

​Ese día fue una revelación. Incluso compré pintura gris; quería capturar el color exacto de sus ojos, esos que le estaban devolviendo el matiz a mi existencia grisácea. Realmente lo quería.

​Por la noche, cuando nos quedamos solos, me enfrenté a mis padres. Les advertí que no se metieran con él. Dareen es un alma inocente que desconoce mis crisis de ansiedad y mis apegos. Ellos tienen miedo, y yo también. ¿Qué pasará cuando descubra que el cáncer me está consumiendo? ¿Qué pasará cuando sepa la verdad sobre mi tiempo?
​Ellos dicen querer lo mejor para mí, y lo mejor para mí es estar junto a él.

​Al día siguiente, no pude contenerme y acompañé a mi padre a la universidad. En cuanto llegamos, escapé para buscarlo por todas partes: el comedor, el área de Medicina, los pasillos de Arte... pero no estaba.

El esfuerzo empezó a pasarme factura; mi respiración se volvió errática y pesada. No quería que me viera colapsar. Me senté en el suelo del pasillo, cerré los ojos y traté de relajarme, esperando que el aire volviera a mis pulmones.

Esperé una hora y nadie pasaba por mi lado; empezaba a sentirme invisible hasta que unos pasos familiares resonaron cerca. Supuse que sería mi padre, pero me equivoqué: era él. Llevaba su bata de médico, larga y pulcra. Alcé la vista y me encontré con su sonrisa iluminando el pasillo.

​—Me han dicho que el hijo del rector buscaba desesperadamente a alguien por toda la universidad —comentó mientras se acercaba. Colgado de su cuello, llevaba un estetoscopio.

​Lo miré extrañado. Se sentó frente a mí, se colocó las olivas del instrumento en los oídos y comenzó a auscultar mi corazón sobre la ropa.

​—Tu ritmo cardíaco parece haber vuelto a la normalidad —dijo, pero al notar que mi rostro empezaba a ruborizarse por la cercanía, sonrió de lado—. Espera... ya no está normal; se está acelerando de nuevo. Cálmate.

​¿Calmarme? Imposible si estás así de cerca. Respiré hondo intentando recuperar el control. Él guardó el estetoscopio y se sentó a mi lado, hombro con hombro.

​—Tengo una propuesta —soltó Dareen—. Hay una competencia de arte cerca del museo de California. ¡Quiero que vengas a ver las pinturas conmigo!

​—No puedo —respondí, encogiéndome de hombros y abrazando mis piernas—. No me gusta ver las obras de otros; todos tienen una musa a la cual retratar, en cambio yo no. No quiero ver algo que me falta.

​—Yo puedo ser tu musa —replicó él con naturalidad—. Ya me pintaste una vez, eso cuenta como un buen inicio, ¿no?

​—Eres absurdo.

​—Piénsalo —insistió, moviendo la cabeza con entusiasmo—. ¡Estaremos tú y yo solos, recorriendo la exposición! Además... —su tono cálido cambió a uno más sugerente—, tenemos algo pendiente.

​¿Algo pendiente? Mi mente se quedó en blanco. ¿Se refería a mis lentes? ¿O de qué estaba hablando? Recordé el beso interrumpido en mi habitación y sentí un vuelco en el estómago.

​Se puso en pie y me tendió la mano para ayudarme a levantar; acepté el gesto y volví a estar frente a él. Volvió a apoyar el estetoscopio en mi pecho por un segundo.

​—¿Entonces qué dices? —me miró con esos ojos grises que ahora me parecían el color más hermoso del mundo—. ¿Me acompañas? Será divertido, prometo llevarte a casa temprano.

​El brillo en su mirada me conmovió el corazón. Cedí.
​—Está bien —respondí en un susurro.



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En el texto hay: #thriller, #romancetrágico, #dramajuvenil

Editado: 12.04.2026

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