El Arte De Amarte

Capítulo 6: Brotes de esperanza.

Vincent Lee

Mi familia se estaba hundiendo. Eran días de asfixia económica; mi hermana menor pasaba enferma la mayor parte del tiempo y en casa no había ni trabajo ni comida. Yo pasaba las horas vendiendo cosas inútiles y dañinas, como cigarrillos sueltos en las esquinas. Mis estudios eran un sueño lejano que a nadie le importaba, hasta que lo conocí a él.

​—¡Cigarrillos! ¡Lleven sus cigarrillos a buen precio! —gritaba yo, tratando de ignorar el hambre.

​Él caminaba con una tranquilidad que me resultaba insultante. Se detuvo frente al edificio donde yo estaba apostado y, sin decir palabra, me arrebató el paquete de las manos. Me ofendí de inmediato.

​—¡Oiga! ¿Qué le pasa? —le reclamé, dispuesto a pelear por mi única mercancía.

​—Los cigarrillos causan enfermedades, el empaque lo dice claramente —respondió él, con frialdad—. Vende otra cosa. Podrás ganar dinero de verdad.

​—Usted es el típico rico que viene a ofender a los que no tienen nada —escupí con rabia—. Puede irse si no va a comprar.

​—Te daré trabajo —me interrumpió—. No será el mejor, pero al menos dejarás de arruinarle la vida a los demás.

​—¿Qué? ¿Acaso tiene un negocio?

​Él negó con la cabeza y miró un local vacío que tenía un cartel de "Se vende". Sonrió de una forma extraña, sacó un juego de llaves del bolsillo y abrió la puerta.

​—No lo tenía, pero lo tendré ahora —dijo, invitándome a pasar.

​Entré dudando. "¿Qué piensa hacerme? ¿Venderá mis órganos?", pensé con terror. Pero antes de que pudiera decir nada, él respondió a mis miedos como si pudiera leerlos.

​—Mi nombre es Zean. Tengo veinte años. No te haré nada; no tengo tiempo para perderlo en tonterías como lo que estas pensando.

​El local ya tenía algunos productos de arte esparcidos y un par de paredes con manchas de pintura fresca.

​—Trabajarás aquí —dijo—. Te he observado durante mucho tiempo y quiero ayudarte. Mi padre puso este negocio a mi nombre, así que tú estarás al mando. Vendré los viernes a pagarte.

​—¡Me trata como si me conociera! —protesté, sintiéndome humillado y agradecido a la vez—. Además, soy mayor que usted, tengo veinticuatro años.

​—Es cierto, no te conozco —admitió, acercándose a mí—. Pero me interesa que dejes de vender cigarrillos frente a mi propiedad. Tengo que deshacerme de ti de alguna forma sin afectar tus ingresos. —Me tomó por el cuello de la camisa con una firmeza que me hizo temblar—. ¿Aceptas?

​—Está bien... acepto, ¿señor Zean?

​—Si me vuelves a decir "señor", "jefe" o cualquier cosa que ofenda mi edad, te juro que te denunciaré por ventas vinculadas a adicciones —dijo mientras limpiaba el polvo del mostrador—. Solo dime Zean. Al final, tú eres el mayor aquí. Los cigarrillos son malos para la salud, Dareen. Recuérdalo.

​Hablaba con tanta insistencia sobre lo dañino del tabaco que nunca me detuve a pensar que él mismo podría estar lidiando con una enfermedad. Zean me demostró aquel día que, sin importar la riqueza, hay personas que pueden ver tu potencial incluso cuando estás en el suelo.

Le debo mucho a Zean; sin él, no tendría una vida estable. Por eso, no quería escuchar los dramas amorosos de Viella sobre Dareen; me dolía la sola idea de la competencia.

​Debo admitir que siempre me gustó Viella. Se lo confesé una vez y no volví a insistir, porque la razón de su rechazo tenía nombre y apellido: Dareen Venturi. Cuando supe quién era, no me agradó que se acercara a Zean. Si ya hacía sufrir a Viella, ¿por qué no le haría lo mismo a él? Me juré a mí mismo que me encargaría de que mi jefe no saliera lastimado.

Ahora...

​Mi jefe llegó a la tienda, como era costumbre los viernes. Desde que Viella me habló de su cáncer, he notado cómo pasó de ser una persona de pocas palabras a no hablar casi nada. Venía, compraba material, me pagaba y se marchaba. Cuando lo veía llegar en silla de ruedas, sabía que estaba enfermo, pero nunca imaginé que la gravedad fuera tal.

​Al verlo, me invade la preocupación. ¿Qué será de la tienda si él muere? ¿Qué pasará conmigo cuando la mano que me rescató deje de existir? ¿Y qué pasaría si decido apoyar a Viella en lugar de a él?

​—¡Zean! Deje que yo me encargue de su lista de compras —le ofrecí.

​—Compraré otro tipo de pintura. Espera en la caja; no soy el único que está en la tienda —respondió, mirándome con extrañeza, sorprendido por mi insistencia.

​Caminó lentamente hacia la sección de arte. Buscaba colores que nunca solía comprar: blancos, grises, negros... tonos oscuros y sombríos. Mientras lo observaba, pensaba en decirle algo sobre Viella; quería que él supiera a qué se enfrentaba para que pudiera tomar una decisión decisiva sobre Dareen.

​Terminó su selección. Compró una cantidad ingente de pintura, excepto del color rojo. Hice la suma y, como de costumbre, el valor era alto.

​—La pintura roja aún no se termina; hoy traen más suministros, así que no se preocupe por llevar más —le dije, intentando sonar normal.

​—¿Cuánto es? —preguntó, sacando su billetera y contando los billetes.

​Apoyé los nudillos contra el mostrador. Me resultaba insoportable conocer su final y saber que mi "amiga" quería arrebatárselo todo.

​—Tengo que decirle algo —solté.

​Él asintió, dándome permiso. Preparé mis palabras con cuidado.

​—La mejor amiga de Dareen está enamorada de él. Ella me ha preguntado muchas cosas sobre usted, pero he evitado cualquier conversación. Tenga cuidado con ella, o arruinará su relación.

​—Él es mi novio —respondió Zean con una mirada gélida y objetiva—. Si ella no lo ganó antes, ¿por qué seguir compitiendo ahora? Si tanto lo quiere, se lo daré en cinco meses. Es más... quiero conocerla pronto.

​Dejó mi paga sobre el mostrador, pagó la mercancía (irónicamente, de su propia tienda) y se marchó. Zean es implacable con lo que quiere, pero me pregunto hasta qué punto podrá soportar la presión de lo que viene.



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En el texto hay: #thriller, #romancetrágico, #dramajuvenil

Editado: 12.04.2026

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