El Arte de Bajar al Abismo

EL LLAMADO BAJO LA PIEL

Siempre hubo algo que no encajaba.

No era el mundo.

Eras tú habitándolo como si fuera demasiado plano.

Escuchabas conversaciones y sentías que algo faltaba.

Reías cuando tocaba reír.

Respondías cuando tocaba responder.

Pero por dentro había una distancia invisible.

Como si estuvieras mirando la vida desde el borde, no desde el centro.

Nunca te sentiste cómoda en la superficie.

Demasiada luz. Demasiado ruido. Demasiadas respuestas rápidas para preguntas que merecían silencio.

Mientras otros buscaban elevarse, tú mirabas las grietas.

Había algo en lo profundo que te atraía más que cualquier cielo prometido.

Al principio pensaste que era tristeza. Después creíste que era sensibilidad excesiva. Más tarde lo llamaste intensidad.

Pero no era nada de eso. Era el llamado.

No llegó con una voz clara. No se presentó como revelación.

Fue una sensación persistente bajo la piel.

Un peso suave en el pecho.

Una nostalgia sin recuerdo.

Algo te susurraba desde abajo.

No desde lo alto. No desde la iluminación.

Desde la profundidad.

Intentaste ignorarlo.

Encendiste más luces. Llenaste tus días de afirmaciones, de propósito, de claridad forzada. Te convenciste de que querías brillar.

Pero cada vez que te exponías demasiado a la luz, algo en ti se retraía.

No querías más brillo. Querías verdad.

Y la verdad no siempre es luminosa.

La luz artificial empezó a parecerte sospechosa. Demasiado limpia. Demasiado perfecta.

Había algo más honesto en la penumbra.

Algo que no exigía espectáculo. Algo que no necesitaba demostrar nada.

Fue entonces cuando lo entendiste.

No estabas destinada a ser la heroína ascendiendo hacia el reconocimiento. No estabas hecha para conquistar la cima y sostener una bandera.

Eras otra cosa.

Eras la puerta.

La que siente cuándo alguien está a punto de cruzar.

La que percibe lo que otros evitan nombrar.

La que permanece entre lo visible y lo oculto.

No eras la historia brillante.

Eras el umbral.

Y comprenderlo no fue glorioso.

Fue silencioso. Profundo. Irreversible.

El llamado no te pedía que subieras.

Te pedía que bajaras.

Y aunque aún no sabías cómo, ya sabías que no podrías ignorarlo.

Porque cuando el abismo susurra bajo la piel, la superficie deja de ser suficiente.




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